lunes, 24 de agosto de 2026

Adolescer de adolescencia


A veces siento que no viví mi adolescencia con libertad, y luego recuerdo que a los nueve años vi mi primera película completa de Tim Burton, El Extraño Mundo de Jack, y me enamoré de la estética gótica para siempre. Entre los once y los doce debo haberme enamorado de un personaje ficticio nuevo cada dos meses. A los trece escuché por primera vez a The Rasmus, mi banda favorita de la vida y por la que usé plumas en el pelo hasta casi la universidad. A los catorce hice las primeras amigas que no solo tenían gustos en común sino que aceptaban las diferencias que teníamos sin preguntar; con las que iba a comprar revistas y escuchar música y tomar cafés del Italian (quién te conoce Gastarbucks :P) con mucha mucha muuuuuuuucha crema batida y probarnos ropa que no había manera que pudieramos comprar con la mesada que nos daban para salir. Entre los quince y los dieciseis mi hermana menor y yo defendimos a muerte nuestras posibilidades de salir con Bill Kaulitz hasta que él mismo demostró lo contrario (nos criamos con los Glammers ochenteros y el visual key japonés, ¿¡ok!?) Me metí en peleas, me enamoré de chicos a los que nunca les hablé, me reí de cosas estúpidas y todo lo sentí con tanta intensidad que cuando lo recuerdo, el corazón me salta como la primera vez.

Ahora me doy cuenta que la generación de mi hermana y la mía fueron las últimas en TENER adolescencia.

Esta semana vi un reel de la Arquitecta Aislinn Córdoba que me permitió darle forma a este pensamiento que no ha dejado de rondarme desde hace como dos años. Córdoba trata la cuestión desde la falta de espacios públicos seguros y la hipervigilancia que vivimos actualmente (no puedes hacer nada sin que haya un pinche chismoso grabando con su celular para juzgar e invitar al juicio a otros chismosos desquehacerados de internet) mientras  yo un día me di cuenta que los vestidos de XV años ya ni siquiera lo parecen (¿para qué querría una NIÑA un escote que acentúe pechos que aún no tiene o la hacen sentir incómoda?) y que la sección juvenil de casi cada centro comercial ha desaparecido -en el caso de la literatura, siendo reemplazado por la chingadera esa del Young Adult.

La única revista "juvenil" que queda en México es la ERES, y para no morir decidió seguir complaciendo al público que era juvenil en los noventas; los algoritmos le muestran la misma publicidad fastfashionera a las chicas de trece que a las de treinta y pocos; incluso los colores de la ropa se separan drásticamente entre los pasteles para las niñas y los colores sólidos y llamativos para los niños, y las paletas descoloridas y ultrainsípidas que se esperan en un adulto; el rock y sus subgéneros -específicamente y por su origen y propósito contestatario- están siendo silenciosamente suprimidos de los medios o los boletos son tan caros que mejor no vas...

Y fuera del rant anticapitalista, lo que más asusta es el miedo al ridículo. El miedo a probar cosas nuevas, a escuchar música que no sea lo mismo que todos escuchan, a usar colores y prendas que permitan destacar. El miedo a descubrir quién eres. 

Mis padres y los de mi generación tenían miedo de que explorasemos demasiado y nos hiciéramos daño, porque la mayoría de ellos pasaron su adolescencia trabajando o cumpliendo expectativas. Yo soy tía y tengo miedo de que mis sobrinxs nunca puedan explorar sus talentos y sueños, y no por una cuestión de carencia sino por que la etapa más importante de sus vidas está siendo suprimida desde flancos socioeconómicos -y hasta políticos- en pro de convertirlos en... ¿nada?

No es broma; la adolescencia ES la etapa más importante de nuestras vidas. Es el momento que inadvertidamente nos moldea como seres individuales, donde se afirman nuestros gustos, donde se explora la sexualidad y el amor por primera vez (ojo a esto) donde se hacen las primeras relaciones importantes fuera de la familia y donde nuestros talentos y capacidades reales empiezan aflorar y probar sus verdaderos límites. Ser adolescente (aunque un viejito rancio alguna vez me dijo que viene de adolescer / carecer / faltar) es descubrir quién eres y quién quieres ser, incluso si en un principio no tienes una certeza total.

Por eso mismo parece haber una urgencia desesperada en acabar con ella, y es que si te quitan la posibilidad de descubrir quién eres, es más facil que otros te impongan quién "deberías" ser. 

¿Y quién "deberías" ser? Obediente. Sumisa. Ingenuo. Insensible. 

Inteligente, pero sólo lo necesario para seguir órdenes. 

Obediente para que te cases con quien te digan -o te amenacen por amar libremente.

Sumisa para que un cerdo te haga creer que eres muy madura para tu edad y te pueda llevar a un rincón del que tal vez no vuelvas -o te quiten tus derechos antes de que seas consciente de que los tienes.

Ingenuo para que alguien que gana dos pesos más que tú pueda abusar de tu necesidad, o peor aún, ponerte un arma en las manos y ofrecer tu vida en nombre de intereses que nunca te contemplarán.

Insensible para trabajar sin cuestionarte nunca si lo que haces es correcto o no.

El mundo en el que vivimos les está robando la adolescencia a los jóvenes, y con ello les está robando su identidad antes de siquiera descubrirla. Están sumidos en una crisis colectiva de ansiedad, que tarde o temprano alcanzará la desesperación, y los ciclos de la historia nos demuestran una y otra vez cómo eso termina en desgracia, en dictaduras que nadie sabe de dónde vinieron, en estallidos de ira que explotan desde el cañón de un arma hacia el salón de clases.

Y como adulta que aún se siente un poco joven pregunto: ¿porqué lo permitimos? ¿acaso ya olvidamos lo que significa? ¿Olvidamos la intensidad, la emoción del descubrimiento? ¿de verdad vamos a permitir que desaparezca sin más, sólo porque ahora que somos adultos, nos resulta incómodo? ¿Porque nos da pena ajena? 

¿No nos quejábamos que la generación anterior eran unos aburridos amargados?

¿Y porqué chingados vamos a repetir el ciclo con nuestros jóvenes?

lunes, 23 de marzo de 2026

Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir.

Desde los once me preparé para ser escritora como JK Rowling. Porqué como ella, porque era la única escritora mujer que conocía que estaba viva, y la única que escribía algo que yo sentía cercano a mi corazón. En la escuela no me sacaban de Sor Juana (el "hombres necios" de los cojones una y otra vez) y los autores de siempre del boom latinoamericano. Rowling me dio a mi primer amigo de mi edad, que era huérfano y con una cicatriz de rayo, y que aunque tuviera poderes mágicos también sabía lo que era tener parientes abusivos y enfrentar bravucones y maestros desgraciados. 

A los trece comenzó la presión de "estudiar algo que te dé de comer y no una carrera de quién escupe mas lejos"-palabras de mi papá. No renuncié a escribir, pero empecé a contemplar carreras relacionadas y puse el ojo en el periodismo. Al mismo tiempo, tenía una idea de lo que sería crecer de lo que veía con mis primos mayores y de las películas y videos musicales que veía. De las noches de discoteca bailando hasta el amanecer, de los conciertos, de las fiestas en casas de amigos que terminan en anécdotas locas, y soñaba con sacudirme la vida sobreprotegida en la que crecí. Soñaba con volver a la gran ciudad en la que nací y trabajar en las revistas de adolescentes que devoraba cada mes; entrevistar a estrellas, actores, cantantes -tal vez vivir una tórrida historia de amor- y que mis columnas a su vez fueran devoradas por otras soñadoras como yo. Y por supuesto, soñaba con publicar mis propios libros y conocer a mi modelo a seguir y ayudar como ella lo hacía.

Al final el tiempo pasa y le valemos madre.

Nada me preparó para que las revistas para las que yo soñaba con trabajar se extinguieran durante mi primer semestre en la universidad, y que la carrera se sentiría como una prisión pretenciosa tras perder todo su sentido. Nada me preparó para que los primeros youtubers la volvieran tan popular (sin haberla terminado) que en menos de un año ya no hubiera campo de trabajo, ni siquiera en edición. Aunque se me preparó para la censura, nada me avisó que sería TAN descorazonante que me haría desistir; y nada me preparó para que la única revista en la que logre trabajar desapareciera sin pagarme. Nada me preparó para sobrevivir de un trabajo que nunca he dejado de odiar, sólo porque paga lo suficiente para ¿vivir?

Ah, sí, tampoco nada me preparó para un sueldo que no cubre ni la renta de un cuarto, así que sigo viviendo en la casa familiar.

Y ni la vida nocturna ni el amor se salvaron del paso del tiempo. Cuando por fin tuve edad para ir a antros, ya nadie bailaba. Desde hace años solo medio mueven las nalgas hacinados en un limbo que no sabes si es pista de baile o zona de mesas, al mismo ritmo (corchea, semicorchea, corchea, doble corchea) por HORAS. Llegaron las pandemias y en mi pueblito con complejo de ciudad se terminaron las fiestas hasta el amanecer. E igual yo ya tenía toque de queda, así que las fiestas de la uni ni las vi.

Eso sí, al fin puedo ir a conciertos sin que me fastidien (casi) y eso sí es tal y como lo soñé. Incluso mejor.

Los tórridos romances no tenían nada de romance, y lo tórrido vino en forma de violencia. De esto ya he hablado en ocasiones separadas, pero hicieron tanto daño que cuando al fin tuve algo especial y hermoso, lo hice sufrir por lo que yo misma no resolví, y otra vez estoy sola. 

Nada me preparó para los vicios del mundo editorial ni para la invasión de la IA. Siempre pensé que esa sería una herramienta útil para la investigación y la ciencia, no para que la gente frustrada por no tener la paciencia para aprender algo ganara dinero con dibujos e historias que no son suyas ni lo serán nunca. Cuando comencé a publicar a JACK mi editor quiso meter portada de IA -mejor me hubiera abofeteado- y terminé haciendola yo. Por cierto, acabo de romper contrato con ExLibric.

Y no, nada me preparó para que la madre de mi mejor amigo, el que me permitió conocer a todos los amigos de carne y hueso que tengo y conservo, se convirtiera en lo que ella misma me enseñó a combatir. Si conociera a Rowling actualmente... no lo sé. Quizás mi yo de once años resurgiría y le saltaría el corazón de felicidad, pero mi yo actual no dejaría de llorar. 

Y no, Harry no tiene la culpa de las cosas que su creadora piense y diga. Sigue siendo mi amigo, y si viviera en nuestro mundo sé que tampoco estaría de acuerdo con la forma en que ella trata a los metamorfómagos del mundo.

John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras tienes otros planes. Mi prima dice que si quieres hacer reír a Dios le cuentes tus planes. Siempre odié ambas frases, pero ahora que las constato, las odio todavía más.

Cada vez la pelea me pesa más. Me siento perdida, inútil y desfasada, y el corazón en el piso. Y cuando parece que ya lo he conseguido, no se sostiene lo suficiente, como subir al cielo en una burbuja que se revienta cuando estás a centímetros de la nube más firme.

Pero no le voy a dar el gusto a nadie de rendirme.

Adolescer de adolescencia

A veces siento que no viví mi adolescencia con libertad, y luego recuerdo que a los nueve años vi mi primera película completa de Tim Burton...