jueves, 14 de enero de 2016

Bowie

Estoy harta de que mi blog se haya convertido en una colección de obituarios. Sin embargo, esta vez realmente me arrancaron a una musa, a la única voz que con sus matices melancólicos podía alegrar los días más lluviosos, no solo los míos, sino los de cualquier ser humano que haya tenido la gracia y sensatez de escuchar una canción suya. Fue hasta hoy que me armé de valor para escribir en su memoria, porque la neta sigo en negación.

Todos sabemos que la madrugada del 11 de enero se convirtió en el día más triste y silencioso de la Historia, no hace falta decir porqué. Varios de nosotros sentimos el mismo dolor que si hubiésemos perdido un familiar. Yo no pude con ello. Todavía hoy estuve todo el día aferrándome a esa voz poderosa, poética en sí misma, sintiendo punzadas cada vez que veía una foto suya en Face. Esperando que, como Lazarus, se levante al tercer día.

Más tarde hablaré de homenajes, porque para colmo hoy también perdimos a otro caballero muy importante en el cine (y en la vida de todo mago, bruja y muggle) Hoy quiero concentrarme en El Hombre que Vendió el Mundo, y hacerle a través de mi personaje favorito un homenaje a mi manera, que quiero pensar, le habría gustado mucho más que volverse un hashtag.

Espero que les guste también a ustedes.




Ilustración: Abigail Salier
Retorno al Laberinto


Desde que había decidido regresar, Sarah llevaba años mirando al horizonte, desde la torre más alta del Castillo de los Goblins. 

Los atardeceres amarillos en el Laberinto se habían vuelto opacos, y las criaturas mágicas del Reino iban perdiendo sus poderes y hasta su anhelo de vida, y no era para menos. Luego de la fastuosa boda, con bailes de máscaras y la canción que los unía, Jareth había sido llamado por el Sandman para una misión en una tierra para él desconocida, pero que la ahora Reina de los Goblins ubicaba perfectamente: el mundo sin magia ni fantasía de los seres humanos. Con él, poco a poco, la magia también se había ido del reino.

Hoggle, el enano, había sido llamado y nombrado Paladín de Sarah, para cuidar de ella y orientarla en sus tareas como miembro de la realeza, hasta la vuelta de Jareth. Si bien había logrado su propósito exitosamente, no podía evitar mirar a su amiga sin sentir preocupación.

-¿Crees que vuelva?-preguntó con su voz rasposa, jugando con las joyas de su traje de Paladín.

-No lo creo.  que volverá.
-Ha pasado mucho tiempo, Sarah.
-Pasó mucho tiempo antes de que yo regresara-indagó ella-¿Alguna vez te rendiste tú? ¿o él?

Hoggle suspiró pesadamente, ella tenía razón.

-No, ninguno de nosotros-rezongó-aunque Ludo se puso insoportable...

Sarah sonrió, mientras veía al peludo interpelado jugar con las piedras que invocaba en el Jardín Viviente del castillo.

Una fanfarria se hizo oír, y en un momento, Sir Didymus estaba ya en la puerta de la habitación, resoplando y medio peinándose los bigotes, muerto de cansancio.


-Milady... tiene que venir...



En hombros de Ludo, y acompañada por todos los súbditos del Reino en sus mejores galas, Sarah recorrió de vuelta el Laberinto, por primera vez en años. Nadie se atrevió a cerrarle el paso, y los que tuvieron la posibilidad abrieron puertas y pasajes hasta donde no los había. El corazón de la reina latía con fuerza, mientras el atardecer recobraba su color dorado y el aire se volvía a llenar de la chispa plata que siempre le había caracterizado. 


Llegó a un punto en que su corpulento amigo ya no pudo pasar. Sarah se dejó caer y siguió su camino hasta la Puerta del Laberinto, sujetando su amplio y rico vestido mientras corría como si no hubiera un mañana, seguida por Hoggle y Didymus, siempre a lomos del perro Ambrosius.

-¡Abran las Puertas!-gritaba el diminuto caballero-¡Abran las Puertas en nombre de la Reina!
-¡Sarah!-jadeaba el enano paladín, deshaciéndose de la pesada joyería mientras trataba de alcanzarla-Por todos los gnomos... ¡Sarah! ¡espérame!

Pero ella sólo podía escuchar el latido loco de su propio corazón, ese corazón que por fin se sentía completo. Las Puertas se abrieron justo cuando ella llegó.

Ahí estaba. El Príncipe de las Historias. Con una túnica hecha de la Noche, sus ojos negros resplandecientes y una sonrisa torcida que la puso nerviosa de momento.

-Has esperado mucho, Reina de los Goblins.

Sarah acomodó su falda, sin poder articular palabra alguna. Sandman era un ser muy intimidante, aun cuando sonreía. Por fin se animó a hablar:

-¿Le has visto? ¿Cómo está Jareth? ¿Cuando volverá?

Sandman sonrió aún más. Esta vez, con una sonrisa franca y -extrañamente- humana. En su túnica, a la altura del corazón, pasó una estrella fugaz.

-Ha hecho cosas inimaginables con el alma humana. Cosas que yo nunca pude, y que no habría podido lograr sin su ayuda. Ha creado la magia más increíble, traído esperanza a donde no la había. Pero sé que también se ha llevado la que aquí había. Además, no creo que resista un día más sin tí.

Y dicho esto, se apartó con una reverencia para dejar volver a casa al Rey de los Goblins.


Aquella noche, la alegría y el encanto volvieron al mágico reino. Jareth trajo al festejo de su regreso canciones nuevas, canciones que enseguida enseñó a sus súbditos. Se bailaron las Danzas Mágicas por primera vez en años. Hasta el Sueño, invitado a la celebración, se animó a bailar.

Al final, en la treceava hora del reloj, Jareth tendió la mano a su radiante esposa, y sonaron los tiernos acordes del vals. Se miraron a los ojos, sintiendo que por fin estaban completos.

-Te lo prometí-susurró Jareth, haciendo temblar a Sarah entre sus brazos.-Estaré contigo aunque el mundo se derrumbe.

Y mientras bailaban, la mañana se tornaba dorada.


domingo, 22 de noviembre de 2015

La sombra del Roble Germánico

“(...) ¡Pero pobre vampiro! ¡Es que yo soy un vampiro de cuarta!  (...) ¡Darme sangre! ¡Como hematófago! Es curioso que la sangre, una vez más, sea esa piedra de toque que me persigue a través de mi historia… artística, cinematográfica. Pudo haber sido otra enfermedad, pero fue una ligada con la hematofagia”.
-Germán Horacio Robles, tras haber bailado con la muerte en 2008

Me pone triste escribir este tipo de entradas, y en realidad quisiera escribir algo distinto, pero me deprimiría más no poder honrar a un grande a tiempo y sería un insulto por mi parte no hacerlo. Lamento si resulta corta esta semblanza, pero esta es de esas partidas, de ésas pérdidas, que nos dejan sin palabras.

El día de ayer, el actor Germán Robles cruzó el Umbral en camino al Mictlán. El Vampiro Mexicano finalmente alcanzó la inmortalidad.

Actor de teatro durante 18 años, de cine durante 50, de televisión hasta que le dio el cuerpo y la paciencia. La severa voz de múltiples personajes del cine; villano carismático, galán del cine bicromático.

Vio la luz del fuego ariano un 20 de marzo de 1929, en Asturias. Nieto del escritor español Pachín de Melás, llevaba la poesía en las venas. Llegó a Tierra Azteca de la mano de su madre a los 17, y una vez aquí nada lo detuvo.

90 películas, 630 melodramas, 31 doblajes entre cine y televisión, incontables personajes de teatro. Con un talento especial para los personajes oscuros, góticos y románticos, su sombra se cierne sobre el Cine de Oro como la de Béla Lugosi lo hiciera mucho antes que él; la sombra de un vampiro carismático, elegante, perverso y venerable, tanto que hasta la fecha le valió homenajes dignos del mismísimo Vlad Tepés.

Su actuación teatral fue una bendición, un bautizo en fuego para múltiples obras, las más destacadas que se han presentado en la historia histriónica de este país. Una de ellas se convirtió en la obra más longeva, con casi 20 años de funciones.

Su voz es la voz del Hombre de Piedra de Ende, la voz de un crítico avasallador y casi tan vampírico como él, la voz del Más Místico Mago en Rusia.

Ayer, esa voz finalmente dio paso a un silencio que será imposible de llenar.

La Dama de Negro se enluta hoy en su honor. La corte del Conde Drácula guarda un minuto de silencio en su memoria. Las luces de la tramoya se apagan y cae el telón.

El hombre se convirtió en actor, el actor en leyenda. El Roble ha extendido sus ramas al infinito.


"No cualquiera puede ser un gran artista, pero los grandes artistas pueden salir de cualquier parte"
-Anton Ego, Ratatouille

Referencias:
-Germán Robles, el inolvidable vampiro del cine mexicano (Milenio)
-Germán Robles libra la muerte gracias a la sangre de sus alumnos (La Jornada)

domingo, 1 de noviembre de 2015

El Trajín del Mictlán (Final)

No me retrasé, sino que adelanté la publicación. El Trajín estaba calculado para terminar el día de hoy, pero publiqué con demasiada anticipación los tres capítulos anteriores. Claro que da igual, este blog está tan muerto como Ramón y Julio.

Luego del momento de amargura (lo siento mucho, hoy no me encuentro emocionalmente bien -y es todo culpa de un vivo) les entrego el final de esta corta historia, que espero les haya gustado. También para desear un Feliz Samhain tardío, y un Feliz Día de Muertos apenas adelantado.


Parte final: Rosita

La más pequeña de las Rosas mira fijamente el altar. No tiene idea, a sus 13 años, de lo que significa nada de lo que hay puesto en la repisa donde por lo regular van los santitos de la abuela. Lo único que sabe es que la foto de hasta arriba es del abuelo Julio, que hay comida puesta para nadie y que todos los años ponen esa comida para nadie con la fotografía del abuelo que no conoció en ese mueble. Y que necesita las flores de cempasúchitl del florero.
En la imagen: Erick DeLuna, La Catrina

Le toma una foto al altar, la publica en Facebook y la llena de hashtags. Sin preguntar a nadie se lleva todas las flores, se da la vuelta y regresa a su cuarto a encasquetarse el disfraz de Halloween para la fiesta de la escuela: una Catrina, cuyo origen también ignora. Simplemente vio la foto en una revista y se la enseñó al dependiente de la tienda de disfraces. "Quiero esto", había exigido.

El grito de rabia de la abuela la hace arrojar las flores robadas al bote de papeles junto al tocador de su cuarto, y esconderlo en el ropero lo antes posible.

"¡Rosa! ¿Qué chingados pasó con las flores del altar?" escucha gritar a su madre, quien sabe perfectamente qué pasó con ellas, pero espera una confesión de todos modos.
"Tu papá no tarda" escucha a su abuela decir alarmada.
"Voy por otras al mercado…"

Las escucha discutir y apagarse las voces. Luego la puerta. Rosita aprovecha la ausencia para sacar las flores escondidas, arrancarles los tallos y clavarlas en la trenza que momentos antes le tejiera su mamá. Mientras, se enfoca en pensar cómo saldrá de la casa sin que la vean.

Disfrazada y maquillada, baja las escaleras con el mayor sigilo. Entonces se da cuenta que no está sola. En el pasillo, devorando las enchiladas puestas en el altar, hay un perfecto desconocido. Tiene el lacio pelo negro cayendo sobre unos lentes gruesos, va de camisa y pantalón de vestir. Nunca en su vida había visto a ese sujeto, pero el la ve y deja el plato con las enchiladas a medio comer en el altar.

"Hola, tú debes ser Rosa" le dice.
"¿Quién eres? ¿porqué te comes eso?"
"¿Porqué te robaste las flores?" le responde. "Ni siquiera sabes lo que significan, ¿cierto? O tu mismo disfraz"
Rosita se mira en el espejo del altar. Sí, su disfraz está genial, pero él tiene razón: no sabe qué trae puesto ni la carga histórica que tiene.
"¿Quién eres?" le vuelve a preguntar al extraño.
"Me llamo Ramón" le contesta. "Tu abuelito venía para acá, pero…"
"Mi abuelo está muerto".
"Ya lo sé" le dice Ramón. "También yo y aquí estamos, ¿no?"

Rosita se siente al borde del desmayo. De seguro son esas estúpidas flores las que la están haciendo alucinar. Se las arranca de la cabeza y las arroja de vuelta al altar, tirando la fotografía del abuelo Julio, y esperando que el desconocido desaparezca. Pero sigue ahí.

"¿Ya acabaste tu berrinche?"
"¿Porqué no te has ido?"
"Julio me invitó a venir. De hecho me pidió que me adelantara, que él iba por alguien al DF".
"¿No tienes tu propio altar en algún lado?"
"Neh" dice Ramón. "Mi familia era como tú. No sabían nada de sus propias tradiciones, así que nunca pensaron en un altar de muertos. Pero bueno, eso ya no me toca. Y no me voy a quedar, así que quita esa cara de espanto que ya no me veo tan mal como cuando me morí".
"¿Cómo moriste?"
"Me balearon en el 68" dice, señalando su nariz. "Directo a la cara. Pum, sesos por doquier. Pero eso no es nada, a Julio lo aplastó un edificio completo en el 85; vieras cómo llegó hasta con las varillas clavadas y las tripas de fuera… ugh".

Rosita mira la hora con angustia. Su madre y su abuela no tardan; y en cuanto vean el desastre que ha causado seguro que pegan el grito. Por no mencionar que ahora tiene la imagen mental de su abuelo atravesado por varillas de construcción. Horrorizada, recoge todo lo que tiró con las flores; las manos le tiemblan a más no poder, pero tampoco puede dejar que vean la escena del crimen.

Una mano se posa en la suya; una mano fría como el hielo. Rosita se gira, lista para reclamarle a Ramón por metiche y se topa de frente, por fin, con el abuelo Julio. Gracias a Dios, se ve tan bien como en la fotografía del altar.

"Ay, hija… otra cosa le hubieras sacado a tu abuela" le dice, haciéndole un cariño que Rosita siente como un témpano. "Igualitas de histéricas"
"Ah, no, eso fue culpa mía" aclara Ramón. "Por cierto, tenías razón con lo de las enchiladas; sólo me saben raro con el pan de muerto"
"Sí, ya vi" replica Julio, mirando con reproche el plato medio comido y las migajas de pan y azúcar.

Rosita no se atreve a decir nada y termina de limpiar. Se da cuenta que en la puerta hay un hombre con ropa de cárcel muy vieja, con una cara de demacrado que aterra. Pero a ella ya no le hace efecto ver a ese tercer fantasma.

"Otro…" dice ya fastidiada.
"¿Qué? ¿Jacinto?" pregunta Julio, zampándose lo que quedó de las enchiladas. "No te apures, hija, solo está de paso".
"No me dirás que es el esposo de Amelia… "
"¿Qué tiene?" indaga Julio. "¿A poco tú estarías muy feliz de estar esperando como baboso, ahí clavado en el Umbral?"
"¿Que Amelia está dónde?" chilla escandalizado Jacinto.

Se escucha la llave en la puerta. Hecha un manojo de nervios, Rosita se esconde en su cuarto, dejando a los fantasmas. No los escucha irse, pero sí escucha a sus familiares vivas entrar en plena discusión. Cuando las escucha entrar a la cocina sale de su escondite.

El altar está tal como lo dejó, excepto que las enchiladas siguen ahí. Y el pan. Completos.Preguntándose si realmente acaba de vivir una experiencia fantasmal, Rosita recuerda un viejo mito de la abuela y en pos de comprobar si todo es cierto, prueba una embarradita de las enchiladas.

La abuela decía la verdad. Ahora esa comida puesta para nadie ya no sabe a nada. 

1 2 3 4


lunes, 19 de octubre de 2015

El Trajín del Mictlán (Parte 3)

Una vez más, aunque con un atraso de tres días, llega otra parte de esta historia, ya próxima a su fin.

Parte 3: Amelia

Amelia casi no se acuerda de sí misma. No se acuerda de su nombre ni de qué demonios es lo que la tiene anclada al Umbral, sin conseguir cruzar. A veces logra dilucidar retazos de pasado, pero ninguno lo suficientemente claro para recordar cómo llegó ahí.

Si se pudiera ver, seguro sentiría el mayor de los horrores: su cara ya no tiene ni nariz ni boca, ambas reemplazadas por una especie de arruga extraña que se curva hacia arriba. La piel se le puso gris como las piedras y sus ojos no son más que unos terroríficos y luminosos platos blancos. Su pelo es blanco y pajizo, tan liviano que flota a la menor provocación.

Tampoco se puede mover. Está estática. Ve como algunos monstruos como ella vienen y van al otro lado, van solos y regresan con personas parecidas a lo que queda de ellos: sus familiares pues. Pero ella no puede. Literalmente está enraizada al suelo: los dedos de sus pies ahora son raíces grisáceas clavadas en la tierra. Alguna vez las quiso sacar, y no consiguió nada.

Una de las pocas cosas que logra recordar es al marido que olvidó en el Palacio Negro cuando este aún era cárcel. De modo que Amelia hace lo posible por aferrarse a ese recuerdo. Siente algo cálido en el pecho, seguido de un terrible dolor y una angustia tan espeluznante como su aspecto actual, pero siente.

Sin embargo su marido nunca cruzó el Umbral. Sabe que los días y los años han pasado, ha visto a sus propios familiares cruzar; ha visto incluso al hombre por el que lo dejó… aunque ahora ya no lo recuerda. Ni a sus familiares.

En algún momento logró escuchar que Jacinto todavía ronda por los pasillos de Lecumberri, preguntando desconsolado "si vino Amelia" a la visita conyugal de los viernes, con la que nunca le cumplió. Hoy es ese día en que todos los que han cruzado van de regreso para una visita rápida. Ella daría cualquier cosa por poder cruzar para allá, y poder traerlo consigo para que los dos puedan estar en paz del otro lado del Umbral.

La boca le desapareció hace como sesenta años, pero antes de eso y de perder la memoria se hizo de algún "recadero" al cual pedirle que buscara a su marido. Ahora que no puede hablar, si pasa alguno de los conocidos a los que pide información solo les puede dirigir una mirada vacía. Ya tampoco puede mover los brazos para llamar su atención. Por fin pasa por el Umbral uno de ellos, uno de los que recuerda.

"No, Amelia, no sé nada", le dice fastidiado. "Es más, ya ni siquiera paso por ahí, mi gente se fue de la ciudad".
"No, Amelia, ya no tengo a qué cruzar", dice otro.
"No, Amelia, ya no quiero volver ahí"
"No, Amelia, no lo he visto".
"No, Amelia"
"No".

Y con cada no, ella va perdiendo más y más la esperanza. Ese día, pasa una mujer por el Umbral. Una mujer altiva de buena familia. Su mirada soberbia despierta una emoción extraña y desagradable en el hueco pecho de Amelia, fallido esbozo de un recuerdo cruel y culpable.

Julio pasa cerca de ella. Le aterroriza, pero muy en el fondo siente lástima por esos dedos grises enterrados en el suelo. Esa desconocida es la única que le recuerda que Los Que Se Quedan (como les llaman todos los demás) en algún momento fueron humanos. No sabe porqué, pero es la única que le despierta sentimientos distintos al horror.

"¿A ella que le pasó?" se le ocurre preguntar por fin a sus compañeros, pero tanto Manuel como Rockdrigo se encogen de hombros.
"¿Ramón tampoco sabe?" pregunta el periodista.
"¿Es una mujer?" pregunta el rupestre. Por fin, un hombre de edad, uniformado de gris, le explica quién es ella.
"Era la esposa del Venado", dice pausadamente. "Ella y el amante le robaron a una señora rica y la destrozaron a martillazos. Y el esposo se echó los cargos al cuello para salvarla".
"¿Y que hace ahí?"
"Pagar. Pero siempre manda a buscar al marido. Claro que nadie le hace caso, y se lo tiene merecido. Lástima por El Venado, se quedó esperándola en Lecumbérri".

El viejo se va, y sus amigos adelantan, pero Julio se detiene. Se acerca vacilante a la desconocida, que le dirige una mirada vacía.

Se miran sin decir nada, hasta que Ramón aparece junto a un muchacho que usa un guante blanco y le hace una seña para que avance.


Amelia lo sigue con la mirada hasta que desaparece tras la bruma del Umbral…

1 2 3 4

sábado, 10 de octubre de 2015

El Trajín del Mictlán (Parte 2)

Aquí la parte 2 del Trajín, la próxima semana tendremos la esperada parte 3.


Parte 2: Ramón

"Ah, no. Yo con multitudes no quiero nada", protesta Ramón, apartándose de los compañeros del edificio caído. "Te alcanzo después, Julio".

Los flashazos de un rojo amanecer atormentan a Ramón mientras se aleja de Julio y sus viejos vecinos. Conforme avanza, alcanza a ver otras caras conocidas. Se encuentra muy pronto con algunos de sus alumnos.

"Que carita, profe…" le oye decir a alguno. Otro pregunta:
"¿Este año si viene?"
"Estoy aquí, ¿no?" contesta riendo. Pero por dentro sabe que son mentiras.

Mentiroso hasta la muerte. Ramón no tenía familia. Deliberadamente lo habían olvidado cuando lo vieron entre los marchantes del Zócalo.

Su papá había sido político. A su mamá ni la conoció, se peló con un francés después de que Ramón nació, de modo que fue criado en Chapultepec por muchas nanas y una madrastra apenas mayor que él. A veces le daba por buscar a la desconocida progenitora entre los que llegaban por el Umbral.

Cuando se decidió por la docencia, tuvo un apoyo muy superficial. A su padre le hubiera gustado más verle entre los curules, pero tampoco le puso muchos peros. Le dio dinero, le compró los libros y le dejó el coche. Y que hiciera su real gana.

Ramón fue un estudiante destacado, y casi al salir de la fiesta de graduación entró a trabajar. Nunca se sintió muy cómodo en las flamantes escuelas privadas donde el apellido le abría las puertas, ese apellido que, una vez tras el umbral, se le olvidó por completo como a todos -lo que fue como quitarse de encima una cobija empapada. Buscó plaza en escuelas públicas, la consiguió en una vocacional del Poli; llegó a cubrir turnos nocturnos. Amaba lo que hacía y sus alumnos lo adoraban.

Los mismos alumnos que ahora lo seguían como patitos en el camino de regreso. Ramón se siente culpable al verlos y mirar su perenne juventud, congelada en la eternidad. Son la única familia que posee y todos están ahí. Algunos de ellos no cruzaron a su lado, llegaron antes o después, víctimas de los alucinógenos con los que la época se aliviaba las heridas de Vietnam, del Halconazo, de las revueltas, de los regímenes que poco a poco fueron cayendo.

Pero siempre, al pasar el Umbral, lo primero que hacen es preguntar por el profe Ramón.

Sólo uno de los muchachos no lo busca nunca. Pero todos los años Ramón lo ve desde lejos, en el Umbral.

Sus demás alumnos lo detestan. No se supone que sea así de ese lado del Umbral, pero no lo soportan. Ese muchacho está marcado por la tragedia de la peor manera posible: lleva en la mano derecha un guante blanco.

Por primera vez, decide hablarle. Todos protestan con rabia cuando Ramón se dirige al paria. Le gritan palabras horrendas, pero Ramón los hace callar. Les indica que sigan adelante sin él, y ellos obedecen.

"¿Cuando pasó?" le pregunta. El joven del Batallón Olimpia mira culpable a su profesor.
"Cuando levantaron los cuerpos", dice, con un hilito de voz. "No aguanté, profe. Aún no puedo con la culpa… "
"Sabes que yo no tengo nada contra ti, ¿verdad?"
"Debería", dice el muchacho, rompiendo en llanto. "Yo le disparé".

Ramón siente un hueco por dentro. No esperaba una confesión de ese tamaño. Pero el muchacho arrepentido tampoco se espera lo que sigue.

El profe Ramón lo abraza.

"No tengo nada contra tí. Vamos".

Reconciliados, maestro y alumno se dirigen de vuelta hacia el grupo de compañeros que los miran en silencio. Y hasta que se integran, la marcha continúa.


Julio mira de lejos a su amigo, y sonríe. Si todos son felices, él también lo es.
Grabado de Guadalupe Posadas
1 2 3 4

domingo, 4 de octubre de 2015

El Trajín del Mictlán (Parte 1)

Luego de otra larga ausencia, les traigo aquí uno de mis grandes orgullos: esta novela corta vio la luz por primera vez en octubre del año pasado, consta de 4 partes y está inspirada en esta época tan llena de significado para muchos de nosotros. Espero la disfruten y se piquen, porque la próxima semana sale el capítulo 2.

(Publicación original: 24 de octubre de 2014)


Parte 1: Julio

"¿Hace cuanto que no se ven?"
"Como 29 años"
"¿Desde el terremoto?"
"Mas o menos"

Julio se prepara como muchos otros para visitar a sus seres queridos. Es esa fecha especial de todos los años en que le está permitido regresar. Mientras, platica con otro como él, Ramón.

"¿Tú desde cuando no los ves?"
"Uuuuff… unos 46 años"
"¿Tlatelolco?"
"Ya ni me recuerdes" dice Ramón con amargura.

Julio y Ramón son afortunados. Hay muchos otros que desde hace años no tienen a nadie del otro lado; heridos por el olvido se quedan, y con el pasar del tiempo se desvanecen como un sueño.

"¿Y a quién extrañas más?" pregunta curioso Ramón.
"A mi esposa" contesta el interpelado. "Ay, mi Rosita… hace unas enchiladas deliciosas, ¿Porqué no vienes a mi casa? De seguro ya las tiene listas".
"Sólo un rato, tengo mucho camino que recorrer este año".
"¿Hijos?"
"Y nietos. Hartos nietos".

En el camino hay muchas caras nuevas. No todas son gratas de ver; de algunos Julio no sabe todavía si darles la bienvenida o el pésame. Así pasó con él cuando llegó. Se le quedaron mirando con cierto horror, con mucha pena. Sabe que de todos modos las cosas se van a componer para ellos y sus familias, pero de todos modos la visión de estos nuevos compañeros de trajín no es nada agradable.

Además, podría ser peor. Podría haberse quedado penando del otro lado, sin conseguir cruzar. Como la mayoría de sus vecinos. Por historias y leyendas que le contaban, sabía que muchos no se quedaban sólo penando y lamentándose: los hay tan resentidos que intentan llevarse a otros. Sobretodo los que se quedaban a perseguir a sus propios familiares.
Ramón le había enseñado a reconocerlos: son los que se quedan en el Umbral. Podrían pasar pero no lo hacen, pero eso sí, cada tanto traen a alguien nuevo y sí lo hacen pasar. Y con cada visita se ponen más feos: las caras se estiran, o se arrugan. A veces incluso se borran. La piel se les hace gris y los ojos se van poniendo negros o blancos. Esos en especial le dan escalofríos a Julio, y no solo a él.

"Sólo no los peles" le había dicho Ramón. "A nadie le caen bien. Solo se quedan a hacer destrozos".
"¿Y siempre están ahí?" le pregunta Julio, mientras uno de ellos lo mira de lejos, con su mirada vacía.
"Creo que se van cuando el último de los suyos pasa el Umbral" le responde Ramón. "No sé si los dejan pasar o si solo se desaparecen. Lo que sí es que en algún punto se van".

Julio se estremece incómodo. Prefiere pensar en Rosita. En que bendito sea el Señor, ella está allá, y tuvo el buen tino de mudarse a Querétaro después del terremoto. Está a salvo, tranquila. Esperándolo. Su hija se llama como ella. Y lo último que supo es que la hija de su hija también heredaba el nombre. Siempre recuerda su "jardín de Rosas", su jardín de amor que lo espera todos los años. Las extraña. Y las enchiladas también, claro.

Julio era maestro antes del terremoto. Probablemente por eso él y Ramón se caen tan bien. Rosita no estaba cuando pasó, se había ido a visitar a sus papás a Silao, con la niña. A veces -lo que lo hace sentir culpable- Julio desearía que ellas hubieran estado con él, para no irse tan solo y ya no tener que regresar todos los años.

Aunque no se fue solo del todo. Tenía un vecinito periodista que se llamaba Manuel y que trabajaba en La Jornada. Apasionado de Truman Capote, tanto que cuando Julio osó pedirle prestado uno de sus libros Manuel pegó el grito en el cielo. Nel. Mangos. No quiero. Y no se volvió a hablar del asunto.

Se ayudaron a salir solos de los escombros del edificio Nuevo León. Todavía Manuel se quiso regresar por la grabadora y la cámara, que tenía que cubrir la nota, que era la nota del siglo, que…

"Que no, Manuel, ya vámonos" le dijo Julio, acongojado, gritando por encima de las sirenas. "Ya no hay nada que hacer".
"Bueno ya, ahí muere". Ni de sus libros se acordó.
Un chiste muy atinado. "Ahí muere". Ahora, Manuel se les pega a los viajeros. Lo están esperando en la oficina. Va a haber fiesta, y "La Tambora" no puede faltar, aunque no sea de cuerpo presente. Por alguna parte llega un olorcillo de mota: ahí viene Rockdrigo, a quien le tocara también el mal despertar del 19 de septiembre en la calle de Bruselas.

"Ah, no. Yo con multitudes no quiero nada", protesta Ramón.

Continuará...

1 2 3 4

lunes, 31 de agosto de 2015

Thank God I'm Pretty (o "Ella se lo buscó")

Hoy en la noche, regresando de trabajar por el mismo camino que tomo siempre (el cual es transitado y hay muchos locales y paradas de autobús), fui perseguida por un sujeto. Corrí, grité por ayuda y me subí al primer bus que pasó y me alejó de ahí. En cuanto mi mamá abrió la puerta de la casa y me sentí a salvo, rompí en llanto.

Probablemente alguno de los que escucharon mis gritos pensó que yo sólo quería llamar la atención, que tal vez soy una paranoica. No lo sé y no me interesa. Yo sólo sé que estaba en peligro. Y lo sé porque es la segunda vez que me pasa, aún cuando vivo en una de las ciudades "más seguras" del país.

La expresión de su cara lo dijo todo. Sabes por instinto, seas hombre o mujer, cuando alguien va a hacerte daño, sólo con la expresión de su cara.

En cuanto me alejé echó a correr tras de mí, y sólo se detuvo cuando con mis gritos de ayuda voltearon las personas de la parada, y regresó sobre sus pasos.

Escribo esto porque, como dije antes, es la segunda vez que me ocurre. En la misma ciudad, y en un lugar concurrido. En esta ocasión logré escapar. En la anterior, que además fue a plena luz del día, el tipo me acorraló en una cafetería donde me encerré en el baño hasta que alguien llamó a la policía.

Supongo que "para mi buena suerte", ninguno de estos incidentes pasó a mayores. ¿Pero porqué chingados tengo que llamar suerte al hecho de tener que escapar de gente así?

Ella se lo buscó / She was asking for it. Es la respuesta de violadores y feminicidas alrededor del planeta. Justo ahora, esas palabras asquerosas y misóginas me retumban en los oídos. Me mata de rabia pensar que estoy condenada a vivir con miedo sólo porque soy mujer. Ni siquiera uso ropa "provocativa", si mis suéteres fueran más grandes y el clima más frío, vendrían con una burka integrada. Y de hecho, la mayoría de las víctimas de crímenes sexuales son chicas conservadoras, niñas buenas, mujeres tranquilas que nunca se le han insinuado a nadie ni "se lo buscaron". Y empiezo a pensar que es precisamente por eso que las atacan, y no es justo.

No pude evitar acordarme, en cuanto recobré la calma, de una canción: Thank God I'm Pretty. Una sarcástica canción de Emilie Autumn, que en realidad habla de la pesadilla que ella vivió cuando la persecución "pasó a mayores".

¿Porqué hay que pasar por esto? ¿Porqué tenemos que pelear por nuestras vidas? ¿Quién ordenó al universo que no podemos salir de casa sin sentir ansiedad? El mundo espera que seas segura y fuerte, pero para ello también te obliga a ir acompañada a todos lados para que en la esquina no te tiren del pelo y te hagan algo, o te asesinen. Te convierten en Damisela en Apuros, lo quieras o no.

Ellas no lo piden. Nunca pidieron ser abusadas, ni golpeadas, ni morir en un callejón. Ellas nunca pedirán eso. Cuando ellas dicen NO, es NO. Tienen derecho a vestirse como quieran, sin sentir en la nuca la mirada de ningún pesado. Tienen derecho a sentirse a salvo. Tienen derecho a vivir sin miedo.

Dejo la canción de Emilie con subtítulos.


Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...