martes, 14 de febrero de 2017

No tan Valen-Grinch

Luego de haber descargado un poco de frustración en el post anterior, decidí que tengo derecho a un poco de romance el día de hoy. Recolecté algunas frases de películas y demás contenidos de mi total agrado (muy poco de esto pertenece a películas o series románticas, así que realmente es significativo) y comparto aquí las que pude recordar. Si recuerdo más, tal vez las añada. O haga una segunda parte el año que viene. A ver qué pasa :)

Y no, no aparece el Always. Por mucho que admire a Alan Rickman, Snape siempre fue un hijo de la fruta.




 "¡No quiero perderte! No otra vez... no soy tan fuerte."

-Los increíbles (Disney/Pixar, 2004)



Lo típico, el héroe que hace todo solo y parece inmortal e invulnerable. Hasta el día en que se da cuenta que ya no está solo, que no es inmortal, y que aunque sea invulnerable, su mundo no lo es. Mr. Increíble, luego de una gran cantidad de desventuras y de creer haber perdido todo, se niega a perder al amor de su vida y la vida que han construido juntos, aún a riesgo de parecer el típico héroe pedante que "trabaja solo". Ya no solo es salvar al mundo, sino proteger su mundo. Sin importar cuantas veces la vea, esta escena, y esta frase, siempre me han conmovido.




"¡Que se traguen el protocolo!"

-Arthur y los Minimoys (Europa Corp. 2006)



Luc Besson -el Genio de la Acción- se permitió entre 2002 y 2005 escribir material no tan sanguinario y más familiar, del cual surgió esta serie de películas... a la que le pudo haber ido mejor.

Los minimoys son criaturas tan conservadoras que no dan su primer beso hasta el día que deciden casarse. Vamos, el primer beso en sí mismo cuenta como la boda. Y después de esto, el protocolo les exige esperar todo un año para volver a besarse, demostrándose así paciencia y confianza. Por ello, en la primera película luego del primer beso entre los protagonistas (no es spoiler después de 10 años) y sabiendo ellos mejor que nadie que lo suyo es amor del bueno, la dulce y educada princesa Selenia manda a volar toda convención social, y despide a su héroe como se merece, para comenzar la larga espera de un año antes de volverse a ver.




"Yo, Quinto Elemento. Ser supremo. Yo protejo a tú."


-El Quinto Elemento (Gaumont Film Co. 1997)


Mi memoria decidió jugarme una afrenta e impedirme recordar otras frases de este clásico, también de Luc Besson. No obstante, esta es una de las frases con las que más podríamos identificarnos al estar bajo el dominio del amor. Cuando descubrimos a alguien así de especial, sea o no nuestra pareja, siempre vamos a querer poner luz en su camino y evitar a toda costa que el resto del mundo le quiera hacer algún mal. Aunque no seamos seres supremos precisamente, lo daremos todo por el bienestar de esa persona tan importante para nosotros.




"No estoy enamorada de usted. Yo le amo."


-Odette Toulemonde (Pathé Films, 2006)



La historia, escrita y dirigida por Eric-Emmanuel Schmitt (más información aquí) cuenta las andanzas de Odette, una viuda humilde que contra viento y marea encuentra siempre el modo de ser feliz, y que es muy fan de los libros de un escritor que lo tiene todo, y aún así, no es feliz. Una serie de circunstancias llevan a esta frase, pequeña pero profunda.
No es fácil entender la diferencia entre enamoramiento -idealización, pasión, lujuria- y verdadero amor -conocimiento, confianza, respeto... y lujuria, porque no. Pero quienes la entienden son los que tienen el secreto de un amor feliz.

Como dijo el Príncipe de la Canción "casi todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar".




"Ya no puedo seguir huyendo, ahora hay alguien a quien quiero proteger. A tí."



-El Increíble Castillo Vagabundo (Studio Ghibli, 2004)



Howl es guapo, inteligente, poderoso... y un coyón. Años de esconderse bajo múltiples alias y disfraces, vagando en un castillo mágico -similar a la casa con patas de Baba-Yaga- buscando ser libre, solo lo han llevado a ser prisionero de su propio miedo, lo cual llega a su fin cuando Sophie aparece. Es el mismo caso del 5to Elemento, cuando al fin encuentras a alguien que te hace sentir débil y fuerte a la vez, todo cambia, y lo que parecía sin importancia cobra un nuevo significado.





-Harry Potter y el Príncipe Mestizo (Bloomsbury, 2005)
(agregado el 15 de febrero)


La película se pudo llamar también Harry Potter y el misterio de qué es lo que Yates entiende por desarrollo de personajes.

El fragmento de arriba pertenece al sexto libro, pero el romance de Bill y Fleur se venía cocinando desde El Cáliz de Fuego. A lo largo de la historia, Fleur Delacour demuestra ser mucho más que una rubia presumida, y éste párrafo, que viene después de la clásica guerra suegra-nuera que se trae con Molly Weasley toooodo ese año, termina por confirmar que lo que siente por el mayor de los Weasley (previamente atacado hasta la deformidad por un hombre-lobo) no es un simple capricho.

Claro que al director le importó un rábano, y lo que se hubiera convertido en una brillante actuación de Clemence Poesy se obvió de un modo casi ofensivo. Pero lo importante de esto es que nos hace replantear el significado de En la salud y la enfermedad. Hay casos de personas que, luego de eventos traumáticos, prefieren dejar a la otra persona en lugar de apoyarla cuando más lo necesita. No cualquiera tiene el valor para mantener los votos de amor, incluso si no hay un compromiso de por medio.






 "Los problemas de tu pasado son tu asunto. Los problemas de tu futuro son mi privilegio"

-Sherlock (BBC, 2014)




Tras una serie de eventos muy desagradables, el Dr. John Watson se encuentra con que Mary Morstan, la dulce mujer con la que se ha casado, no sólo no es quien él pensaba, sino que ni siquiera se llama así. No obstante, el amor que ambos se tienen es mucho más fuerte que cualquier sospecha, más grande que cualquier mal recuerdo, y con ésta hermosa frase, el matrimonio Watson da por visto el tema y manda al diablo todas las dudas del pasado para dar la bienvenida a un futuro brillante y feliz.

Descubrir que la persona a tu lado no es lo que pensabas -o esperabas, y mal por ti si es el caso- es la prueba de fuego para toda relación. Volvemos a la diferencia entre enamoramiento y amor. Tendemos a idealizar a la persona de la que estamos enamorados (es preciosa, es perfecto, es brillante) y cuando empiezan a surgir los defectos pequeños (ronca, no se baña, come con las manos) también empiezan las peleas (tú no eras así, cambiaste, antes eras diferente) Esto se debe también a que nosotros mismos, durante el enamoramiento, procuramos ser una "mejor versión" de nosotros para la otra persona, pero una vez que nos sentimos a gusto y en confianza, obviamos las cortesías y todo lo que somos comienza a asomar.

Es aquí cuando viene el reto: ¿me vas a aceptar? ¿Me amarás al amanecer? La respuesta a estas preguntas es clave para saber hacia dónde va la relación. O si aún existe una relación.

Pocas veces nos enfrentamos a problemas mucho más grandes (adicciones, pasado oscuro) como John y Mary, y es ahí donde el reto más grande y difícil se aparece. Si te perdono, ¿lo volverás a hacer? Si ya no lo hago, ¿confiarás en mí? Si lo vuelvo a hacer ¿me volverás a perdonar? No solo es difícil contestar a esas preguntas, también lo es hacer las preguntas correctas. Al hacerlas y responderlas con el corazón en la mano, medimos el calibre de la persona a nuestro lado, y solo entonces podremos decir o decidir, si sus problemas son su asunto o nuestro privilegio.

Valen-Grinch

Dije y mantengo que soy una romántica de las que creen en finales felices e historias sin fin; por eso es que odio con el alma el 14 de febrero. No me interesa mucho si es o no un complot corporativo, en realidad para mí sólo representa una versión comprimida de semana santa, con el plus de parejitas empalagosas por todas partes, en su mayoría fingiendo que el día de ayer no iban a romper.
...ay :(

Además de ser de la firme opinión que el amor se demuestra todos los días, en este día siento como si todo alrededor de los "pequeños detalles" fuera mentira o tabú; hasta el detalle más pequeño cuesta un ojo de la cara. Como añadidura, se presta mucho a hipocresías. Por temor a la soledad, hay personas que pasan por alto hasta la grosería más nefasta, o bien, quienes se aprovechan de los corazones que han herido previamente, por la misma razón. Lo que me lleva a recordar la fobia social que existe contra la gente solitaria (en otro post) misma por la que uno tiende a hacer babosadas en días como hoy.

Mañana por la mañana, los novios que no hayan comprado bouquets inmensos recibirán una gritada monumental de novias que habrán pagado por regalos que nunca serán usados o agradecidos de verdad. Y el resto del año, ambas partes obviarán cualquier muestra de amor más allá de enviarse emojis de corazones. Principalmente las parejas más jóvenes (como es cierto que no saben nada del amor)

Por lo pronto, en lo que resta del día de hoy se guardarán el descubrimiento de lo poco que en realidad se conocen, para que estalle mañana por la mañana en guerra campal. O en cualquier otro momento en que sientan como requisito un chantaje absurdo.

Habrá también propuestas de noviazgo y matrimonio por montones. Si hubiera caído en sábado, cada iglesia del mundo tendría parejas de enamorados saliendo entre lluvias de arroz y vítores. Eso en sí no me molesta, pero sí que la gente se deja arrastrar muy fácil por "las emociones del día", lo que lleva a que varias de esas bodas y propuestas sean respondidas por un "sí" que en realidad significa "no lo sé". Dejarse arrastrar nunca ha sido bueno, y menos por algo tan relativo como un día en el calendario.

También son Valengrinches y qué felices son...
Mi 14 ideal es un día lluvioso de no salir ni de la cama, estar únicamente en la compañía de la persona que amo y volver a enamorarnos uno del otro durante todo el día. Si el mundo quiere enloquecer en torno a una fecha, que lo haga.

Para el amor verdadero no se necesita tanto, el amor come poquito pero a ratitos. Se alimenta de confianza, de honestidad y de experiencia -que no es igual experiencia en el amor que experiencias con el sexo. No se debe confundir amor con pasión. El amor no se demuestra solo con arranques ninfómanos cada tanto, ni con besuqueos sonoros e incomodantes; lo único que se logra con eso es ser presa fácil de envidiosos. Se demuestra con notas tiernas escondidas en el bolsillo de la ropa; siendo luz en el momento más oscuro; se demuestra con secretos compartidos de los que sólo el otro puede ser celoso guardián, que es en lo único que caben los celos.

El amor puede ser discreto, y crecer a gusto, como una plantita de sombra. O sí, puede ser tan estrambótico y anunciado como un hibisco. Pero sólo si se demuestra siempre, y sin necesitar la presión social de la que somos víctimas en días como hoy.

martes, 10 de enero de 2017

Un año sin Starman

Me pongo mis zapatos rojos y bailo el blues, y bailo la danza mágica como absoluta principiante, porque sin tí no soy nada.

El domingo debías cumplir 70 años humanos de edad. En vez de eso, hoy cumplimos un año sin tí. Es difícil escribir esto sin sentir el peso de tu ausencia, algo extraño pues en realidad nunca fuiste una parte directa de mi existencia, como lo sería un familiar o un amigo de años.


La noche en que tu cohete de vuelta a casa despegó, el mundo se convirtió en un lugar sombrío. La peor parte de ello fue escuchar el segundo en que de golpe, todo enmudeció. Pero lo que más dolió fue descubrir el enorme desgaste que había soportado, en silencio, el envase de tu esencia. Eras el único que lo sabía, y a sabiendas de que tu versión humana no resistiría más, dejaste una última carta de despedida. Probablemente lo más triste de todo es que te creíamos inmortal. He de decir que de cierto modo, lo eres, pero nadie pensó que de pronto te marcharías. No dejaste nada atrás, nada físico a lo que aferrar leyendas absurdas como las que rodean a otros que partieron antes que tú.

Jamás creí que la ausencia de alguien tan lejano como tú me pesaría. Nunca antes había perdido una musa, y cuando alguien muy querido perdió a la suya no supe qué decirle. No he podido superarlo, y cada que puedo me aferro a tu voz, lo único que se quedó en este mundo. Tu voz mágica, llena de sentimiento, llena de tantas cosas imposibles de describir. El mundo tiene aún tanto que agradecerte, lo malo es que, como siempre, esperó a que ya no estuvieras para darse cuenta. Cambiaste la historia sin disparar una sola bala, sólo con tu arte, algo que no cualquiera puede hacer.

Aún hay canciones que no puedo escuchar sin pensar que ya no estás. Me gusta pensar que en algún lado, al final de un laberinto encantado, gobiernas sobre la magia y la música, en un reino lejano donde eres eterno, y del que de vez en cuando regresarás, en distintos disfraces de mortal, para asegurarte que nuestro mundo humano no pierda nunca la magia que trajiste a él. No dudo que desde hace mucho hayas ido y venido, que volverás a hacerlo, y que con un poco de suerte, alguno de nosotros te reconocerá, a tiempo para agradecerte por todo.

Por lo pronto, buscaremos consuelo en tu obra. En las estrellas. En todo aquello que nos evoque tu enérgica presencia. En todo aquello que formó parte de ti, y formará parte de nosotros, de una forma u otra.


jueves, 8 de diciembre de 2016

December the 1st


Hace unos días estuve en el parque donde nos hicimos novios. Sigue ahí, igual que nosotros seguimos en esta ciudad que nos vio crecer y conocernos. Claro que todo ha cambiado. El parque sigue ahí, y aun así ya no es el mismo, ni la ciudad, ni tampoco nosotros.

Supe de ti hace poco. Un conocido te vio de lejos, con alguien nuevo. Pese a lo mal que terminamos, siempre te imaginé con alguien más… más todo. Más que yo. No sé si llamarlo inseguridad o si aún me queda un poco de afecto por ti.

La misma ciudad que nos vio crecer, conocernos y amarnos, también nos vio despedazarnos. Lo recuerdo a cada instante, cuando paso por las calles por las que íbamos tomados de la mano. Los portones que nos refugiaron de la lluvia y las miradas se ven muy diferentes ahora, pese a que no han cambiado nada. La tienda de novias donde, tras enseñarte el vestido de mis sueños, entendí que nunca lo iba a poder usar, cerró poco después de que rompimos. A veces atribuyo ambas cosas a la superstición que rodea dichos atuendos.

Paso diario frente a la plaza donde combatimos nuestras peores batallas. Me sorprende cómo nunca gané ninguna, ni siquiera aquellas en las que tú no tenías ninguna defensa. La evidencia de lo mal que nos iba nos explotó en la cara tantas veces, y no lo quisimos ver. Tú sólo veías a una niña necia que creía que podía salvarte. Yo veía un faro de luz que creía que podía guiarme. La niña necia dejó de creer, y el faro de luz no se guiaba ni a sí mismo. Éramos un desastre que ocurriría de todos modos.

Hay días oscuros en los que he asumido toda la culpa. Si hubiera hecho más por ti, si te hubiera conocido antes, si te hubiera podido entender, y otros “si hubiera” que se desvanecen uno por uno, en cuanto los vuelvo a razonar.

Lo que realmente extraño es el sentirme amada, protegida. Pienso también en lo poco que eso duró. En las promesas rotas y los regalos abiertamente rechazados. En el año que perdimos jugando a Romeo y Julieta, mientras a nuestro alrededor todo se venía abajo. Hoy se cumplen 3 años de esa fecha fatídica en que todo se arruinó. Y los buenos recuerdos tienen la mala costumbre de volver.

No me arrepiento de haberte conocido. No cambiaría nada de lo que pasó, al menos no del primer año. Me enseñaste muchas cosas, lo que quiero y lo que no. Me quisiste antes que nadie, quiero pensar que al menos al inicio sí me amaste. Ambos nos tuvimos paciencia, tú para conquistarme y yo para apoyarte, aun cuando lo segundo nunca resultó. De lo nuestro me quedo con eso, y con algunas canciones que sobrevivieron a nuestra rivalidad de gustos. Me pregunto con qué te quedas tú de todo eso. O si te quedaste con algo.

Sólo hay una cosa que nunca te perdonaré: en todos esos meses, en que nos empeñamos en nadar contra la corriente y nos mantuvimos bajo el falso resguardo del amor secreto, nunca peleaste por mí. La única cosa que yo te pedía fue demasiado grande para ti. Entenderlo fue lo que me llevó a romper contigo ese día. Recuerdo que cuando llegaste por mí y me abrazaste, sentí que si te dejaba ir me caería en pedazos. Pero mientras hablábamos, supe que no había marcha atrás. Nada iba a cambiar entre tú y yo. Si por ti hubiera sido, aún saldríamos a escondidas. Cualquier cosa antes que dar la cara.

Fuera de eso, supongo que estoy en paz contigo. La ciudad cambió, tú cambiaste y yo también. Nuestros caminos se alejaron, supongo que para no juntarse otra vez. Y creo que eso es lo correcto. Ya sea que lo leas o no, te deseo suerte, y que ahora sí hayas encontrado a alguien que pueda recibir de ti lo que yo nunca merecí. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Sin título II

Es muy difícil describir los síntomas de las enfermedades del alma. Cuando tu cuerpo se enferma, no es tan complicado decir: "Me duele aquí","siento rasposa la garganta", "me siento mareado". Estamos acostumbrados a explicar dolores físicos, todo el mundo ha pasado al menos una vez por una gripe o se ha cortado con papel o algo similar.

Cuando te enfermas del alma, ni siquiera tú lo sabes. Al contrario de un mal físico, nadie tiene los mismos síntomas que su prójimo, aún cuando la dolencia sea la misma. Y al menos en mi caso, no logras describir los síntomas hasta que ya se te pasaron, o cuando al menos ya su azote está más o menos mermado. Uno se queda atrapado en el segundo en el que la "dolencia" se adueñó de su persona, por más que vea los días pasar o espere hasta después de la medianoche para poder dormir en paz, luego de cerciorarse de que sigue con vida y que el mundo sigue en su lugar.

Me quedé atrapada en un punto muerto, entre el pasado y el futuro, que sin embargo tampoco era el presente. No lograba pensar en mi pasado sin contaminarlo de miedo y no podía visualizar un futuro libre de tragedias. Ahora soy capaz de volver al aquí y ahora, pero confieso que todavía algunos de esos pensamientos de pánico siguen intentando taladrarme el cerebro. Ni siquiera vienen de ningún lado, sólo se quedaron rezagados y se niegan a irse, como el cochambre viejo de la estufa. Aunado a eso, sentía que si algo en mi entorno se movía un poco se desequilibraría el mundo (sólo así lo puedo describir) o que si yo me movía de mi lugar desencadenaría una tragedia contra mis seres amados. Tenía un miedo a dañar insoportable. Siempre lo he tenido en realidad, pero debido al colapso se magnificó a niveles absurdos.

A veces imagino a la Soldado enfrentarse a ellos. Suelen imitar su forma, pero en lugar de verse como una hermosa guerrera de armadura azul, se ven como una versión monstruosa y herida de mí. Una y otra vez se baten en retirada, para regresar al día siguiente. Ella les da batalla sin cansarse ni ensuciar su armadura; en su lugar yo me muero de cansancio. Porque de todos modos, ella es yo. Aunque sé que al final volveré a ganar y volverán al sórdido rincón de olvido al que pertenecen, y a pesar de que llevo ya considerable ventaja, la verdad es que hay momentos en los que no sé de dónde saco fuerzas.

Las pesadillas terminaron por fin, el problema son -aún- mis horas conscientes. La primera vez que ocurrió, mi único consuelo era recostarme en el suelo hasta que más o menos se pasara. Conservo esta práctica, pero sólo al alcanzar puntos álgidos y cuando no supone un problema para mí o los demás. Imagino que dicho remedio está inconscientemente ligado a la conexión que como seres vivos, tenemos con la tierra. Hace mucho que no me he dado el lujo de recostarme sobre el pasto fresco, que de alguna manera es lo que mi cuerpo y mente piden a gritos en estos días oscuros.

Por lo pronto, me refugio en mi familia. En el amor. En las hojas de un colega -Ruíz Zafón- para rescatar las pasiones que emprendieron fuga al iniciar esta guerra contra mi parte más oscura. Retomo con tiento la vida común, que no normal -qué flojera ser normal, diría mi Hombre Ilustrado. Me curo con música y silencios, y me armo de valor todos los días para seguir ganando terreno a esa "dolencia" que hace que mi alma duela y mi mente se agote.

Porque lo malo, aunque parezca más fuerte que nosotros, está siempre destinado a fenecer.

lunes, 24 de octubre de 2016

Prrr...

Te dijeron todo el tiempo que no fueras a esa casa. Una y otra vez te hicieron advertencias y amenazas: no hay nadie ahí, la dueña estaba vieja y loca, se la comieron sus gatos; es un lugar peligroso y te puede pasar algo -no importa qué, pero algo malo. Absurdo, pero por mucho tiempo había surtido su efecto en el nervio de tus miedos.

Ahora, la rebeldía es una dama seductora, y no te resistes a echar un vistazo a esa casa semidestruida. Después de todo, eres joven y fuerte, y por lo menos crees que eres inteligente. Nada podría detenerte.

A pesar de ser mediodía, sigue siendo un lugar espeluznante de ver. Dos pisos de madera semipodrida, con las ventanas rotas y la pintura levantada; el techo casi sin tejas. Alrededor, maleza y hierbajos creciendo sin control. Ninguna reja separa el caótico conjunto del resto del mundo, del resto de las casas que se encuentran en mucho mejor estado.

Por toda la maleza, hay gatos. Restregándose en la hierba, en el éxtasis de la nébeda, o sentados sin mover un solo pelo, contemplándote. Esos gatos son lo que de verdad te pone los pelos de punta. Sus extraños ojos amarillos siguen tus movimientos sin desviar la mirada ni un segundo, te ven cruzar el paso pavimentado, polvoriento y cubierto de hojas secas, hasta la entrada. Te toma un minuto apenas, un minuto que esas miradas amarillas hacen sentir eterno. En un intento por ignorarlos, tanteas el marco de la puerta en busca de una llave. Pronto das con ella, y volteas a ver a los gatos con una mirada de triunfo, mientras accionas la cerradura y abres la puerta.

Uno de los gatos te sonríe. El conocimiento de que eso es una sonrisa te congela la sangre en las venas, así que entras rápidamente para no enfrentarla.

Si el exterior es desagradable, el interior es la clara ilustración de la ruina. Nada más entrar, tu sentido del olfato recibe un golpe directo: la casa entera huele a orina y descomposición. Los muebles están arañados y rotos, así como varios objetos que en algún punto pertenecieron a las repisas. Polvo, tierra, basura, las paredes mohosas y con el tapiz hecho garras. Hay vidrios de ventana por todo el piso, pero a pesar de que nada las obstruye, apenas entra un rayo de luz por ellas.

A cada paso aplastas pequeños esqueletos y cadáveres mordisqueados de pájaros, lagartijas, y otras alimañas. Incluso cadáveres de otros gatos. Uno de ellos, el que se ve mas reciente, quedó hecho un ovillo en un sillón de destruido terciopelo, como si la muerte le hubiera llegado durante el sueño.

A donde miras, las imágenes son cada una más nauseabunda que la otra. La verdad te quieres ir, pero la curiosidad por ver hasta el último rincón de ese apestoso mausoleo es mucho más fuerte, y decides continuar. Luego de inspeccionar a fondo el primer piso y confirmar que todo está igual de podrido, subes las escaleras de caracol. Los escalones crujen y gimen a tu paso, y ves asomarse desde el piso de arriba más ojos amarillos que te miran con clara expectativa. 

Por mirarlos, no reparas a tiempo en el escalón partido donde te apoyas, justo a la mitad del camino. La tabla se rompe bajo tu pie, despidiendo un olor fétido y hundiéndote hasta la rodilla. Cuando sacas la pierna, encuentras en el hueco oscuro otro par de refulgentes ojos felinos que te observan.

Quieren enloquecerte. Lo sabes. Y tú quieres huir, pero te niegas a que te tomen por cobarde, y te sobrepones al sentido común. Y corres escaleras arriba.

Al abrirlos, todos los cuartos están vacíos a primera vista. Y todos presentan el mismo lamentable estado del piso inferior, con el plus de que bajo las camas orinadas y desde los armarios se abren más de esos horribles ojos.

Escuchas un rechinido, y un maullido ronco te hace voltear: el gato que te sonrió en el jardín está ahí. Sentado, mirándote. Es un gato blanco, precioso; el único con el pelaje bien cuidado. En otras circunstancias le rascarías el mentón, pero ahora mismo, mientras te mira como una esfinge y vuelve a sonreír, lo único que quieres es que se aleje de tí.

Pero el gato se levanta y camina hacia tí, acechándote como lo haría un tigre. No sabes cómo, pero es consciente del horrible poder que tiene sobre tu alma. Sabe que por más que lo desees, no puedes patearlo ni asustarlo. 

Retrocedes andando de espaldas, con el corazón latiendo y sudor frío corriéndote por el cuerpo. Cuando topas con la pared, el gato se detiene, deja de mirarte y da la vuelta en el pasillo, hacia la última puerta, la única que no está totalmente cerrada. Entra a través de la abertura, sin apenas moverla.

De pronto, escuchas un sonido espantoso, que proviene de esa misma habitación. Una mezcla entre un maullido, un graznido y un grito humano, que resuena potente en todo el pasillo y te eriza la piel y los pelos de la nuca.

Un torrente de maullidos llega detrás de tí, y de pronto todos los gatos de la casa entran por el estrecho pasillo, arañándote la ropa y mordiéndote las piernas en el camino. Algunos incluso se trepan a tu espalda, clavándote sus garras. Te los arrancas como puedes, sintiendo el agudo dolor de sus uñas destrozándote la piel, y los arrojas lejos. A uno lo estrellas contra la puerta entreabierta, que se abre con violencia, mostrando una oscuridad escalofriante, y solo cuando la última cola crispada es tragada por la sombra te atreves a entrar.

Y ahí está. Tan irreal como su leyenda. Pero tan real...

Es un ser inaudito. Toda su piel amarillenta está mordisqueada y arañada; con varios pedazos ausentes. Sus orejas, que sobresalen bajo sus largos, lacios y grasientos cabellos negros, tomaron una forma puntiaguda y larga. Sus manos mordidas y flacas acaban en garras filosas y asquerosas, de un color sucio y repugnante; su nariz larga y respingada lo huele todo y se alza hacia el cielo para abarcar cada nota de olor distinta del orín y la porquería habitual. Sus delgados labios secos entreabiertos muestran dientes amarillos y putrefactos. Todo su inmundo conjunto está envuelto en lo que antes fuera un lujoso abrigo de piel, pero que ahora es un aún más inmundo pelaje falso del color de la suciedad, con costras de porquería y huesos de animales pequeños.

Los gatos corren a su alrededor, trepándose por su falso pelaje, algunos ronroneando y otros emitiendo el chillido ronco de los suyos. Varios dejan a sus pies más ofrendas de pájaros muertos. Sobre su hombro, el gato blanco te mira, ya sin sonreír.

Ella reconoce al fin el olor extraño, y abre los ojos. Espantosos ojos sin pestañas, ojos amarillos con las pupilas verticales. Horribles ojos a los que sin embargo, no puedes dejar de ver. En su horror son hipnóticos, y te han capturado.

De su garganta emerge el grito-maullido de minutos antes. Tu piel se eriza de nuevo y esta vez caes en la cuenta de que es demasiado tarde para escuchar al sentido común: ese maullido infrahumano es más que eso, es un grito de guerra...

Echas a correr, perseguido por ellos. Con sus horribles maullidos detrás de tí. Debes salir de ahí a toda costa. Bajas de dos en dos las escaleras, olvidándote por completo del hueco que dejaste al subir. Te atoras de nuevo y esta vez escuchas y sientes tus huesos tronarse y desgarrar la piel de la pierna. El dolor, olor y sensación de tu sangre borboteando termina con tu cordura, y tratas de levantarte y huir, aunque sea a rastras. Pero tu lucha te arranca a tí y a tu pierna fracturada del agujero, haciéndote estrellarte con el barandal y hacerlo trizas también.

La aparatosa caída te fractura la columna vertebral. Ahora yaces en el suelo, sin poderte mover, con la cabeza girada hacia el sillón de terciopelo donde yace el gato muerto. 

Debajo del mismo ves algo que antes no viste, y que ahora no es más que una advertencia tardía de lo que te espera.

Y entonces, sientes las patas sobre tí.


Tus gritos no sobrepasan el jardín. 

Los gatos, drogados de nébeda, dejan de retorcerse sobre el pastizal y entran a la casa relamiéndose los bigotes. 




jueves, 20 de octubre de 2016

Oscar de la Renta y el suspiro que es la vida

Esta nota se publicó en el periódico donde yo trabajaba, un día después del fallecimiento del genio de la moda. Yo había preparado su reseña pero un compañero me ganó; no obstante, surgió este pequeño ensayo que, en su segundo aniversario luctuoso, comparto con ustedes.

(Publicación original: 21 de octubre de 2014)

Esta mañana se dio a conocer la lamentable pérdida del genio de la Alta Costura, Oscar dela Renta. En las próximas 24 horas, las redes se llenaran de frases robadas de entrevistas suyas, y puede que fotos acompañadas de palabras que el diseñador jamás dijo. O bien, memes, que parece que ya no conocemos otra forma de comunicación.



Todos los años, perdemos figuras importantes e imponentes como el diseñador, el fundador de Apple, Steve Jobs, o el actor Robin Williams, quienes han marcado generaciones con su trabajo. Sin embargo también hemos perdido figuras como la bailarina contemporánea Guillermina Bravo y los escritores Ray Bradbury y José Emilio Pacheco, de quienes nadie se acordó hasta que fallecieron. Y puede que ni así.



¿Porqué tenemos esta manía? No los recordamos ni apreciamos hasta que ya no pueden crear, ni bailar, ni convivir entre nosotros. Al parecer la muerte nos infecta con un morbo insano, con la repentina necesidad de llenarnos y saber qué "fue" de sus vidas y no el qué "es".



Y no sólo nos pasa con personas de fama y reconocimiento: nos puede llegar a pasar hasta con nuestros seres queridos. Hay familiares a los que no volvemos a ver hasta que tenemos qué… y para entonces ya están rodeados de crisantemos en un recinto funerario. O si ellos tienen suerte, en su lecho de muerte, cuando ya apenas pueden sonreír, y deben tolerar lágrimas y 'hubieras' que no recuperan el tiempo perdido.

Tenemos próximo el Día de Muertos, el día que dedicamos por entero a todos los que se nos fueron. ¿Cuántos días les dedicamos mientras aún están aquí? ¿Cuántas veces nos detenemos a decir un "te amo"? ¿A tomar un café? ¿A preguntar "¿cómo estás?"?

Hay historias de personas que pierden al amor de su vida sin que este sepa que lo es. Hijos que no agradecen los consejos de papá y mamá hasta que ya no están para darlos. Maestros que no reciben un respeto de sus discípulos hasta que se les dedica algún homenaje póstumo. Y a veces no les dedicamos nada hasta que lo publicamos en Facebook. O twitter. Como si hubiera Wi-Fi en el más allá (con todo respeto, no mamen).

Epitafios de "Gran mujer, madre y amiga" o "un hombre excepcional y amable", rondan por las redes todos los días. Hay muros de personas fallecidas que no tuvieron comentario alguno hasta el día del funeral. Con todas esas palabras que la persona nunca escuchó de quienes más quería. Y en el peor de los casos, todas esas palabras no dichas pudieron haber salvado su vida.

Y ya no digamos palabras: hechos. Un abrazo, un beso, un cariño, hasta una palmada en el hombro. ¿Cuántas veces al día abrazas a alguien? ¿Cuántas veces felicitas a tus colegas o empleados por algo bien logrado, incluso por un día sin incidentes graves? Porque el afecto y el respeto se necesitan en todos los niveles. ¿Hace cuánto no le rascas la panza a tu mascota? ¿Has hablado con tus hijos, con tus padres? ¿Te detuviste a disfrutar ese beso de despedida que te dio tu pareja esta mañana?

¿De veras quieres esperar a ya no poder hacerlo?

Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...