lunes, 19 de agosto de 2024

Dark Romance


-... lo siento... lo siento... lo siento...

El susurro se repetía una y otra vez, junto con un extraño sonido terroso. Al principio pensó que soñaba, pero conforme los ruidos se acercaban a él fue consciente de dos cosas: la primera, que él no había soñado ni estando vivo, y la segunda, que el susurro venía de afuera. Y de arriba. 

-... lo siento... lo siento...

Una voz de mujer, quebrada de llanto y desesperada, pero fuera de ese único y lastimero mantra y del cada vez más claro sonido de una pala moviendo tierra, no parecía que hubiera alguien más. Aparte de él, por supuesto, y a saber cuánto tiempo llevaba ahí. 

Un golpe metálico hizo vibrar la tapa de su cajón, seguido de piedritas cayendo sobre la madera podrída y la voz alejándose, indicando que ella había salido del hueco cavado; con eso decidió que era el momento perfecto para salir, saludar y tal vez hasta cenar. La tapa era tan vieja que se partió en pedazos en cuanto la empujó para salir, dándole más o menos una idea de cuánto tiempo llevaba metido ahí. Nada mal para un sueño reparador, además de que probablemente quienes lo habían metido ahí en primer lugar ya estaban muertos y no volverían a molestarlo. Se estiró, se puso de pie y se sacudió la ropa, que por desgracia no resistió tan bien como él las condiciones bajo tierra. 

Eso lo molestó bastante, primero muerto que presentarse ante una dama con esas fa... bueno ya qué.

El cielo nocturno le sonrió en constelaciones, y el ulular del viento le dio la bienvenida al decadente cementerio familiar, en una alta colina. Desde ahí vio a lo lejos el paisaje de la ciudad, por supuesto muy diferente y mucho más brillante de lo que recordaba, pero seguía ahí, fiel como Caronte al Estigia. Salió de la tumba impulsándose de un tirón y siguió inspeccionando con la mirada el lugar, iluminado sólo por la gentileza de la luna, pero antes de encontrar lo que buscaba, un grito de horror y el tumulto de una caída lo hicieron voltear con tal violencia que su cuello dio un crujido para finalmente encontrarla. ¡Vaya si los tiempos eran otros! Llevaba pantalones de una tela gruesa que jamás había visto, y unos zapatos de interesante estructura que supuso originalmente blancos, pero que ahora estaban cubiertos de tierra como ella. Era flaca como un dedo, había caído de sentón sobre el pasto, el largo pelo le cubría parcialmente la cara y aparte del tremor que la recorría visiblemente, no parecía que se fuera a mover de su lugar. La pala, que ella buscaba con la mirada, estaba a los pies de él. 

-Buenas noches- saludó con cortesía y una inclinación, aunque sintiendo la garganta pastosa por falta de uso.-Un poco tarde para hacer jardinería, ¿no lo cree?

Ella no contestó, y él no esperaba respuesta. En todo caso, no sabría como sostener la conversación sin que se volviera incómodo, pero igual le dedicó una sonrisa leve, si la asustaba más la sangre se amargaría, y la de ella tenía un aroma demasiado dulce y apetitoso para echarlo a perder de esa forma.

Al menos hasta que le llegó el otro olor a sangre, y la sonrisa se le borró por completo. Un olor fermentado y asqueroso, medio diluido en alcohol pero no lo suficiente para pasar desapercibido, que venía de un bulto envuelto en una sábana detrás de ella. Los detalles de la escena se le revelaron como las estrellas al disiparse las nubes: el camino de pasto aplastado por el que lo arrastró, el ojo morado que el cabello no cubría, el labio hinchado y partido,  las mejillas sucias de llanto sin limpiar, la sangre en su ropa. Si ella ya estaba aterrada, era el turno de él de palidecer de horror. 

-...perdón, señorita-dijo por fin.-Debí darme cuenta que necesita ayuda.

En cuanto él dio un paso hacia ella, su primer instinto fue hacerse un ovillo y cubrirse con los brazos de un golpe que jamás llegó. Por el contrario, escuchó la hierba crujir bajo sus pasos y los ruidos sordos de una carga siendo levantada. Se asomó para verlo echarse el bulto al hombro como si fuera un saco de harina y llevarlo al hueco de la tumba recién cavada para tirarlo ahí sin ceremonia alguna. Ella se arrastró hacia la pala, y usándola para impulsarse se puso de pie.

-Lástima, era un lecho muy cómodo- suspiró con más drama que pena, quitándose el chaleco manchado de sesos escurridos y limpiándose el resto de la ropa antes de tirarlo dentro también. -Espero que haya estado disculpándose conmigo y no con esa... rata en formol, que claramente se merecía lo que le pasó.

-... t-tú... ¿m-me... me es... c-cuchaste?

Si era posible, la voz de ella sonó aún más baja, tanto que por poco no la oyó. Sostenía la pala con tanta fuerza que sus dedos quemados de cigarrillo se le habían puesto blancos, pese a que seguía temblando parecía lista para asestarle un golpe en cuanto se le acercara. 

-Fue lo que me despertó, a partir de cierta edad uno se hace más sensible a todo -explicó estirando una mano hacia ella, quien retrocedió por reflejo con un chillido y en lugar de golpearlo adoptó una postura defensiva- ¿me permite la pala, señorita?

Sus ojos se posaron en aquella mano pálida, con uñas tan largas y afiladas como las garras de un halcón. No se movió de su lugar, pero relajó de a poco su agarre sobre la pala hasta que él la tomó con suavidad y se alejó para empezar a rellenar la tumba. El frío de la madrugada le traspasó el suéter, se abrazó en busca de calor y se sentó sobre la lápida más cercana, vigilándolo atentamente. Era flaco y escuálido, lo que no se correspondía con su fuerza, su ropa estaba hecha jirones y su pelo largo, sucio y enmarañado junto con sus afiladas uñas le daban un aspecto bestial, junto con sus ojos hundidos y refulgentes. Olía a tierra mojada y madera mohosa, pero ¿quién era ella para juzgar?

-...¿p-porqué me ayudas?-de a poco su voz recobraba volumen, aunque sin perder la nota de miedo y precaución.-¿n-no-no vas... a matar...me?

-Lo haría, me muero de hambre- se detuvo un momento para mirarla a los ojos y dedicarle una sonrisa franca y tan amable como se lo permitieron los colmillos- pero no soy un salvaje. Jamás lastimaría a una dama que necesitara mi ayuda tanto como usted esta noche. Y temo que en este punto su sangre ya está muy amarga para mi gusto.

Al terminar, se guardó algunos puñados de tierra en cada bolsillo que le quedaba entero. Sacudiéndose las manos volvíó a buscar con la mirada en la lejanía, pero al dar al fin con lo que buscaba, el corazón se le hundió tanto como los ojos. Siguiendo su mirada repentinamente apagada, ella vio por fin el casco de ruinas de lo que alguna vez fue una gran mansión. La hiedra, el tiempo y tal vez los saqueos la habían reducido a unas cuantas paredes sin techo. De alguna manera, ver el desamparo en su rostro le permitió por fin sentir algo más que aprensión:

-...debió ser... una casa hermosa- susurró suavemente.

-Sabía que pasaría, solo... no sabía que fuera a doler tanto -suspiró hondo para contener la tristeza y dedicarle otra sonrisa. - Esperaba invitarla a pasar, pero verá que ya no es posible. Si me disculpa, temo que aquí es donde nos separamos.

Se despidió con una reverencia y se dio media vuelta, pero antes de dar un paso sintió un leve, casi imperceptible tirón en la manga. El olor amargo de su sangre poco a poco se disipaba.

-...sabes... mi pareja no llegará a casa hoy... pero tal vez sus amigos... se mueran por conocerte y... 

El volteó a verla, enarcando una ceja entre la diversión y la sorpresa.

-Señorita... ¿acaso acaba usted de invitarme a cenar?

-Es-es posible... -farfulló, un furioso sonrojo cubriendo su rostro- ...los tiempos cambian, ¿sabes? 

Él soltó una carcajada que resonó en la oscuridad, antes de ofrecerle su brazo y marcharse del panteón tranquilamente. 

Y hay quien dice que la caballerosidad ha muerto.


viernes, 17 de mayo de 2024

Daño colateral

 Meridienne tiene un padre. Y Dios sabe cuánto quisiera que no fuera así

La idea detrás de mi pequeña sirena, y de muchos de los textos en este blog, surgió de la misma razón por la que no he podido terminar la bilogía desde hace cuatro años. Ustedes saben que soy una romántica insufrible que caza finales felices, y siempre lo seré, pero a veces en la persecución del romance insistimos tanto en correr con una venda en los ojos que cuando al fin nos la arrancan  vemos que apenas nos queda carne en los huesos, y quien corría a nuestro lado resultó ser el depredador mordisqueando todo de nosotros.

No digo que el amor no exista, por dios, esa es la mentira más terrible y debilitante que uno pueda creer. Y menos ahora que por fin estoy en una relación estable y maravillosa, desde hace dos años y medio. Pero es ahora que he probado lo que es un amor bueno que descubro y puedo poner en palabras todo el abuso que sufrí por ocho años.

Al "padre" de mi niña marina lo conocí en la carrera. Primero fue mi amigo, en ese entonces yo salía con otra persona (Límites) y él también, así que no hubo sentimientos hasta un año después de conocernos. 

Míos, por supuesto. Si los suyos eran reales ya no importa.

Me confesé un 11 de octubre, después de que comenzamos a hablar y conocernos. Los meses de conversaciones previas a ese día fueron algo que para bien o para mal recuerdo casi al detalle, porque fue la primera vez en mucho tiempo que alguien me hacía sentir escuchada e importante fuera de mi círculo íntimo. Concretamente alguien del sexo opuesto, pues para entonces mi pareja ya no sentía la necesidad de fingir interés en algo que no fuera su siguiente dosis (lo terminé antes dé). Sin entrar en detalles me dijo algo peor que un no: un sí, pero.

Sí, yo también te quiero, pero me voy del país en unos meses y solo podría darte algo casual.

Y yo acepté.

Aclaremos una cosa; que tú aceptes un tipo de relación (formal, casual, poliamorosa, etc) NO IMPLICA NUNCA ACEPTAR MALTRATO. De ninguna forma. Ni golpes, ni gritos, ni groserías, ni manipulación ni plantones, ni siquiera encuentros sexuales de aceptación dudosa (si no dices que no, no por eso estás diciendo que sí) Y otra cosa: los "amigos con derechos" NO EXISTEN. O son o no son, punto.

Yo acepté un mientras nos dure, porque de verdad estaba profundamente enamorada de la persona que conocí en la carrera. Del hombre alto, guapo y sonriente que me escuchaba, me apoyaba en momentos difíciles y dibujaba cadáveres exquisitos conmigo (y sí, la verdad sí me duele haber perdido ese dibujo). Porque pensé que tarde o temprano me ganaría su corazón sin condición. Porque estaba dispuesta a ir con él a la otra punta del universo. Porque creía firmemente en la cábala de los 9 años que llevó a mi padre y a mi abuelo a conocer a los amores de sus vidas. La Skjadmö por fin tenía un amor por el cual pelear a muerte y vencer.

Nunca se me ocurrió que peleaba en nombre de mi peor enemigo.

Para él, ese mientras nos dure significó que podía hacer conmigo lo que quisiera. Y en ese entonces no se sabía tanto como ahora de los diferentes tipos de violencia que existen, así que dábamos por hecho muchas cosas. Por ejemplo, sólo creíamos que la violencia son insultos y golpes. Así que yo no sabía que lo que él hacía era violencia. 

A partir de esa confesión, toda la "relación" fue por mensaje, aunque no se fue del país hasta seis años después en los que no dejó de recordarme que lo haría. El poco contacto que tuvimos era sexual, o vernos en puntos neutros por minutos porque él necesitaba un favor, o dinero. Y los encuentros sexuales eran donde, cuando y cuanto él quisiera (que igual podían ser minutos), y si no podía ir, yo debía compensarlo a él con fantasías escritas y otras cosas. Primero lo pedía, luego lo empezó a exigir. 

Y yo tenía tanto miedo de perder al hombre del que yo me enamoré, y estaba tan segura que volvería, que accedí.

Mientras tanto, el volvía y cortaba con su ex. Y salía formalmente con otras. Y como todos los fotógrafos, se revolcaba con muchas otras. Y me lo restregaba en la cara, porque éramos algo casual.

Yo lo amaba, pero la sola mención de mis sentimientos era pisar una mina, porque eso le confería una responsabilidad como ser humano que no estaba dispuesto a tomar. Así que de a poco dejé de decírselo y empecé a escribirlo aquí, y armar listas con canciones que le enviaba o que hubiera querido que él me dedicara. Creativamente dio frutos interesantes y recompensas. La Epístola llegó lejos, incluso ganó un premio a nivel local. La leyó todo el mundo, excepto él. Pronto ese amor se convirtió en una sirena blanca que amo como a una hija de carne y hueso, pero a cuya historia no puedo dar un cierre por más que lo intento. 

Mientras, mis amigos y familiares (a quienes nunca quiso conocer o con los que se llevaba fatal) trataban de hacerme entrar en razón, pero yo solo me alejaba más. Mi mente se hundía en la ansiedad y el pánico por otras razones, pero el no poder contar con él lo hacía aún peor. No porque no se lo dijera, sino porque al hacerlo el siempre tenía un problema "peor" para comparar y entonces por mal que estuviera sentía que era yo quien debía estar para él. Comenzó a provocar peleas de la nada y dejarme hecha un mar de llanto por meses. MESES. Y era como si oliera que ya estaba por hartarme y dejarlo, porque siempre volvía en el momento justo, y nunca con una disculpa, sino con un "¿ya acabaste tu berrinche?". 

Y de nuevo comenzaba ese ciclo enfermo de mensajes tiernos, luego subidos de tono, luego exigentes y en el momento menos esperado, crueles. En algún punto escribí en un lugar que me había enamorado del diablo y le había vendido mi alma por su amor, pero como dijo Bram Stoker, Dios no compra almas y el diablo es un negociante tramposo. Recibía balas por él sólo para que me apuñalara en cuanto volteaba para saber si estaba bien. 

Fueron años de dar todo y vivir de migajas. Literalmente. No importaba cuan desgraciado hubiera sido, si en algún punto me decía algo lindo o nos veíamos lo suficiente para que me diera una muestra de cariño mínima y no relacionada con coger, eso me bastaba para sentir el corazón lleno por semanas, o hasta que decidiera estar enojado por nada y volverme a tirar en el suelo. 

Las peleas y exigencias por mensaje derivaron en pesadillas. Me mandaba al diablo por mensaje, me contestaba otra mujer, me llamaban para decirme que le había pasado algo por mi culpa. A raíz de eso, tengo muchas dificultades para contestar mensajes. Le tenía tanto miedo a lo impredecible que era que ya no quería que me viera conectada, así que no le contestaba a nadie hasta no estar segura de que él estaría ocupado y no me respondería de inmediato -o me presionaría para contestar.

Tuve que suplicarle que se despidiera de mí cuando por fin se largó. Fue la última vez que me abrazó, y el único beso que no tuve que robarle. En retrospectiva, fue la única vez que me sentí genuinamente amada por él. Esa y una navidad a inicios de este circo. De nuevo, poco más de unos minutos. 

Y eso fue el principio del fin. Con la diferencia de horarios ya no me encontraba, así que lo que tuviera que decir lo podía contestar cuando yo quisiera. Volvieron las conversaciones tiernas, pero también estas dejaron de ofrecer el alimento que mi alma tanto necesitaba, y deje de depender de ellas. Un día le conté que soñé que nos visitábamos el uno al otro, pero nos cruzábamos en el camino, porque me pareció un sueño tierno y aún ahorraba para ir con él. 

¿Su respuesta? Yo no pienso volver a menos que sea importante.

Y nunca más le contesté otra palabra. Eso fue un año antes de cumplir los 9 años. 

Volví a arreglarme, a salir. Conocí a un hombre que en el corto mes que nos vimos me trató con todo el cariño y respeto que no tuve en ocho años. Y nos soltamos pronto y con tranquilidad, porque ambos sabíamos que éramos un bonito momento en la vida del otro.

Y luego entré a un trabajo que odiaba, donde un hombre alto, guapo y sonriente que no es asiduo a la lectura se compró un libro sólo porque yo lo estaba leyendo para que tuviéramos de qué conversar, y con el que con mucho esfuerzo y cariño cumpliremos tres años en septiembre. 

Esto surgió de conversar con una amiga, por preguntarle a ella como estuvo su día. Sólo ahora pude poner en palabras todo lo que al parecer aún arrastraba. O arrastro. Sanar heridas de abuso es un trabajo constante, tanto que algunos arrastran ese dolor varias vidas después. Sí discuto con mi familia, pero ya no me siento en combate como antes. No sé si estoy bien, pero sí sé que estoy mejor.

Y eso está bien.

sábado, 24 de junio de 2023

Maleficio de un corazón abandonado

Sólo una espinita en mi costado que se negaba a salir.


Que mis lágrimas amargas salen todo lo que comas.

Que mi ausencia te persiga con lo que pudo ser.

Que todos los labios que beses te sepan a veneno.

Que todas las miradas sean frías

Y todas las palabras vacías

Cuando sean para tí.

Que la música te haga ensordecer

Y ni una estrella en la noche negra te vuelva a guiar.

Que los que sí ames te miren por encima del hombro

Y los que te odien te encuentren desarmado.

Que las manos que te toquen dejen llagas tan profundas como las que dejaste tú.

Que tropieces con tu espada y se te clave en el corazón.

Que la soledad sea tu único amigo

Y la miseria tu único amor.

Que el consuelo te abandone como lo hiciste conmigo

Y nunca lo puedas volver a encontrar.

Que los demonios que derroté en tu nombre te cacen como a una presa

Y tus ángeles vuelen sin mirar atrás.

viernes, 5 de mayo de 2023

Mar y Tierra

La siguiente entrada se publicó originalmente el 1° de mayo de 2019. Por cuestiones de reedición, sólo se mantendrán en el blog este y el primer capítulo de Meridienne.



Hay motivos muy poderosos por los que la conclusión y reedición de esta novela corta se tomó más de tres años, motivos que honestamente no quiero explicar pero que se resumen en la súbita y devastadora -pero necesaria- pérdida de mi fuente de inspiración original.


Recomendación musical:
*Mumford & Sons - Hopeless Wanderer
*Rag 'n' Bone Man - Skin


PRÓLOGO


Lo llamaban Amazimu*, y él abrazó el nombre porque era mejor que llamarse "blanco". Los demás esclavos no cruzaban palabra con él, pero siempre terminaban acudiendo a su choza para recibir atención a sus heridas, casi siempre berrinche de los amos. Y Amazimu los ayudaba sin pensarlo dos veces, con una sonrisa y sólo pidiendo a cambio algún favor pequeño o un manojo de hierbas curativas para reponer lo utilizado. Los que le temían menos le traían comida. Pero más no se acercaban, una cosa era estar en buenos términos y otra ser amigo de un "espectro" que sólo salía al atardecer para pescar y que al sol de mediodía se caía a pedazos.

Los amos fingían que no existía. Dada su condición albina, no podían venderlo para trabajo de campo, pero venderlo para ser criado de casa tampoco había resultado, porque su aspecto incomodaba. De hecho, sólo entraba a la casa cuando querían mostrarlo a los invitados a modo de entretenimiento, hablando de él como el "exótico vampiro africano" que había nacido en la finca, llevándose al nacer y sin querer la vida de su madre. Su conocimiento de curación lo debía a la partera que lo cuidó desde entonces y hasta su muerte, pero de esto sólo sabían los demás esclavos, a quienes a final de cuentas les convenía que se quedara; lo habrían escondido en sus chozas con tal de no quedarse sin su único curandero.

Al menos hasta que hubo que revelar el secreto.

Una madrugada de abril, uno de los niños que trabajaba en la cocina de la finca llegó corriendo a la choza de Amazimu, suplicándole que lo acompañara. Una de las hijas de los patrones, a la que no se le había visto en meses, se moría por un embarazo mal atendido que estaba por terminar esa misma noche, dos meses antes de lo debido. Y con la partera de la finca fallecida y sin un médico cerca, al joven esclavo no le quedó más que delatar al curandero. A Amazimu esto le tenía sin cuidado, de inmediato cargó un morralito con lo necesario y siguió al niño de vuelta en la noche iluminada por el plenilunio.

Ni siquiera preguntó nada ni esperó órdenes, nada más llegar, el curandero subió directamente a la habitación de la señora, la única en la familia que trataba con respeto a los trabajadores, incluyéndole. Se había fugado con un hombre de condición inferior, que aunque no pudiera ofrecerle lujo le ofreció su corazón como no lo hizo ninguno de sus pretendientes ricos. Desgraciadamente, el hombre había muerto meses antes, y aunque los patrones admitieron de vuelta a su hija, la vergüenza que les provocaba su difunto esposo les pudo más, y la encerraron en sus habitaciones de la finca sin más atención que la de una única doncella demasiado joven para saber tratar a una embarazada.

Ahora, la joven se moría entre dolores de parto, bajo la mal disimilada mirada curiosa de los criados inútiles y la expresión de arrepentimiento tardío de sus familiares, sacando de sus casillas al apacible Amazimu, quien ordenó a todos salir de la casa inmediatamente, dejando entrar sólo a la doncella que ya la había acompañado durante aquellos meses de dolor y cuya angustia era la única fidedigna entre los habitantes de la casa.

Supo al ver a la señora que no viviría, y su corazón dolió como si fuera su propia hija. Le dio un preparado de hierbas para mitigar el dolor, mientras le cantaba un arrullo de los esclavos y la doncella le tomaba las manos para tranquilizarla. La joven sabía también que moriría, pero por primera vez en meses, se sintió en paz, y sabía que en manos del curandero su hijo nacería a salvo.

Al filo del amanecer, con el último suspiro sacrificial de la señora, el llanto del primer varón de la familia en muchos años rasgó el aire.


Hermann Eschke,Torre de Martello en la costa de Leith en Edimburgo (1896)



*Amazimu: Espíritu africano de la mitología bantú. Según su leyenda, sería una especie de demonio albino, antropófago y dotado de magia oscura.

martes, 2 de mayo de 2023

Campanitas



A ella la enterraron viva. Aunque de eso nadie se enteró más que los muertos.

Aceptó casarse con un hombre con barbas tan grises que pasaban por cerúleas para salvar a su familia de la ruina, pese a las advertencias de hermanas y hermanos que la amaban más que todo en el mundo. Pese al padre viudo para quien entregarla en el altar fue como si le apuñalasen el corazón, porque sabía que igual que a las otras siete antes que ella nunca más la volvería a ver. 

Y dicho y hecho. Las rentas de la dote solo llegaban a su familia mientras ella se portara bien y dejara de intentar escapar de su prisión de alabastro y oro.  Tenía joyas y sedas, pero no la libertad de verles otra vez. Se había casado con un ogro que la arrastraba del cabello por la mansión si tenía un mal día, y si tenía uno bueno con insultarla tenía. El acabose fue cuando intentó que una sirvienta enviase a escondidas una carta para su familia. Ni siquiera era un grito de auxilio, solo buscaba calmarlos y mentir con su bienestar para que no sufrieran, pero no contó con que la mucama le tuviera aún más miedo a su señor que respeto a ella y se la entregase en la mano. Ni siquiera la leyó. El mero hecho de haberse comunicado era suficiente rebeldía, y su cólera se combinó con su fuerza. Sólo terminó cuando la respiración de ella se tornó tan débil que ya no la percibía, y de inmediato ordenó que fuese puesta con las otras.

Para cuando despertó, ya estaba metida en la temible cripta oculta en el jardín, donde las otras siete esposas habían terminado, sus ataúdes podridos acumulándose como cajas de joyería olvidadas. De puro milagro el suyo sólo había sido puesto en el suelo sin ceremonia alguna, de modo que sus escasas fuerzas bastaron para abrirlo y salir a aporrear la puerta de hierro y gritar. En esa época se colocaban campanitas de cobre por fuera de las tumbas, para que si una desgracia similar ocurriera pudiesen ser sonadas desde adentro. Cuando su voz ya no dio para más, siete campanitas empolvadas repiquetearon una tras otra, hasta caerse de lo viejas. El súbito reventar de las cuerdas en sus mecanismos se sentía como una bofetada más de ese horrible viejo, burlándose sin presencia de aquella desdichada sobreviviente de su crueldad.

Para bien o para mal, sólo los muertos la oyeron esa noche. De otro modo, no habría podido salir. Arañada hasta la sangre, la puerta de hierro por fin fue abierta, y una bestia diferente le tendió la mano y se la llevó para siempre de ahí. 

Si el primero era un monstruo azul que caminaba impunemente entre humanos, este tenía ojos tan rojos como el mar de rosas que crecía alrededor de su mansión, en una isla protegida por costas rocosas y mareas bravas. No salía de día, y a veces su cuerpo cambiaba de una manera grotesca que hubiera hecho correr a cualquiera; y sin embargo ella nunca pensó que volvería a sentirse a salvo al lado de tal criatura. Por supuesto dada la noticia de su primera muerte no pudo volver a estar con su familia, pero este nuevo señor la llevaba a verlos desde las ventanas de la decaída casa señorial que la había visto crecer. La llevó a despedirse de su padre en el tálamo cuando nadie veía, y en la seguridad de su pequeño castillo isleño la colmó no sólo de lujos sino de las más gentiles atenciones, entre ellas presenciar el sangriento final de quien se creyese su verdugo.

Ella de a poco se acostumbró a dormir las horas de luz para así pasar las noches a su lado. Él le hablaba de su pasado, uno tan lejano que los ancestros de ella ni siquiera habían nacido entonces. Se mostró a ella en todo su ser, con alas y garras, sin la belleza falsa de su depredadora especie, y ella aprendió a amar y domar cada faceta, tanto como para decidir unirse a él en esa naturaleza oscura y feroz que volaba suave bajo la luna y parecía no temerle a nada.

A nada salvo al sol. A nada salvo a la pestilencia del acónito. A nada, salvo al insoportable repiqueteo de las campanitas de cobre, que la persiguió para siempre en sus pesadillas y que la hacía huir en un enjambre de polillas asustadas cuando el sonido la sorprendía en las rondas nocturnas, cuando señor y señora se alimentaban de los corazones más oscuros, como ángeles negros que cumplían justicia ahí donde la ley de los hombres no servía para nada. 

Fueron felices durante siglos. Volando sobre la bruma y bajo la noche, bailando entre el aroma de las rosas, protegidos del mundo por el mar y las leyendas. Envejeciendo sin envejecer entre antigüayas, hasta que extrañaron la única dicha que la eternidad les negaba, y que en el más reciente aniversario de su desentierro él quiso cumplir para ella. 

El mundo de afuera era víctima de una de muchas pestes. Para él fue como cortar una rosa fresca antes de que el resto del rosal podrido se llevase también ese inocente retoño aún saludable. Lo llevó para ella, y ella lo estrechó contra su inerte pecho regalándose a sí misma los latidos de ese tierno corazón por un momento. Un pequeño sol de medianoche para iluminar sus noches mientras crecía. Pero el pequeño sol no podía quedarse solo, y llevarlo con ellos estaba fuera de discusión como descubrieron en cuanto pasó la euforia del capricho, y decidieron turnarse las noches para cazar.  

En su primera noche solo, después de varios siglos, él se fue para no volver. 

Cuando ella por fin lo encontró, después de esperarlo y salir a buscarlo con el pequeño sol en brazos, encontró una sepultura hechiza y el cuerpo de su amor despedazado, con la cabeza cercenada y la boca llena de ajos. Sus gritos de dolor y rabia se escucharon hasta el último confín de esas tierras desde ese instante maldecidas.

En los siguientes años, un esquife apareció en el muelle, ofreciendo trabajo en una pequeña isla que hasta entonces se creía deshabitada. Quien iba volvía una vez para hablar maravillas del islote, su rica mansión y su hermosa señora, pero después no volvía al puerto jamás. A la par, el inquietante sonido de campanitas de cobre poblaba las pesadillas de los lugareños, siendo inequívoca señal de la visita de lo que los niños llamaban un hada negra, y los sobrevivientes un súcubo mortal.

Ajeno, un niño crecía y jugaba en los pasillos y jardines de la mansión, felizmente acompañado de aquella madre ladrona que se escondía del sol y le contaba historias de amor con el padre misterioso del que sólo conoció su cabeza -amorosamente conservada en una campana de cristal y oro- y que lo colmaba de besos tan fríos como el rocío de la mañana en las rosas del jardín. Tenía prohibido acercarse a los sirvientes, después de todo ninguno duraba más de un mes antes de irse a dormir a las raíces del rosal, o convertirse en inertes sirenas que se hundían en el mar con sus colas de piedra en las noches de tormenta. Cuando creció, ella lo llevó en sus vuelos tomado de la mano para no perderlo en la bruma, y le enseñaba cómo en un futuro, cuando fuera tan fuerte como sus padres, se alimentaría de los corazones de los malos del mundo, y les haría temer al silencio y a las sombras.

Pero los malos del mundo no se quedaron de brazos cruzados, y la llegada de un barco con velas negras como las almas a bordo respondió a sus plegarias. Filibusteros, mercenarios sucios con filos por manos y pistolas humeantes y ruidosas, que cobraron hasta los ojos por sus servicios y por permitir a un contingente abordar su barco con estacas, ajos y antorchas. 

Desembarcaron de día y atacaron incendiando el jardín, despedazando cuerpos de quienes en vida fueron seres amados y ahora eran sospechosos de necromancia, aunque no se movieran. Rematando sobrevivientes con la excusa de salvar sus almas posesas. Ella despertó con los gritos y aterrada huyó al sótano del castillo con su tesoro vivo y la amada cabeza de su señor.

Sabía que no iba a sobrevivir. Pero su venganza apenas comenzaba.

"Esta noche", le dijo, "te arrebatan a tu madre. Y ahora tú les arrebatarás a sus hijos".

Le dio los últimos besos que él sentiría en su vida, antes de darle un último beso en el cuello que le diera las alas que en otro tiempo ella recibiera.

Y luego cerró el sótano para arrojarse a la muerte y llevarse con ella a todos los que pudiera al infierno.


Lunas después, la isla y su masacre fueron olvidadas por los adultos. 

Pero años después, los niños escucharon el cuento del hada negra y sus campanitas entre sueños. 

Y el terror que los adultos creyeron vencido volvió para no marcharse nunca jamás.


sábado, 15 de abril de 2023

Samba, fiesta y oscuridad: la esencia de Bateria Volle Petaj (ENTREVISTA)

(Entrada original publicada el 26 de diciembre de 2019)


 En el transcurso de este año y parte del pasado trabajé en una revista virtual que... se fue... al traste. Sin aviso. Así, pum, crash, bye. Sin embargo, logré rescatar las entrevistas que realicé, casi todas a personas que admiro desde hace años y que son un sueño cumplido para mí.

Esta, por ejemplo, fue a un grupo de samba de los Países Bajos; Bateria Volle Petaj. No los conocía hasta entonces, pero oye, suenan genial.


 (Publicada en Oscvro el 23 de Enero de 2019)



Las calles de Europa laten con el eco de tambores, timbales y demás percusiones, como un unísono de corazones eufóricos conectados por un mismo nervio oscuro. Un desfile de figuras negras lleva este latido por todos los rincones, llevando a su vez, una contagiosa e inesperada alegría. Se trata de Bateria Volle Petaj, una agrupación proveniente de los Países Bajos quienes a pesar de llevar más de 20 años en la escena underground se mantienen como una propuesta fresca y revitalizante. su líder, Bas, platicó en exclusiva con Oscvro.

26 años es un largo tiempo y no cualquier artista llega tan lejos, ¿cuál sería el secreto de su éxito?
Bateria Volle Petaj (BVP) es una misión que demanda fanatismo. BVP existe gracias al compromiso de cada miembro.

¿Cómo inició todo para BVP?
A finales de los 80, los fundadores de BVP formaban parte de un grupo de underground electrónico, influenciado por bandas de música electrónica e industrial como Front 242, Front Line Assembly, Kraftwerk, por mencionar algunos. Durante el carnaval de Maastricht, en los Países Bajos (su tierra natal)comenzaron a tocar percusiones brasileñas, inconscientemente influenciados por esta ola electrónica. Es por eso que Volle Petaj suena tan distinto de la samba tradicional, tan copiada por varios grupos en Europa -casi siempre en vano. Muchos miembros de Volle Petaj vivieron los orígenes del New Wave, el Gótico y el Electric Body; para ellos tocar en la banda conlleva su propia lógica, y provee una sensación de autenticidad a BVP.

En una agrupación tan numerosa, ¿es difícil mantener la armonía?
Si cada miembro del grupo se siente importante e incluido, eso nos convierte en familia. Todos saben su responsabilidad y ninguno recibe más o menos importacia que los otros, todos se saben parte del colectivo.

Algunos llaman a su estilo "samba goth", ¿cómo lo definirían con sus palabras?
Lo llamamos “Underground Percussion”, aunque “Samba Goth” es más adecuado al concepto.

Es bien sabido que su música está inspirada en los ritmos de Brasil, ¿han tocado ya en el carnaval?
Durante el carnaval de Maastricht, es una ley no escrita ir y disfrutar por tres días en las calles. (...) En Agosto de 1998, viajamos a Brasil para visitar la cuna de la samba. aprendimos mucho en las escuelas de samba de Rio de Janeiro y nos inspiró tocar con los niños de las escuelas de Mangueira y Portela mientras se preparaban para el carnaval de 1999. Pero sabemos que no somos brasileños, así que no intentamos imitar su estilo sino dejarnos influir por ello y por nuestros gustos, como la música alternativa de Europa. Esta es también una razón por la que vestimos de negro. Otro motivo es que BVP siempre se conectó con la juventud de bajos recursos de las favelas brasileñas, los llamados "suburbios"de ciudades como Mangueira. Para ellos, la samba suele ser el único rayo de alegría en sus vidas, marcadas por la pobreza extrema. Es un impactante contraste respecto a los colores y extravagancia de los carnavales, con sus plumas y banderas. Por ello es que BVP se viste de negro.

¿Qué otras influencias tienen? ¿Hay otros ritmos que les gustaría explorar? 
(...) Tratamos de implementar ritmos diferentes a la samba en nuestra música, lo que cimenta nuestro sonido único. Incluso experimentamos con beats electrónicos, incluidos en nuestro primer álbum, ‘Revolta Ritmos Contra Angustias’. Desafortunadamente, durante los conciertos los beats son demasiado estrictos y dejan poco espacio para la improvisación. De modo que es simplemente imposible integrarlos al tocar en las calles.

En lo visual tienen una imagen bastante interesante, ¿de dónde viene la inspiración para ello?
Nuestra imagen tiene su origen de nuestras influencias: La escena underground alternativa, donde el negro es muy común.  Aunque nuestro look (y canciones) a veces son copiados por bandas locales, estos imitadores también nos motivan a llevarlo al extremo. La inspiración nos viene de la escena alternativa, su música, arte y cine. Cada dos años organizamos un festival junto a cientos de bandas en la ciudad de Bremen. En cada edición llevamos un tema diferente, y cada vez le hemos dado un "giro triunfal" hacia nuestro estilo. Los organizadores aún se preguntan cómo tenemos la creatividad para volver el tema oscuro. Por ejemplo, en una ocasión el festival cayó en San Valentín, y el tema era "Rojo". Decidimos usar sangre en lugar de corazoncitos, teníamos una Caperucita Roja vestida con un corsé de cuero negro y una caperuza de cuero rojo. El resto de la banda se disfrazó de lobos sangrientos. En otra edición el tema era la vida marina, nos presentamos personificando un océano contaminado por un derrame de petróleo. Cuando el tema fue El Circo, nos vestimos como los músicos del circo en un Desfile Negro.

¿Han tenido oportunidad de trabajar con otros artistas?¿Tienen alguna colaboración soñada?
No hacemos colaboraciones porque no queremos hacer concesiones en nuestro trabajo. Pero nunca digas nunca.Si algún día colaboramos con algún artista, definitivamente será alguien de la escena alternativa.

Son conocidos por su apertura a interactuar con el público, ¿qué es lo que más les gusta de ello? ¿tienen alguna anécdota interesante?
Cuando invitamos a gente del público a tocar con nosotros, por ese instante se convierten en parte del grupo. Es una oportunidad para despertar el entusiasmo y tal vez, que se conviertan en miembros. Digamos que es casi un reclutamiento. Y si triunfamos en ofrecer un buen show y ver las sonrisas en los rostros de la audiencia, hemos cumplido nuestra misión.

¿Qué dice el futuro para Bateria Volle Petaj?
¿Qué podemos decir? Siempre espera lo inesperado. Pero por darte una pista de lo que pasa tras bambalinas, estamos transformando la legendaria ‘Warm Leatherette’ de The Normal y ‘Eat Liver’ de Laibach en canciones de samba.

jueves, 30 de marzo de 2023

Sin Título IV

El primer ataque de ansiedad que recuerdo me lo provocó una maestra a los ocho o nueve años. Por supuesto yo no lo sabía. Para mí la palabra "ansioso" significaba lo mismo que "emocionado", una connotación bastante más positiva que me hubiera gustado conservar tal cual. 

Esta maestra se encargó de que nunca más fuera así. Ni siquiera recuerdo su nombre, solo que me daba inglés y que era fea con ganas, de cara y de alma. Nunca nos dio una sola clase, en su lugar ocupaba su hora en la semana para leernos cosas que nos aterraran. No cuentos de terror, literalmente cosas aterradoras como teorías apocalípticas -las cuales aún me detonan- y notas sensacionalistas de las que te hacen sentir que no estás a salvo ni en tu propia cabeza, y hasta pasajes bíblicos que nos hicieran sentir que el diablo ya era dueño de nuestras almas -estoy casi segura de que se los inventaba. Qué clase de persona le enseña cosas así a niños de primaria, lo ignoro, pero se conserva en mi memoria como el segundo acto más cruel del que he sido víctima.

Recuerdo aún esa sensación de terror absoluto y sin sentido tras la primera "clase". Dudo que mis padres se dieran cuenta porque aún les cuesta. Recuerdo que me costaba mucho trabajo mover mi cuerpo para caminar o tomar cosas, y algo en mi cabeza -que desde entonces solo se esconde hasta que algo lo vuelve a detonar- me impedía expresar con palabras lo que me ocurría. Parte ignorancia de niña, parte terror de que si lo decía en voz alta se desencadenarían todos los horrores que esa maestra había insistido en leernos y todo lo que amaba se perdería por siempre. Creo que mis compañeros pasaron por lo mismo, porque esta situación duró tres o cuatro meses. Si hubo un valiente que lo pudo decir, tal vez no le creyeron.

Opté por salirme de sus clases con la excusa de ir al baño. Cuando no lograba hacerlo me tapaba los oídos de tal forma que su voz fuera solo un murmullo ahogado. No siempre servía. Creo que incluso hablaba más alto para asegurarse que ninguno de nosotros lograba escapar a su reinado de terror. 

Por esa época iniciaba la fiebre de Pókemon, y por supuesto que yo era parte de ello. Y como pasa con todo aquello que haga felices a los niños, no faltaron las señoras persinadas que lo acusaban de diabólico. Adivina quién era de estas. 

Y sin embargo, su intento de quitarnos lo único que unía a toda la primaria por igual fue lo que finalmente acabó con su dominio. El episodio de histeria colectiva con destrucción de tazos incluida (juro que llevó para la ocasión unas tijerotas de las que se usan para cortar el pollo y nos las dejó para romperlos)  y en mi caso particular rezos en llanto para salvar mi alma, fue demasiado grande para que pasara inadvertido por las maestras, y finalmente la corrieron. El resto del año tuvimos una maestra que tenía mucho trabajo por delante con los meses que perdimos, pero que se encargó de que la clase no nos volviera a causar ansiedad -aunque sí nos contara cuentos de terror los viernes.

Ahora puedo recordarlo y expresarlo, porque sólo ahora entiendo por lo que estaba pasando -y que no tenía porqué haberlo pasado. Sé que de ahí viene todo, y también sé que de ahí vienen los cambios súbitos y extraños que a fecha de hoy mi familia no ha podido entender. Nunca voy a entender sus motivos para provocar miedo en los niños que estaban bajo su cuidado, y espero que después de eso nunca volviera a ejercer. 

No sé si lo que hizo cuenta como maltrato psicológico, pero sí que dejó marcas que aún no se borran. Marcas que se convirtieron en fobia. En crisis que me roban el sueño por días y hasta por meses. En la imposibilidad de ver incluso ciertas películas aunque sepa que son ficción. En mordisquearme los dedos para intentar domar mi mente a las malas. En la inmediata reacción de salir corriendo cuando la conversación gira en un sentido catastrófico y sensacionalista que para algunos será tema de conversación, pero que para mi es volver a estar clavada en el pupitre, sudando frío y con las manos presionando con tanta fuerza sobre mis oídos que cuando los suelte van a dolerme. Eso cuando mi estómago no se encoge tan violentamente que tengo que correr al baño más cercano a vomitar.

Yo sé que no es normal. Se lo he contado a mis psicólogos cuando tengo la solvencia suficiente para atenderme. Si hubiera una cirugía para extirpar esos recuerdos y pensamientos para siempre, no me importaría quedarme en la calle con tal de pagarla. Tal vez por eso intento extirpar la desazón de hoy con esta entrada.

Ahora tengo armas que de niña no tenía. Tengo mis ejercicios, mi fe y mi meditación, y ahora tengo amigos y familia que me entienden y me apoyan. Incluso mis padres, aunque no lo entienden, están ahí para mí -no significa que me sea más fácil expresarlo cuando pasa, pero sí hace más fácil enfrentarlo. 

Y tal vez algún día, vencerlo.

Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...