martes, 31 de mayo de 2016

Back to Labyrith

Me pidieron hace poquito que tradujera el cuento de Bowie al inglés, así que aquí está :)

I apologize for posible mistranslation. Soundtrack's at the bottom. 



Back to Labyrith

Since the day she decided to come back, Sarah kept looking at the horizon for years, from the highest tower of Goblin Castle.

The yellow dawns at Labyrith became opaque, and the creatures of the Kingdom started losing their magic, and even their will, but not for nothing. After the marvelous wedding, with masquerades and their magic song, Jareth was called by Sandman himself for a mission in an unknown place for him, but so well known for the new Goblin Queen: the magic-less land of humans.

And with Jareth, the magic also disappeared from Goblin Kingdom.

Hoggle the Gnome was knighted as Sarah's Champion, so he could take care of her and be a guide in her royal duties, 'til Jareth's return. But even if he succeeded in his purpose, Hoggle couldn't help but looking at Sarah without feeling worried.

-Do you think he'll be back?-he asked with his raspy voice, playing with the jewelry on his clothes. 
-I don't think so. I know he'll be back.
-I don't know... it has been so long, Sarah.
-It took me a long time to be back, remember?-she said-Did you ever give up on me? or him?

Hoggle sighed, Sara was right after all.

-None of us- he said-although Ludo got so unbearable...

Sarah smiled, while the hairy giant was playing with the stones he used to call on the Living Garden.

A fanfare was heard all over the castle, and a few minutes later, Sir Ddymus was at the door, gasping and half dead tyred.


-Milady... you need to come...


Riding on Ludo's shoulders, and accompanied by all the Goblins in their finery, Sarah went all the way back trough the Labyrith, for the first time in years. Nobody dared to stay on her way, and the ones that could opened doors and passages where there was none. The Queen's heart was beating so hard, while the sunset got its golden color back, and the air filled with the old silver spark. 


Finally, there was a point where Ludo couldn't pass anymore. Sarah let herself drop and kept going til Labyrith's Gate, holding her heavy and luxuryous dress while she was running as if there were no tomorrow; closely followed by Hoggle and Didymus, always riding his loyal dog Ambrosius.

-Open the Gates!-yelled the little knight-Open the Gates in the name of the Queen!
-Sarah!-gasped the gnome, droping his heavy jewelry while he was trying to reach her-for the Dwarves' sake... Sarah! Wait for me!!!

But all she could hear was the beating of her own heart, finally feeling complete. The Gates opened once she arrived.

There he was. The Prince of Stories himself, with a robe made of the Night, shiny black eyes and a crooked smile that unnerved her for a moment. 

-You've been waiting for so long, Goblin Queen.

Sarah settled her skirt without saying a word. Sandman's presence was very intimidating, even when he smiled. Finally, she asked: 

-¿Have you seen him? How is Jareth? When he come back?

Sandman smiled even more. This time, a kind and -somehow- human smile. On his robe, at the heart's hight, a falling star passed by. 

-He has done unbelievable things with human spirit. Things I've never been able, and couldn't do without his help. He created the most amazing magic, and brought hope where there was none. But I know he also took away the magic in here. And I don't think he could efford one more day without you.

And then, Morpheus departed, so the Goblin King could get back home.


All night long, joy and enchantment got back to the Kingdom. Jareth brought new songs, songs that inmediately taught to his subjects. The Magic Dance was -well- danced for the first time in years, even Dream, who was also invited, wanted to dance. 

At the end, at the 13th hour, Jareth took his jubilant wife, while the tender chords of the waltz filled the air. They looked each other to the eye, finally feeling complete. 

-I promised you-Jareth whispered, while Sarah shivered in his arms.-I'll be there for you... as the world falls down.

And while they danced, the morning was painted in gold.



jueves, 31 de marzo de 2016

Hastío

Hace tanto calor que el pelo literalmente se me alació solo. Llevo varios días sin escribir, y siendo totalmente honesta, sin nada que mantenga mi cerebro suficientemente ocupado. Uno diría que debería estar relajada y tomarlo como un descanso, pero hasta el descanso cansa, y no hacer nada puede estresar tanto como tener demasiado que hacer.

Por ello, esto no es una entrada especial. Por una vez sólo quiero escupir palabras hasta que se agoten... o me agote yo. Estoy hastiada, estática, y con un tic en la pierna de que tengo energía y no sé en qué usarla, principalmente por la hora. Y porque en donde vivo la vida nocturna se reduce a cero, a menos que uno sea un vándalo o un gato.

Acabo de salir de la clásica gripe de verano que nos da a los amantes del invierno, esa gripe insufrible porque el clima no te permite cuidarte apropiadamente y la fiebre hace su gana contigo. Tengo muy poco de haber regresado de un viaje en el que me tocó ver la peor cara de un ser muy querido; viaje en el cual estuve encerrada en casa de esa persona sin mayor estímulo que cuanto pudiera leer en internet. Viaje en el que me deprimí tanto que un día antes de regresar a casa me encerré en un cuarto a llorar como no lo había hecho en mucho tiempo. Y me volví a deprimir ayer que tuve un maratón de una serie que me encantaba. Creo que eso a todos les pasa, pero igual no es agradable estar llorando todo el tiempo; menos aún para alguien que se considera a sí misma una guerrera interna.

Trato de pensar en positivo porque en un par de meses vienen mis adorados Rasmus y tal vez esta vez sí tenga dinero para ir y verlos en vivo por primera vez. Quizás hasta los conozca.

Quiero pensar que pasarán milagros. Quiero pensar que alguien que es el mundo para mí se quedará y no se irá. Al menos no todavía, y no sin mí.

Por otro lado, también estoy pasando por esa etapa que tenemos todas de pensar que el amor no existe (sí, YO estoy diciendo esto) ni las almas gemelas ni nada de eso. Hasta yo me odio cuando empiezo con esa cantaleta. No es la primera vez, tal vez tampoco sea la última, pero espero que no dure porque de verdad no me soporto cuando estoy así. En parte se debe a que quien más me ha querido aconsejar al respecto está en una situación aún peor que la mía, y en parte, de verdad no tengo ninguna gana de discutir mi situación con nadie. Pero estoy llegando al extremo de incluso extrañar lo inextrañable.

Estoy hastiada de no saber qué hacer, de no saber qué decir ni a quién recurrir, porque todos a mi alrededor están igual. Deseando que llueva. Deseando un milagro. Deseando no tener que desear más y poder tenerlo todo, o por lo menos sentirme completa. Sentir que hago algo realmente importante, trascendental. Sentir que puedo cambiar el rumbo de las cosas. O por lo menos, no sentir hastío.

martes, 8 de marzo de 2016

Porqué SÍ llamarla "Princesa"

La Princesita de Cuarón (1997) 

De un tiempo para acá no he parado de toparme artículos y publicaciones en las que se habla de ya no llamar "princesa" a tu hija, casi satanizando el término. Que porque le inculcas que sea una inútil. Que porque la vuelves una malcriada. Que porque -y cito textualmente- le vas a arruinar las relaciones a futuro y cualquier hombre con un poco de sentido común la va a mandar al diablo. Viniendo de páginas "feministas", es lo más machista que he leído al respecto.

Anastasia (1997) 
La excusa para dichas proclamas es echarle la culpa a la filmografía Disney, la cual cabe aclarar, dejó esa mentalidad atrás hace más de 20 años. Que les ha costado, nadie lo niega, pero lo han logrado. Y tampoco es que haya muchos estudios de cine que se centren en crear modelos femeninos a seguir para las niñas; tanto así que los pocos y contados ejemplos que la cinefilia conoce están ilustrados en este artículo, y ahondar en el mundo literario llevaría a los mismos resultados.

Cada quien educa a sus hijos como quiere, eso es un hecho. Y también admito que la "alcurnia" y el "abolengo" no necesariamente vienen con modales incluidos. Pero aclaremos una cosa: si tu niña se está volviendo una malcriada y espera que las cosas le caigan del cielo o se resuelvan solas, tú no tienes una princesa, tienes una Kardashian. Y no se vuelve así ella sola, los niños aprenden de lo que los rodea.

El Diario de la Princesa (2001) 
Si vas a llamar princesa a tu hija, que sea una Princesa con P mayúscula. Porque una Princesa con P mayúscula es una líder, alguien a quien admirar no por cómo se viste, ni por las joyas que lleva, sino por ser alguien brillante por sí misma. 

Si la vas a llamar Princesa, enséñale a aspirar por la grandeza. Muéstrale que puede llegar muy lejos, pero sin pasar sobre nadie. Inculca en ella la lectura y la sed por aprender, enséñala a respetar y hacerse respetar, a ser consciente de sus acciones y responsable de sus actos; dale valor para seguir aunque haya quien quiera verla derrotada, porque de esos siempre habrá y no puedes evitarlo. Pero ella puede dar batalla.

Si la vas a llamar Princesa, apóyala para hacerle frente a la vida, porque ni la Realeza se libra de meterse en problemas. Infúndele confianza y amor propio. Explícale que todo tiene solución, guíala -sin hacerlo todo, eso sí- para que la encuentre. Y cuando la guíes ella aprenderá a guiar y ayudar a otros a su vez. Enséñale que puede cambiar las reglas, que tiene el control de su destino y sus decisiones.

Una Princesa con P mayúscula 
Si la vas a llamar Princesa, enséñale a ser buena, pero sin ser un guiñapo. A amar y ser amada sin violencia. A pensar en los demás sin anteponerlos a su felicidad. Enséñale a ayudar, y a pedir ayuda pues no tiene porqué cargar con todo ella sola.

Si la vas a llamar Princesa, enséñale a tener clase, a tener modales, a no terminar en pleito por todo ni a rebajarse al nivel de nadie. Que las cosas no se piden a gritos, pero que nadie tiene derecho a callar su voz. 

Muéstrale que en una pelea se requieren dos, que por desgracia no se puede razonar con todo el mundo; pero también enséñale a defenderse, pues es cierto que no siempre hay más opción. Enséñale que no está mal decir NO, y que nadie puede obligarla a decir sí.

Si la vas a llamar Princesa, muéstrale cómo ser fuerte. Porque no siempre estarás, y puede que ella quede "a cargo del reino" o puede que busque su propio camino, pero llegará un punto en que lo tenga que hacer sin tí, y no necesariamente porque te llegue la hora. Y cuando llegue a ese punto, necesitará de toda la fortaleza que le hayas dado y mostrado a lo largo de su vida.

Si la vas a llamar Princesa, que sea una Princesa de verdad. Porque eso es ella, y porque cuando crezca podrá aspirar a Reina. La Reina de su propia vida, de su propio destino.


El Laberinto del Fauno (2006)

jueves, 14 de enero de 2016

Bowie

Estoy harta de que mi blog se haya convertido en una colección de obituarios. Sin embargo, esta vez realmente me arrancaron a una musa, a la única voz que con sus matices melancólicos podía alegrar los días más lluviosos, no solo los míos, sino los de cualquier ser humano que haya tenido la gracia y sensatez de escuchar una canción suya. Fue hasta hoy que me armé de valor para escribir en su memoria, porque la neta sigo en negación.

Todos sabemos que la madrugada del 11 de enero se convirtió en el día más triste y silencioso de la Historia, no hace falta decir porqué. Varios de nosotros sentimos el mismo dolor que si hubiésemos perdido un familiar. Yo no pude con ello. Todavía hoy estuve todo el día aferrándome a esa voz poderosa, poética en sí misma, sintiendo punzadas cada vez que veía una foto suya en Face. Esperando que, como Lazarus, se levante al tercer día.

Más tarde hablaré de homenajes, porque para colmo hoy también perdimos a otro caballero muy importante en el cine (y en la vida de todo mago, bruja y muggle) Hoy quiero concentrarme en El Hombre que Vendió el Mundo, y hacerle a través de mi personaje favorito un homenaje a mi manera, que quiero pensar, le habría gustado mucho más que volverse un hashtag.

Espero que les guste también a ustedes.




Ilustración: Abigail Salier
Retorno al Laberinto


Desde que había decidido regresar, Sarah llevaba años mirando al horizonte, desde la torre más alta del Castillo de los Goblins. 

Los atardeceres amarillos en el Laberinto se habían vuelto opacos, y las criaturas mágicas del Reino iban perdiendo sus poderes y hasta su anhelo de vida, y no era para menos. Luego de la fastuosa boda, con bailes de máscaras y la canción que los unía, Jareth había sido llamado por el Sandman para una misión en una tierra para él desconocida, pero que la ahora Reina de los Goblins ubicaba perfectamente: el mundo sin magia ni fantasía de los seres humanos. Con él, poco a poco, la magia también se había ido del reino.

Hoggle, el enano, había sido llamado y nombrado Paladín de Sarah, para cuidar de ella y orientarla en sus tareas como miembro de la realeza, hasta la vuelta de Jareth. Si bien había logrado su propósito exitosamente, no podía evitar mirar a su amiga sin sentir preocupación.

-¿Crees que vuelva?-preguntó con su voz rasposa, jugando con las joyas de su traje de Paladín.

-No lo creo.  que volverá.
-Ha pasado mucho tiempo, Sarah.
-Pasó mucho tiempo antes de que yo regresara-indagó ella-¿Alguna vez te rendiste tú? ¿o él?

Hoggle suspiró pesadamente, ella tenía razón.

-No, ninguno de nosotros-rezongó-aunque Ludo se puso insoportable...

Sarah sonrió, mientras veía al peludo interpelado jugar con las piedras que invocaba en el Jardín Viviente del castillo.

Una fanfarria se hizo oír, y en un momento, Sir Didymus estaba ya en la puerta de la habitación, resoplando y medio peinándose los bigotes, muerto de cansancio.


-Milady... tiene que venir...



En hombros de Ludo, y acompañada por todos los súbditos del Reino en sus mejores galas, Sarah recorrió de vuelta el Laberinto, por primera vez en años. Nadie se atrevió a cerrarle el paso, y los que tuvieron la posibilidad abrieron puertas y pasajes hasta donde no los había. El corazón de la reina latía con fuerza, mientras el atardecer recobraba su color dorado y el aire se volvía a llenar de la chispa plata que siempre le había caracterizado. 


Llegó a un punto en que su corpulento amigo ya no pudo pasar. Sarah se dejó caer y siguió su camino hasta la Puerta del Laberinto, sujetando su amplio y rico vestido mientras corría como si no hubiera un mañana, seguida por Hoggle y Didymus, siempre a lomos del perro Ambrosius.

-¡Abran las Puertas!-gritaba el diminuto caballero-¡Abran las Puertas en nombre de la Reina!
-¡Sarah!-jadeaba el enano paladín, deshaciéndose de la pesada joyería mientras trataba de alcanzarla-Por todos los gnomos... ¡Sarah! ¡espérame!

Pero ella sólo podía escuchar el latido loco de su propio corazón, ese corazón que por fin se sentía completo. Las Puertas se abrieron justo cuando ella llegó.

Ahí estaba. El Príncipe de las Historias. Con una túnica hecha de la Noche, sus ojos negros resplandecientes y una sonrisa torcida que la puso nerviosa de momento.

-Has esperado mucho, Reina de los Goblins.

Sarah acomodó su falda, sin poder articular palabra alguna. Sandman era un ser muy intimidante, aun cuando sonreía. Por fin se animó a hablar:

-¿Le has visto? ¿Cómo está Jareth? ¿Cuando volverá?

Sandman sonrió aún más. Esta vez, con una sonrisa franca y -extrañamente- humana. En su túnica, a la altura del corazón, pasó una estrella fugaz.

-Ha hecho cosas inimaginables con el alma humana. Cosas que yo nunca pude, y que no habría podido lograr sin su ayuda. Ha creado la magia más increíble, traído esperanza a donde no la había. Pero sé que también se ha llevado la que aquí había. Además, no creo que resista un día más sin tí.

Y dicho esto, se apartó con una reverencia para dejar volver a casa al Rey de los Goblins.


Aquella noche, la alegría y el encanto volvieron al mágico reino. Jareth trajo al festejo de su regreso canciones nuevas, canciones que enseguida enseñó a sus súbditos. Se bailaron las Danzas Mágicas por primera vez en años. Hasta el Sueño, invitado a la celebración, se animó a bailar.

Al final, en la treceava hora del reloj, Jareth tendió la mano a su radiante esposa, y sonaron los tiernos acordes del vals. Se miraron a los ojos, sintiendo que por fin estaban completos.

-Te lo prometí-susurró Jareth, haciendo temblar a Sarah entre sus brazos.-Estaré contigo aunque el mundo se derrumbe.

Y mientras bailaban, la mañana se tornaba dorada.


domingo, 22 de noviembre de 2015

La sombra del Roble Germánico

“(...) ¡Pero pobre vampiro! ¡Es que yo soy un vampiro de cuarta!  (...) ¡Darme sangre! ¡Como hematófago! Es curioso que la sangre, una vez más, sea esa piedra de toque que me persigue a través de mi historia… artística, cinematográfica. Pudo haber sido otra enfermedad, pero fue una ligada con la hematofagia”.
-Germán Horacio Robles, tras haber bailado con la muerte en 2008

Me pone triste escribir este tipo de entradas, y en realidad quisiera escribir algo distinto, pero me deprimiría más no poder honrar a un grande a tiempo y sería un insulto por mi parte no hacerlo. Lamento si resulta corta esta semblanza, pero esta es de esas partidas, de ésas pérdidas, que nos dejan sin palabras.

El día de ayer, el actor Germán Robles cruzó el Umbral en camino al Mictlán. El Vampiro Mexicano finalmente alcanzó la inmortalidad.

Actor de teatro durante 18 años, de cine durante 50, de televisión hasta que le dio el cuerpo y la paciencia. La severa voz de múltiples personajes del cine; villano carismático, galán del cine bicromático.

Vio la luz del fuego ariano un 20 de marzo de 1929, en Asturias. Nieto del escritor español Pachín de Melás, llevaba la poesía en las venas. Llegó a Tierra Azteca de la mano de su madre a los 17, y una vez aquí nada lo detuvo.

90 películas, 630 melodramas, 31 doblajes entre cine y televisión, incontables personajes de teatro. Con un talento especial para los personajes oscuros, góticos y románticos, su sombra se cierne sobre el Cine de Oro como la de Béla Lugosi lo hiciera mucho antes que él; la sombra de un vampiro carismático, elegante, perverso y venerable, tanto que hasta la fecha le valió homenajes dignos del mismísimo Vlad Tepés.

Su actuación teatral fue una bendición, un bautizo en fuego para múltiples obras, las más destacadas que se han presentado en la historia histriónica de este país. Una de ellas se convirtió en la obra más longeva, con casi 20 años de funciones.

Su voz es la voz del Hombre de Piedra de Ende, la voz de un crítico avasallador y casi tan vampírico como él, la voz del Más Místico Mago en Rusia.

Ayer, esa voz finalmente dio paso a un silencio que será imposible de llenar.

La Dama de Negro se enluta hoy en su honor. La corte del Conde Drácula guarda un minuto de silencio en su memoria. Las luces de la tramoya se apagan y cae el telón.

El hombre se convirtió en actor, el actor en leyenda. El Roble ha extendido sus ramas al infinito.


"No cualquiera puede ser un gran artista, pero los grandes artistas pueden salir de cualquier parte"
-Anton Ego, Ratatouille

Referencias:
-Germán Robles, el inolvidable vampiro del cine mexicano (Milenio)
-Germán Robles libra la muerte gracias a la sangre de sus alumnos (La Jornada)

domingo, 1 de noviembre de 2015

El Trajín del Mictlán (Final)

No me retrasé, sino que adelanté la publicación. El Trajín estaba calculado para terminar el día de hoy, pero publiqué con demasiada anticipación los tres capítulos anteriores. Claro que da igual, este blog está tan muerto como Ramón y Julio.

Luego del momento de amargura (lo siento mucho, hoy no me encuentro emocionalmente bien -y es todo culpa de un vivo) les entrego el final de esta corta historia, que espero les haya gustado. También para desear un Feliz Samhain tardío, y un Feliz Día de Muertos apenas adelantado.


Parte final: Rosita

La más pequeña de las Rosas mira fijamente el altar. No tiene idea, a sus 13 años, de lo que significa nada de lo que hay puesto en la repisa donde por lo regular van los santitos de la abuela. Lo único que sabe es que la foto de hasta arriba es del abuelo Julio, que hay comida puesta para nadie y que todos los años ponen esa comida para nadie con la fotografía del abuelo que no conoció en ese mueble. Y que necesita las flores de cempasúchitl del florero.
En la imagen: Erick DeLuna, La Catrina

Le toma una foto al altar, la publica en Facebook y la llena de hashtags. Sin preguntar a nadie se lleva todas las flores, se da la vuelta y regresa a su cuarto a encasquetarse el disfraz de Halloween para la fiesta de la escuela: una Catrina, cuyo origen también ignora. Simplemente vio la foto en una revista y se la enseñó al dependiente de la tienda de disfraces. "Quiero esto", había exigido.

El grito de rabia de la abuela la hace arrojar las flores robadas al bote de papeles junto al tocador de su cuarto, y esconderlo en el ropero lo antes posible.

"¡Rosa! ¿Qué chingados pasó con las flores del altar?" escucha gritar a su madre, quien sabe perfectamente qué pasó con ellas, pero espera una confesión de todos modos.
"Tu papá no tarda" escucha a su abuela decir alarmada.
"Voy por otras al mercado…"

Las escucha discutir y apagarse las voces. Luego la puerta. Rosita aprovecha la ausencia para sacar las flores escondidas, arrancarles los tallos y clavarlas en la trenza que momentos antes le tejiera su mamá. Mientras, se enfoca en pensar cómo saldrá de la casa sin que la vean.

Disfrazada y maquillada, baja las escaleras con el mayor sigilo. Entonces se da cuenta que no está sola. En el pasillo, devorando las enchiladas puestas en el altar, hay un perfecto desconocido. Tiene el lacio pelo negro cayendo sobre unos lentes gruesos, va de camisa y pantalón de vestir. Nunca en su vida había visto a ese sujeto, pero el la ve y deja el plato con las enchiladas a medio comer en el altar.

"Hola, tú debes ser Rosa" le dice.
"¿Quién eres? ¿porqué te comes eso?"
"¿Porqué te robaste las flores?" le responde. "Ni siquiera sabes lo que significan, ¿cierto? O tu mismo disfraz"
Rosita se mira en el espejo del altar. Sí, su disfraz está genial, pero él tiene razón: no sabe qué trae puesto ni la carga histórica que tiene.
"¿Quién eres?" le vuelve a preguntar al extraño.
"Me llamo Ramón" le contesta. "Tu abuelito venía para acá, pero…"
"Mi abuelo está muerto".
"Ya lo sé" le dice Ramón. "También yo y aquí estamos, ¿no?"

Rosita se siente al borde del desmayo. De seguro son esas estúpidas flores las que la están haciendo alucinar. Se las arranca de la cabeza y las arroja de vuelta al altar, tirando la fotografía del abuelo Julio, y esperando que el desconocido desaparezca. Pero sigue ahí.

"¿Ya acabaste tu berrinche?"
"¿Porqué no te has ido?"
"Julio me invitó a venir. De hecho me pidió que me adelantara, que él iba por alguien al DF".
"¿No tienes tu propio altar en algún lado?"
"Neh" dice Ramón. "Mi familia era como tú. No sabían nada de sus propias tradiciones, así que nunca pensaron en un altar de muertos. Pero bueno, eso ya no me toca. Y no me voy a quedar, así que quita esa cara de espanto que ya no me veo tan mal como cuando me morí".
"¿Cómo moriste?"
"Me balearon en el 68" dice, señalando su nariz. "Directo a la cara. Pum, sesos por doquier. Pero eso no es nada, a Julio lo aplastó un edificio completo en el 85; vieras cómo llegó hasta con las varillas clavadas y las tripas de fuera… ugh".

Rosita mira la hora con angustia. Su madre y su abuela no tardan; y en cuanto vean el desastre que ha causado seguro que pegan el grito. Por no mencionar que ahora tiene la imagen mental de su abuelo atravesado por varillas de construcción. Horrorizada, recoge todo lo que tiró con las flores; las manos le tiemblan a más no poder, pero tampoco puede dejar que vean la escena del crimen.

Una mano se posa en la suya; una mano fría como el hielo. Rosita se gira, lista para reclamarle a Ramón por metiche y se topa de frente, por fin, con el abuelo Julio. Gracias a Dios, se ve tan bien como en la fotografía del altar.

"Ay, hija… otra cosa le hubieras sacado a tu abuela" le dice, haciéndole un cariño que Rosita siente como un témpano. "Igualitas de histéricas"
"Ah, no, eso fue culpa mía" aclara Ramón. "Por cierto, tenías razón con lo de las enchiladas; sólo me saben raro con el pan de muerto"
"Sí, ya vi" replica Julio, mirando con reproche el plato medio comido y las migajas de pan y azúcar.

Rosita no se atreve a decir nada y termina de limpiar. Se da cuenta que en la puerta hay un hombre con ropa de cárcel muy vieja, con una cara de demacrado que aterra. Pero a ella ya no le hace efecto ver a ese tercer fantasma.

"Otro…" dice ya fastidiada.
"¿Qué? ¿Jacinto?" pregunta Julio, zampándose lo que quedó de las enchiladas. "No te apures, hija, solo está de paso".
"No me dirás que es el esposo de Amelia… "
"¿Qué tiene?" indaga Julio. "¿A poco tú estarías muy feliz de estar esperando como baboso, ahí clavado en el Umbral?"
"¿Que Amelia está dónde?" chilla escandalizado Jacinto.

Se escucha la llave en la puerta. Hecha un manojo de nervios, Rosita se esconde en su cuarto, dejando a los fantasmas. No los escucha irse, pero sí escucha a sus familiares vivas entrar en plena discusión. Cuando las escucha entrar a la cocina sale de su escondite.

El altar está tal como lo dejó, excepto que las enchiladas siguen ahí. Y el pan. Completos.Preguntándose si realmente acaba de vivir una experiencia fantasmal, Rosita recuerda un viejo mito de la abuela y en pos de comprobar si todo es cierto, prueba una embarradita de las enchiladas.

La abuela decía la verdad. Ahora esa comida puesta para nadie ya no sabe a nada. 

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lunes, 19 de octubre de 2015

El Trajín del Mictlán (Parte 3)

Una vez más, aunque con un atraso de tres días, llega otra parte de esta historia, ya próxima a su fin.

Parte 3: Amelia

Amelia casi no se acuerda de sí misma. No se acuerda de su nombre ni de qué demonios es lo que la tiene anclada al Umbral, sin conseguir cruzar. A veces logra dilucidar retazos de pasado, pero ninguno lo suficientemente claro para recordar cómo llegó ahí.

Si se pudiera ver, seguro sentiría el mayor de los horrores: su cara ya no tiene ni nariz ni boca, ambas reemplazadas por una especie de arruga extraña que se curva hacia arriba. La piel se le puso gris como las piedras y sus ojos no son más que unos terroríficos y luminosos platos blancos. Su pelo es blanco y pajizo, tan liviano que flota a la menor provocación.

Tampoco se puede mover. Está estática. Ve como algunos monstruos como ella vienen y van al otro lado, van solos y regresan con personas parecidas a lo que queda de ellos: sus familiares pues. Pero ella no puede. Literalmente está enraizada al suelo: los dedos de sus pies ahora son raíces grisáceas clavadas en la tierra. Alguna vez las quiso sacar, y no consiguió nada.

Una de las pocas cosas que logra recordar es al marido que olvidó en el Palacio Negro cuando este aún era cárcel. De modo que Amelia hace lo posible por aferrarse a ese recuerdo. Siente algo cálido en el pecho, seguido de un terrible dolor y una angustia tan espeluznante como su aspecto actual, pero siente.

Sin embargo su marido nunca cruzó el Umbral. Sabe que los días y los años han pasado, ha visto a sus propios familiares cruzar; ha visto incluso al hombre por el que lo dejó… aunque ahora ya no lo recuerda. Ni a sus familiares.

En algún momento logró escuchar que Jacinto todavía ronda por los pasillos de Lecumberri, preguntando desconsolado "si vino Amelia" a la visita conyugal de los viernes, con la que nunca le cumplió. Hoy es ese día en que todos los que han cruzado van de regreso para una visita rápida. Ella daría cualquier cosa por poder cruzar para allá, y poder traerlo consigo para que los dos puedan estar en paz del otro lado del Umbral.

La boca le desapareció hace como sesenta años, pero antes de eso y de perder la memoria se hizo de algún "recadero" al cual pedirle que buscara a su marido. Ahora que no puede hablar, si pasa alguno de los conocidos a los que pide información solo les puede dirigir una mirada vacía. Ya tampoco puede mover los brazos para llamar su atención. Por fin pasa por el Umbral uno de ellos, uno de los que recuerda.

"No, Amelia, no sé nada", le dice fastidiado. "Es más, ya ni siquiera paso por ahí, mi gente se fue de la ciudad".
"No, Amelia, ya no tengo a qué cruzar", dice otro.
"No, Amelia, ya no quiero volver ahí"
"No, Amelia, no lo he visto".
"No, Amelia"
"No".

Y con cada no, ella va perdiendo más y más la esperanza. Ese día, pasa una mujer por el Umbral. Una mujer altiva de buena familia. Su mirada soberbia despierta una emoción extraña y desagradable en el hueco pecho de Amelia, fallido esbozo de un recuerdo cruel y culpable.

Julio pasa cerca de ella. Le aterroriza, pero muy en el fondo siente lástima por esos dedos grises enterrados en el suelo. Esa desconocida es la única que le recuerda que Los Que Se Quedan (como les llaman todos los demás) en algún momento fueron humanos. No sabe porqué, pero es la única que le despierta sentimientos distintos al horror.

"¿A ella que le pasó?" se le ocurre preguntar por fin a sus compañeros, pero tanto Manuel como Rockdrigo se encogen de hombros.
"¿Ramón tampoco sabe?" pregunta el periodista.
"¿Es una mujer?" pregunta el rupestre. Por fin, un hombre de edad, uniformado de gris, le explica quién es ella.
"Era la esposa del Venado", dice pausadamente. "Ella y el amante le robaron a una señora rica y la destrozaron a martillazos. Y el esposo se echó los cargos al cuello para salvarla".
"¿Y que hace ahí?"
"Pagar. Pero siempre manda a buscar al marido. Claro que nadie le hace caso, y se lo tiene merecido. Lástima por El Venado, se quedó esperándola en Lecumbérri".

El viejo se va, y sus amigos adelantan, pero Julio se detiene. Se acerca vacilante a la desconocida, que le dirige una mirada vacía.

Se miran sin decir nada, hasta que Ramón aparece junto a un muchacho que usa un guante blanco y le hace una seña para que avance.


Amelia lo sigue con la mirada hasta que desaparece tras la bruma del Umbral…

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Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...