miércoles, 8 de mayo de 2019

Mar y Tierra (1)

Recomendación: Placebo - Passive Agressive


I




Seis meses después, tripulación y capitán se habían acostumbrado el uno a los otros. Altair era obedecido sin rechistar, y los hombres obtenían un trato justo y respetuoso que no esperaban, y sabían que no lo merecían, pero lo aceptaban y retribuían.

Además, nadie se hubiera arriesgado a romper los términos de la paz, porque contra todo pronóstico Las Otras aún custodiaban el barco.


De día sólo se les veía como piezas de obsidiana brillando bajo el agua y el sol sin molestar a nadie, pero pese a lo prometido a Meridienne, por la noche saltaban sobre las olas, riendo y cantando sus hechizos. Los marineros dormían con tapones de cera en los oídos, pero aunque bastaba para que los cantos fueran apenas audibles, de vez en cuando alguno era sorprendido perdido en la nada. Pero el día en que uno de ellos finalmente sucumbió al deseo de oírlas y se arrojó a la muerte, Altair mató a una de un disparo, y sólo entonces Las Otras se ajustaron también a los términos de la tregua.

Para entonces, Altair de Lusignan había entendido que el único modo de sobrevivir a sus "protectoras" era dejar de verlas como veía a la pequeña sirena blanca, y empezar a mirarlas como las criaturas irracionales y faltas de piedad de las que había leído toda la vida. Ellas no eran ella, y mientras lo tuviera presente, él y la tripulación volverían a salvo a tierra.

Sin embargo, él sabía que nadie ahí era su amigo, y aunque se trataban con respeto, aún estaba por verse de qué lado estarían al llegar a puerto. En el camarote habían quedado notas y una especie de manifiesto de lo que prometía ser una lucha encarnizada, una guerra civil trazada con meticulosidad, pero cuya meta final -más allá de lo que continuamente se nombraba como El Nuevo Lusignan- en realidad no parecía del todo clara, como si su verdadero propósito fuese únicamente servir al caos. No podía evitar sentir temor de lo que encontraría, y había comenzado a tener pesadillas donde veía el palacio en llamas y la horrible cara de Mouette burlándose de él y de sus intentos desesperados por volver. El hombre al que estos hombres habrían seguido al fin del mundo, y nada le aseguraba que no seguían dispuestos a ello. Si tan sólo alguno de sus hermanos estuviese en esa nave con él... 

Lo que lo llevaba a la otra tortura que lo carcomía: el que nadie de su familia hubiera respondido sus mensajes. Enviaba cada semana un ave, en espera de recibir respuesta de lo que estaba pasando, pero el único en responder era el silencio. Ni siquiera sabía en qué había acabado lo de su fallido compromiso con la princesa de Costa d' Marinho, si bien eso había quedado en el fondo de su lista de prioridades -si es que aún conservaba un lugar en ella.

¿Seguiría Hérmes viviendo en el palacio o su madre lo habría enviado ya a otro país para protegerlo? ¿estaría su madre bien? ¿Y Ricárd? ¿porqué precisamente él no daba señales de vida?

¿Y Meridienne?

Esta última pregunta hacía el mayor eco de todos. Nunca había sentido tanta incertidumbre como cuando pensaba en ella, en lo que estaría haciendo o si estaría bien. A veces lograba tranquilizarse recordando todo el tiempo que ella llevaba arreglándoselas sola, pero ahora ya no lo estaba, y lo que sea que quisieran Las Otras de ella... prefería no pensarlo, o sería capaz de arrojarse del barco a buscarla, si es que el cardumen se lo permitía. Probablemente eso era lo que estaban esperando, un descuido, o un acto desesperado alimentado por la soledad y el amor dolido, para romper su promesa y devorarlo como habían hecho ya con el último incauto. Y no pensaba darles el gusto.

No obstante, había descubierto que uno de los hombres a bordo parecía más propenso a una conversación civilizada. Era un hombre de unos cuarenta años, de procedencia difícil de definir dado que pese a su piel negra conservaba marcados rasgos de medio oriente; era tranquilo, los otros lo respetaban y parecía conocer más que los demás sobre Las Otras. Recordaba haberlo visto una o dos veces durante su secuestro, pero nunca cruzaron palabra, al menos hasta esa mañana brumosa.

-¿Qué nos espera entonces, Alteza?-le preguntó el hombre, con voz ronca y grave. Altair dio un respingo y tardó un poco en entender a qué se refería.
-Yo mismo quisiera saber. O si algo aún nos espera.
-La Guardia Imperial seguramente lo hará. Y un par de flotas de otros países.

Altair soltó una risilla sardónica:

-Sí, imaginé que habían usado este barco para hacer enojar a unos cuantos. Pero yo quiero saber qué nos espera si llegamos a puerto.
-Tiene a la mano los documentos del capitán Mouette.
-Un montón de papeles que aún no me dice lo que quiero saber.
-¿Y eso sería...?
-¿Por qué? ¿Y a cambio de qué?

El interpelado se quedó en silencio, inexpresivo. Examinándolo, Altair encontró en su mano una marca que le parecía vagamente familiar. Aquella montaña humana en algún momento había sido un esclavo.

-¿Cuál es tu nombre?
-Moro.
-Eso no es un nombre.
-Donde nací no teníamos-replicó, cubriendo la marca con la otra mano. -Algunos adoptaron nombres, otros como Arratoi se lo ganaron.
-¿Arratoi Mouette era un esclavo?

Esa sí era información nueva. Nadie sabía de donde había salido el hombre, sólo los crímenes y fechorías que había cometido en cuanto se dio a conocer. Pero en ese caso, se convertía en algo mucho peor que un simple criminal.

-Lo llamaban Rata cuando yo lo conocí. Era un niño cuando nos compró el verdadero capitán Mouette. Se empezó a llamar Arratoi a partir de que el capitán lo liberó.
-¿Y tú?
-Sigo siendo un esclavo. De la clase más baja, si es que eso es posible -su expresión se ensombreció con muda indignación-Uno pensaría que siendo uno de los míos, me habría liberado también. En lugar de eso, fui testigo de cómo cazó y hundió el barco de nuestros antiguos amos, con ellos a bordo.

Altair se quedó en silencio un momento, analizando lo que el hombre le había contado. Y las posibilidades que brindaba. Tal vez para la Guardia Imperial sólo se volviera una página más en un historial repleto de sangre y corrupción, pero un hombre como Arratoi Mouette dependía de sus secretos para mantenerse donde estaba; inalcanzable y protegido por una mayoría fascinada por su "misterio", que lo obedecería hasta las últimas consecuencias, ante la promesa de libertad absoluta que les ofrecía.

¿Qué pensarían de un libertador así, capaz de comprar y vender a los suyos?

-¿Y los otros?
-Nadie más conoce esa historia, si es a lo que se refiere -respondió el "moro". -Ellos le siguen ciegamente desde hace años, pero no son tontos. Saben que al menos ahora, les conviene estar de lado de usted.
-¿Y porqué contarme a mí? ¿qué esperas obtener?
-Igual que yo, Rata nunca dejará de ser un esclavo. Primero de los hombres, luego de las riquezas. Pero desde que su padre falleció, y la Emperatriz le cerró los caminos en Lusignan, el nuevo amo de Arratoi Mouette es la ira -miró al horizonte perdido entre la bruma.- Tal vez yo nunca sea libre, pero prefiero vivir mi cautiverio en un mundo donde un hombre como él no gane. 

Altair estaba por responder a esto último, cuando un grito desde el nido en el palo mayor les dio un vuelco al corazón:

-¡Barcos a la vista!


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domingo, 3 de marzo de 2019

El peor enemigo

A falta de inspiración, el final de Meridienne se quedará pausado unos días más (lo sé, frustra y sobre todo a mí) pero en compensación y esperando que nadie me asesine, comparto esta reflexión.


El término feminazi sí existe, nos guste o no admitirlo. Y tiene una definición clara, pero no es la que te ha hecho creer: son aquellas mujeres que atacan a otras mujeres. Ya sea por mantener vigente el concepto frienemy -que ya hay como 50 millones de medios tratando el tema-  o aún peor, por no compartir sus ideales al pie de la letra.

A los 14 años conocí a las que se volvieron mis mejores amigas, de las cuales ya sólo me quedan dos. Nuestra amistad se forjó en un grupo cristiano (aunque, cosa curiosa, ninguna lo es) que se juntaba los sábados; ninguna iba en mi escuela, simplemente mis compañeras me odiaban y yo a ellas -frienemies entre ellas, yo para qué iba a querer algo así.

De mis amigas, una era dos años menor que yo y probablemente la persona más liberal que he conocido: sabía manejarse con las personas con una naturalidad que a la fecha envidio, era abierta, siempre dispuesta a una aventura sin importar las consecuencias. Pese a que ambas veníamos de hogares estables y bastante estrictos, ella no le tenía a los hombres ni a las convenciones sociales el temor que yo les tuve por años.

De hecho, el final de los doce años de amistad entre ella y yo, se debió a algo relacionado a ello.
Mi madre me demostró que sin importar a lo que decidiera dedicarme, podía tener una carrera prolífica y una familia. Por ende, mis sueños siempre se enfilaron al romance y tener por lo menos un descendiente, sin importar lo que yo decidiera hacer para vivir. Y un día, platicando con mi amiga, le mostré mientras hablaba de mi gran sueño una fotografía de un bebé que me pareció adorable, con pijama de borreguito y una sonrisota de esas que derriten al corazón menos maternal... o eso creí.

Lo que nunca me esperé fue que mi gran amiga desde los 14 me hiciera menos por ese mismo deseo a los 26. A sus ojos, yo me volví -y cito textualmente- una inconsciente que iba a contribuir con la sobrepoblación mundial, y que ella no quería hijos ni matrimonios que arruinaran su vida como yo seguramente lo haría. Que sería una más del montón.

Aquello me hirió lo suficiente para disminuir la comunicación. SÓLO disminuirla. Después de todo, nuestra longeva amistad podía soportar un comentario hiriente mientras fuera el único, ¿no?
Pues no, pero el siguiente comentario hiriente no sólo fue el último, sino que fue tan absurdo y avanzó de una manera tan ridícula que ni siquiera merece mención. Aunque iba por las mismas líneas, y bastó para borrarla de mis redes y mi porvenir. Aún se habla con las amigas que me quedan y lo respeto, pero por mi parte la amistad existió y terminó.

Recordarlo hoy, a una semana del 8 de marzo, me hace preguntarme: ¿en qué momento nuestra lucha nos pone la una contra la otra? ¿desde cuándo una mujer es menos que otra por no compartir las mismas aspiraciones?

¿No era exactamente eso lo que tanto odiábamos de nuestras predecesoras?

"¿Te crees mejor que yo?"


Pasamos de rebelarnos a esas madres y abuelas que criaron hombres egoístas y mujeres asustadas del mundo, y hasta de sus propios cuerpos (el sexo es malo, todos te van a señalar, la menstruación es el castigo de Eva... ) a recibir insultos y opiniones crueles de parte de otras que se supone luchan a nuestro lado.

Pasamos de envidiar a la otra a sentirnos más o mejores que ella, de avergonzarla por no seguir un canon viejo (así de gorda nunca conseguirás un hombre, te vas a casar y no sabes ni freír un huevo) a avergonzarla por no seguir un canon nuevo (no sé para qué quieres un hombre, pareces esposita sumisa de las viejas)

De repente anhelar romance o una familia es arruinar tu vida -aunque tengas ya una carrera y la ejerzas, o una pareja que te apoye para seguir tus sueños.

De repente eres una hija fiel del patriarcado porque cuidas tu estética por puro gusto (recordando la ira desatada por la Mujer Maravilla depilada) o porque te sientes incómoda de amamantar en público.

En el peor de los casos, de repente las mujeres de tu entorno dudan de tu palabra y te culpan a ti y a "tus conductas/ropa/hábitos/descuidos" por lo que te pueda pasar, en este campo de batalla que llamamos mundo.


De pronto un día, te das cuenta que el peor enemigo de una mujer es otra, y que por alguna razón eso sigue sin cambiar. Lo único que cambia son las razones para atacarnos entre nosotras, en lugar de respetarnos y seguir adelante por nuestros derechos y los de nuestras hermanas de lucha. ¿Pero porqué? ¿Qué ganamos haciéndonos esto, saboteándonos las unas a las otras?

¿Dónde comienza realmente este círculo vicioso, y en dónde acabará?

¿Podremos cerrarlo antes de que acabe con nosotras?

miércoles, 13 de febrero de 2019

No tan Valen-Grinch (2)

ALERTA DE SPOILERS

Pues pasó que según yo esta parte 2 iba a salir el año pasado y pues... no pasó 😂 Pero lo bueno es que este año sí me acordé, y no sólo eso, también conseguí unas cuantas frases y eventos románticos para más. Espero que esto les guste y les inspire para conquistar el amor este año :)

Encuentra la parte 1 AQUI


Serenata con bobina de Tesla
-El aprendiz de brujo (Disney, 2010)

Lo sé, lo sé, no es una película tan famosa, y lo cierto es que está un poquito pa'l traste (la crítica la destrozó, y también es cierto que Nicolas Cage no es un abanico interpretativo precisamente) pero si hay algo rescatable y realmente maravilloso -al menos para mí- es esta escena. David, un estudiante de física que por azares del destino resulta ser la reencarnación de Merlín, invita a la chica de sus sueños a su mundo dedicándole una de las serenatas más originales, usando la gigantesca bobina de Tesla que construyó.

Tal vez no sea buena idea replicarla en el mundo real (por ahí en los comentarios de Youtube hay un sobreviviente del intento) pero si hay una excelente forma de conquistar un corazón es dejándolo entrar al tuyo, si se puede, combinando cosas que les gustan a ambos.




Spock & Uhura. I adore these two. Their relationship, Spock and his new bad-boyness, Uhura and her girl-powerness. AH-mazin'"Confundes mi decisión de no sentir como un reflejo de mi desinterés, y te aseguro que lo cierto es precisamente lo opuesto."
-Star Trek, 2009

La verdad, lo mío es Star Wars, pero no le podía decir que no a Chris Pine. Sé sólo lo básico sobre los vulcanos, así que entiendo que sobreponen siempre la lógica al corazón, aunque no tengo idea de si la relación Spock-Uhura es canon en el material original. Pero esta cita de la primer película me parece ideal para esta serie, por lo aplicable que resulta en el mundo real.
La historia del mundo nos ha entregado hombres duros, algunos un poco más sensibles, pero la gran mayoría aprendió que "los hombres no lloran". También encontramos mujeres que tuvieron que volverse duras para soportar los embates de la vida. Así, encontramos personas enamoradas que a pesar de ello no logran externarlo, y que por ende, parecieran no sentir. Enamorarse de alguien así puede resultar difícil, pero si el sentimiento es mutuo, esa persona inevitablemente se abrirá con nosotros, y entonces nos dará todo aquello a lo que nadie más tiene derecho. Si esto pasa, serás la persona más afortunada, pero tendrás también la mayor responsabilidad, porque si una persona así ama y es lastimada, difícilmente podrá confiar una vez más, así que cuídalo/a mucho.





-El amor en tiempos del cólera (Márquez, G. G. / Penguin Random House, 1986, Colombia)

Detesto con el alma a García Márquez. No soporto su narrativa, ni su necesidad de usar tres páginas para describir una ida al baño, y menos aún su descaro de viejo verde, pero igual terminé esta novela.
La historia de amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza comienza formalmente a partir de aquí, luego de una arrebatada pedida de mano al más puro estilo Shakespeariano, con balcón y todo. El consejo viene de una tía de Fermina que logra evitarle la vida sin amor que ella misma sufrió, y resume el único consejo real que puede darse en estos menesteres. Amar y que te rompan el corazón podrá ser triste, pero es aún más terrible una vida llena de hubieras porque nunca se hizo un intento, por miedo, por vanidad, por cualquier estúpida razón. Así que si te gusta, dile que sí.


Imagen relacionada"Contigo se rompió el molde"
-Animales Fantásticos y dónde encontrarlos (Warner, 2016)

AMO a esta pareja, y en serio deseo que las siguientes películas de la saga les pinten mejor. La bruja Queenie Goldstein y el panadero no-mag Jacob Kowalski se conocen gracias al explorador Newt Scamander, y las chispas vuelan enseguida, aunque en Estados Unidos, los matrimonios mixtos son ilegales (vaya sorpresa ¬_¬) La frase, en un principio dicha por Jacob, alude a los defectos que ve en si mismo -como que está pachoncito y no es mago- y a que la despampanante rubia podría conseguir a alguien mejor. Pero cuando Queenie se lo dice, es para decirle que no hay nadie como él, que para ella Jacob es especial y nadie llenará su lugar. Quién bien te quiere, te quiere con todo o sin nada. O con todo y sin nada ;)



"Conseguí esta foto tuya en el periódico, pero es interesante porque tus ojos en la imagen... mira, en realidad tienen este efecto en ellos, Tina. es como el fuego en el agua, en el agua oscura. Sólo he visto eso en..."
"¿Salamandras?"

-Animales Fantásticos: los Crímenes de Grindelwald (Warner, 2018)

Newt Scamander es un apasionado magizoologo, lo que lo vuelve mejor en el trato con los animales que con los humanos. Sin embargo, encuentra en Tina Goldstein un entendimiento que muchas parejas de años envidiarían, el suficiente para que ella descifre y aprecie un halago que cualquier otra persona hubiera encontrado un tanto... feo: que tiene ojos de salamandra.
Un detalle que tiene el amor del bueno (y que al envidioso le dan cosa) es la forma casi imperceptible en que las personas forman sus propios códigos, indescifrables para el resto del mundo, pero que para dos forman un idioma propio. Bromas que surgen de experiencias especiales, piropos inspirados en gustos compartidos, sonrojos que evocan picardías y confidencias. Todo eso construye el idioma del buen amor.


"A lo mejor soy demasiado impulsivo al pensar que pueda estar tan seguro, pero tengo la convicción de que contigo sería feliz"
-La Selección (Harper Collins, 2012, E.U.)

Treinta y cinco chicas de diversas castas sociales son elegidas para conquistar el corazón del Príncipe Maxon, heredero al trono de Iléa, lo que llevará a la afortunada a una vida de lujos más grandes de lo que imagino... o a escapar de una vida que nadie nunca deseó. Sin embargo, una de las elegidas es la pelirroja America Singer, una músico que prácticamente fue coaccionada para participar.

Estas palabras corresponden al primer libro de la saga de La Selección, una distópica versión de La Cenicienta donde el mundo aún se lame las heridas de la Cuarta Guerra Mundial, y el amor correspondido puede costar desde la casta hasta la vida. Pero el mundo no necesita ponerse así de feo (y en serio, NO lo necesita) para encontrar un amor intenso y por el que lo daríamos todo.
Grandes historias de amor han nacido de las circunstancias más inimaginables, pero esos romances que lo pueden todo y que llegan a vencer a la muerte misma han visto la luz, siempre, a partir de la convicción de la felicidad. De decir "te quiero a tí".

Tauriel y Kili en el calabozo 
-El Hobbit: La desolación de Smaug (MGM, 2013)

Yo sé que John Ronald Reuel Tolkien nos regaló en su épica saga historias de amor mucho más grandes y hermosas (Beren y Luthien, Aragorn y Arwen...) pero este pequeño giro que Peter Jackson le dio a la vida de Kili -Tauriel en el libro sólo es un cameo- tiene un significado muy personal para mí, y es de esas pocas diferencias libro-película que en serio llegas a amar.
Un enano y una elfa terminan conociéndose en la celda de una prisión, dejando de lado la historia de guerra y altercados que ha vuelto a ambas razas acérrimas rivales. Es una escena hermosa, en la que vemos más allá de las diferencias. Sin defensas, sin prejuicios, sólo dos corazones acercándose con naturalidad y confianza, encontrando semejanzas que con los muros levantados, habrían seguido escondidas. Así es como se inicia una historia de dos.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Calcetines rojos

Por hoy sólo publicaré algo del cajón... literalmente.


Recomendación musical: 

*Baby it's cold outside - Esther Williams & Ricardo Montalban 
*Ev'ry time we say goodbye - Ray Charles
* Júrame - María Grever

Картинка с тегом «winter, socks, and coffee»
...cuando Pinterest te falla...
Todos los inviernos, antes de dormir y sin falta, ella se ponía esos calcetines rojos de lana. Le parecían espantosos, tenían franjas cafés y anaranjadas y una fea flor de color azul en el costado, un desbarajuste de colores imposible de mirar fijamente. Pero si había algo que odiaba más que usarlos era despertarlo con el contacto de sus pies fríos.

Aquellos atroces calcetines habían sido un infortunado regalo de su primera navidad casados, embalados en la caja de un perfume carísimo que ella había mirado casi con lujuria, por meses, en la luna de una tienda de artículos finos. A él le había parecido una excelente broma, pero a ella no le hubiera importado arrojárselos a la cara -con todo y caja- de no estar frente a sus suegros.

Los calcetines se quedaron en el fondo de un cajón. Ni siquiera los desenrrolló para verlos, sólo no quería verlos o sentía que pelearía con él de nuevo por culpa de ellos. Pero las peleas llegaron con o sin ese par de horrores de lana.

Él tenía la manía de dejar todo en el suelo, desde ropa hasta trastes sucios. Ella tenía la manía de caminar descalza hasta en casa ajena -si tenía la oportunidad. Y un día, ella pisó con el pie descalzo un tenedor que él dejó tirado. Tuvieron que correr al hospital. Bueno, él con ella en brazos. Veinte puntadas y muletas por dos semanas, tuvo suerte de no infectarse ni de lastimar nervios. Pero cuando él llegó al hospital al día siguiente de la emergencia, con la muda de ropa, todo se fue al carajo: en lugar de zapatos, le había traído aquellos horribles calcetines.

Fue como encender la mecha de una bomba rezagada. Le gritó como si no hubiera un mañana, le echó la culpa de todo lo que se le ocurrió -y hasta de lo que aún no pasaba- para finalmente echarlo de la habitación. Y de la casa. Desgraciadamente para ambos, el orgullo era una de esas cosas que tenían en común, y así él empacó una maleta y se plantó en el sillón de un amigo.

Pasaron meses. Los amigos en común que iban a ayudarla con las tareas del hogar, procuraban no hablar de él dado que ella enseguida ensombrecía el semblante y se iba -para que nadie viera cómo se le descomponía la expresión en la más solitaria de las tristezas. O hablar de ella frente a él, para no tener que ver cómo fingía a voz en cuello que ya no le importaba, mientras se ponía pálido y la sonrisa le temblaba y preguntaba con los ojos cómo estaba ella. Siguieron sin hablarse, mientras la casa se enfriaba alrededor de ella y el sillón -y la estadía- cada vez se volvía más incómodo para él.

El verano y el otoño se pasaron a cuentagotas, y finalmente llegó el invierno. Un invierno que trajo consigo la descompostura de la calefacción y la lavadora, seguido, la mañana antes de Navidad, de un tormentón que terminó por derribar un poste de luz. Ni loca iba a lavar a mano con el frío y la nieve; pero cuando se asomó al cajón sólo encontró los calcetines rojos.

Sintió rabia contra él y contra sí misma. Contra él, por haberse ido, por dejarla con las descomposturas y por no hablarle. Y consigo por... bueno, por todo. Por haberlo echado en primer lugar. Sintió una punzada al tomar aquellos calcetines feos y desenrrollarlos por primera vez en casi un año. Pero entonces, escuchó algo caer. Algo pequeño y metálico.

Persiguió el sonido hasta que se extinguió bajo la cama; tuvo que tantear un rato hasta que por fin dio con un pequeño objeto de forma inconfundible, y cuando al fin lo vio, el mundo se le vino encima.

Era la sortija. Esa que él le había mostrado en el escaparate de una joyería cuando le propuso matrimonio, sólo mostrado porque mientras fueron novios no tenían ni donde caerse muertos. Ésa del gran diamante ovalado, escoltado por dos pequeñas y relucientes aguamarinas, que se convirtió en el símbolo de aquella felicidad que se habían prometido construir, desde los votos en el altar, en una ceremonia tan pequeña que sólo habían podido invitar a sus respectivos padres y hermanos. Esa que, finalmente, él había podido comprarle, pero sólo ahora que él ya no estaba, lo había descubierto...

Se resistió a llorar, se puso los malditos calcetines, botas y el primer abrigo que encontró -que en realidad era una chamarra de él- y dejando el anillo sobre la mesita de noche salió corriendo a por el coche, azotando la puerta al salir. Había sido una estúpida, y no iba a perderlo por haber sido una estúpida. Tenía que bajarse de su orgullo, necesitaba verlo, abrazarlo, pedirle perdón. El auto dio batalla para encender, pero finalmente -patadas y palabrotas después- logró que respondiera y una vez en el camino pisó el acelerador a fondo... para quedar atrapada en el hielo y patinar hasta atascarse en un cerro de nieve sucia. Y luego ya no quiso arrancar.

Se tiró al llanto sobre el volante, furiosa, aterrada, destrozada. No sólo perdería al amor de su vida por un pleito absurdo, ahora encima se iba a morir congelada, atrapada en un auto que no servía,  en medio de la oscuridad y la nieve. Lloró hasta quedarse dormida, mientras la nieve seguía cayendo...

Unos golpecitos en la ventana la despertaron a tiempo. Le dolían los ojos de tanto llorar, y tuvo que limpiar el vidrio para poder ver quién había tocado.

Y ahí estaba él. Abrigado hasta las orejas, con la angustia grabada a fuego en la cara. Harto de su propio orgullo, había ido a buscarla para pedirle perdón, para pedirle que lo dejara volver a su casa y a su vida, encontrando la casa vacía y a pocos metros, el coche enterrado en nieve. Los peores escenarios le habían oprimido el corazón en segundos, hasta que vio que ella despertaba. Ambos sintieron que el corazón se les saldría, cuando ella quitó el seguro del auto. Pero no pudo abrir la puerta, había estado al menos tres horas bajo la nevada y la nieve estancaba la puerta. Mientras ella empujaba, él quitó la nieve desesperado, ansiando verla, abrazarla de nuevo. Finalmente, la puerta pudo abrir un resquicio, lo suficiente para que él metiera la mano y tirara con fuerza, mientras ella se le arrojaba al cuello, en un abrazo que los tiró a ambos sobre el resbaloso hielo, entre disculpas, lágrimas y besos.

En cuanto lograron levantarse sin perder el equilibrio, volvieron a la casa a pie (el coche no se movería, eso seguro) se quitaron los zapatos y encendieron la chimenea. Se trajeron las cobijas de la cama y se recostaron junto al fuego, sin decir nada, sólo disfrutando el primer silencio juntos desde aquella nefasta pelea a gritos. Ni siquiera él dijo nada cuando notó los calcetines rojos. Sólo sonrió y la abrazó con más ganas, aspirando profundamente el olor de su cabello. Y el tema no se tocó hasta el día siguiente, la mañana de Navidad. 

Sería iluso pensar que después de ese invierno no volvieron a pelear. Hubo muchos pleitos en muchos años, pero ninguno como aquel. Y cuando comenzaban de nuevo a discutir, recordaban aquel año tan frío y solo, y sabiendo que no estaban dispuestos a separarse así de nuevo, hallaban el modo de volver a hablar, o de estar en silencio y paz.

Los tiempos de bonanza fueron y vinieron. Llegaron los hijos, uno de ellos perdió la legendaria sortija de matrimonio y la volvieron a encontrar mucho tiempo después. Pero los calcetines se quedaron, remendados una y mil veces, y los niños amaban oír, una y otra vez, su curiosa historia. 

Y ella sin falta, y a pesar de que aún los encontraba horribles, los usaba cada invierno. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Límites

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"No soy una niñera o una madre, y ninguna mujer debe sentirse que tiene que serlo". 
-Ariana Grande, sobre su rompimiento con Miller.


Este viernes falleció de sobredosis el rapero Mac Miller, y voy a ser brutalmente honesta: no tengo la más puta idea de quién era el sujeto, y si no se muere no me entero de su existencia. Lo que me llamó la atención de este -pese a mi ignorancia- lamentable suceso, fue que los fans del finado le cargaran el muerto a su exnovia, la cantante Ariana Grande. 

Comentarios crueles, culpándola directamente de su muerte, exigiendo incluso que la encarcelaran por ello, por no estar "cuando más lo necesitaba", orillaron a Grande a desactivar los comentarios en sus redes sociales. La joven, no obstante, tenía ya meses separada de Miller, incluso ahora se encuentra en una relación nueva. 

Éste es el quid: ¿Porqué ella tendría la culpa?

Antes he hablado en mi blog de la importancia de los límites en la vida; cuánto toleraremos, qué toleraremos, y hasta dónde llegaremos al respecto, en cualquier relación interpersonal. Es cierto que las relaciones se construyen en los pilares de la paciencia, el amor, la voluntad y la confianza. Pero dichos pilares sólo poseen la fuerza necesaria para levantar una relación fuerte y duradera si las manos que los construyen trabajan por igual y en equipo.

En este caso particular, las manos de Ariana Grande trabajaron por dos, durante dos años. Había tratado por mucho tiempo ayudar a Miller a combatir sus adicciones, pero si algo sé y lo aprendí a chingadazos, es que no puedes curar a un enfermo que quiere estarlo. La relación se vuelve un círculo vicioso, un montón de mentiras, de "no lo vuelvo a hacer", de "te juro que es la última vez" y mi favorita personal: "no puedo hacerlo solo, no me dejes". Y entonces, por cuidar a la persona te descuidas tú, o tus nexos con los demás. Y la relación se desgasta, se vuelve cada vez más difícil y doloroso confiar, y confiar se vuelve aguantar, y de tanto aguantar, termina por llegar un punto de quiebre, en donde ya no te importa. O donde sí te importa, pero igual no importa porque ya no puedes hacer más.

Y entonces, lo único que queda es dejar que se quiebre, para que puedas ser libre. O para que la otra persona reflexione y decida si va a hacer algo al respecto o no, pero esto último es casi un sueño guajiro, mera fantasía imposible. O bien, se vuelve algo tóxico, una inyección de veneno que no hace sino empeorar y enfermar. A veces, hasta matar (¡te estoy hablando, Sid Vicious!)

Y es algo que a esta gente se le olvida -o no entiende: en una relación no hay príncipes rescatando princesas, ni heroínas rescatando perdidos. En una relación sana, hay compañeros de batalla, y si uno de los dos se niega a pelear, o deja al otro todo el esfuerzo, los dos caerán. Es muy sencillo culpar a la parte que se rinde, pero no sabemos realmente porqué se rindió.

No es sencillo soportar una adicción ajena, ni tampoco lo es soltar a la persona, puedo decir que es la parte más difícil. Nefastea en grande la sorna de los que te dicen que estás ahí porque quieres, que deberías buscar algo mejor, que si no tienes nada de autoestima. 

Pero entonces, al llegar al horrible punto donde te das cuenta que ya no puedes más, donde descubres que el amor no lo cura todo, y decides que siempre sí mereces algo mejor... empieza la otra cantaleta: porqué lo abandonas, no ves que te necesita, esas cosas no se hacen, blablablablabla.

A la cantante no le quedó más remedio que quebrar la relación, antes que acabara con ella, lo cual fue la acción más responsable. No soy una niñera o una madre, y ninguna mujer debe sentirse que tiene que serlo, declaró al respecto. 

Ninguna mujer, ni tampoco ningún hombre. Y nadie tiene derecho a hacerla menos por salir de un romance tan tóxico ni por las consecuencias de los actos del hombre que dejó atrás antes que la destruyera. Porque antes que ninguna otra cosa, está nuestra salud mental, nuestra integridad como personas; nadie tiene derecho a molestarnos o maltratarnos por las decisiones que tomemos, menos aún si no conocen del todo el contexto de las mismas. No debe importarnos, a no ser que de verdad podamos ofrecer una solución mejor. 


sábado, 30 de junio de 2018

SER ilegal

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Autor desconocido
He estado muy bloqueada estos días, así que la historia de Meridienne -y mis otros proyectos- tendrá que tomar un receso por ahora. Pero quiero compartir algo que me ha rondado la cabeza por meses, pero que no tomó forma concreta hasta hace una semana que fui a ver Los Increíbles 2 con unos amigos

Sin soltar spoilers, la película -que hace honor al nombre de sus protagonistas al igual que la primera- nos indica que de la anterior a esta, ser superpoderoso sigue siendo ilegal, y nada ha cambiado. Es entendible hasta cierto punto, si hay superhéroes, se corre el riesgo de que existan super villanos, así que prohibir que la gente sea super evitaría el problema, ¿no?

Y aquí nos detenemos y leemos la última línea de lo que acabo de escribir: prohibir que alguien SEA.

Ser ilegal sólo por ser. No por una elección, sino por nacer y crecer en el entorno que nos tocó, con las características que nos tocó, así como los super. Porque no vaya a ser que sí seas...

Como cuando era ilegal ser judío en los Países del Eje. Como cuando se volvió una ilegalidad no escrita ser árabe y subir a un avión. Como cuando era ilegal ser de sangre africana y tener derechos humanos. Como ahora es ilegal sentir amor, de la manera más instintiva y pura, por alguien no convencional en el país más grande del mundo. O ser latinoamericano en el país más peligroso del mundo, porque el poder en manos equivocadas siempre será un grave peligro. 

En mi caso particular, tengo familia allá, y aún así, sé que no entiendo por completo la gravedad del tema como ellos, vamos, sé que tal vez no araño ni la punta del iceberg. Pero eso no deja de preocuparme, por ellos y por todos los que atraviesan esta terrible situación.

Creo que todos hemos visto lo que el odio y la ignorancia pueden provocar, cuando se trata de tratar con personas diferentes a nosotros. Hemos visto, leído, oído y puede que hasta vivido historias trágicas que no debieron serlo nunca, solo por la ilegalidad del ser. Ya no digamos amores shakespearianos de Otelo y Desdémona*, vendidos por Mercaderes de Venecia**;  estamos hablando de los derechos de vida más básicos. Vivir donde queramos, buscar el progreso fuera de nuestro hogar -básicamente porque en nuestro hogar se nos niega- expresar nuestras creencias y opiniones, convivir con quien queramos. 

Es un loop eterno de eventos que se repiten una y otra vez. De fotografías históricas que se retratan al carbón, con diferentes personajes y en diferentes épocas, pero ilustrando lo mismo. Con los mismos villanos usando disfraces y máscaras diferentes. Ya no son anillos de boda judíos, sino rosarios de madres latinas separadas de sus hijos -el hecho de que ya no estén separadas no quiere decir que les hayan devuelto su libertad o la vida que con tanto esfuerzo construyeron. Ya no es un alemán con bigote ridículo, sino un gringo anaranjado con corbatas rojas -prenda visualmente agresiva y que abandera con claridad sus intenciones. Ya no son jóvenes afroamericanos entrando a Yale bajo una lluvia de improperios, sino un sinfin de personas de distintas razas luchando por no perder lo que su esfuerzo y el de sus familias les consiguió. Matrimonios luchando porque Inmigración no los separe, como en su momento lucharon contra la Gestapo y las policías secretas. 

Sin que un filme nos lo diga, vivimos en un mundo donde es ilegal ser. Una ilegalidad absurda en todo sentido, porque además se equipara con ser criminal, con ser automáticamente un traficante de drogas, un terrorista o un lo que sea. Y mientras, miles de personas inocentes sufren el trauma de ser separadas de sus familias, en el menos peor de los casos por las autoridades que deberían proteger y servir, y en el más extremo, por el arma homicida de un pobre idiota que se tomó demasiado en serio el discurso de odio de otro idiota. 

¿Qué reglas deberíamos romper para que las reglas cambien? Porque ésto ya no se resuelve "de caballeros", pero la guerra nunca es la solución a nada. ¿Qué podemos hacer para que esto se detenga? Si de todos modos estas personas volvieran a sus países, a la fuerza o no, ¿encontrarían en su patria el apoyo que necesitan? ¿Se verían de nuevo en el vía crucis de encontrar cobijo en otra nación? ¿Se les ayudaría en ese caso?

Son preguntas que muchos nos hacemos, y que merecen respuesta, ojalá tan pronto como sea posible. Y surge una más: Mientras tanto, ¿qué podemos hacer para ayudarlos?

Termino aquí con esta interrogante, esperando no sólo una respuesta, sino un milagro heróico. Algo super extraordinario, que permita lograr un avance real en el tema. Y evitar que este monstruoso deja vú se repita una vez más. Y que SER, sin excusas, sea legal una vez más.

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Foto: Renata Teodoro

*Romeo y Julieta eran unos escuincles y su calentura de tres días no viene al caso.
**Busquen las dos obras, no sean holgazanes.

martes, 15 de mayo de 2018

Meridienne (I)

Una idea nueva para el blog, una historia corta (¿o larga? el tiempo lo dirá) 
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A Mermaid (J. W. Waterhouse, 1900)

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Sólo conocía el mar, el cielo y las playas a lo lejos.

Desde que podía recordar, sólo habían sido ella y el océano, los peces y las gaviotas. Ni siquiera estaba segura de que existieran otras criaturas exactamente como ella, o cómo había llegado al mundo o qué hacía en él.

Lo que era cierto era que había nacido nadando, y que no era el único ser vivo del mundo. Eran las únicas cosas de las que podía estar segura. Cuando intentaba recordar el pasado, sólo podía pensar en luz de sol, burbujas cosquilleando a su alrededor y dos voces -ninguna de ellas, la suya. Una más grave que la otra. Pero ambas llenas de un algo que le hacía sentir felicidad y seguridad. La voz más suave solía cantar, tan hermosamente que aún ahora resonaba en todo su ser.

De la segunda cosa, sólo podía estar segura por los animales y los barcos. Nunca había tenido un lugar que llamar hogar, ni siquiera reconocía la palabra al escucharla de los tripulantes, así que sin ningún reparo seguía los barcos en cuanto los veía pasar. Era interesante seguirlos, escuchar a la tripulación y a los pasajeros. Escuchar sus diferentes idiomas, rara vez había escuchado una tripulación entera que hablase la misma lengua. Por ellos conocía la palabra hablada, y los significados de la misma. No le veía el caso a hablar, pero de vez en cuando cantaba canciones aprendidas de pura escucha, y le gustaba el sonido de su voz.

A veces había tenido la audacia de llegar con ellos hasta las costas, aunque nunca se acercara. Desde su escondite, que podía ser lo mismo un grupo de rocas que el mismo barco con el que había llegado, veía a las personas. Le sorprendía que hubiera tantos de una misma especie viviendo por tanto tiempo en un mismo lugar, dado que todos en el océano eran más bien nómadas. Incluso las estrellas de mar, tan lentas y de suave nadar, se aburrían de vivir pegadas a un único arrecife por más de una temporada. Si fueran plantas o corales, tal vez lo entendería, pero las personas tenían extremidades para andar. Quizás al ser dos extremidades tan delgadas, y no una cola fuerte y poderosa, se cansaban más rápido y optaban por establecerse así.

Como fuera, ella nunca se quedaba en un solo lugar. Descansaba unos días en alguna cueva submarina, o en el rincón más oculto posible de las playas, y luego reanudaba su eterno nadar, que gracias a todo lo que aprendía del mundo, le era agradable y liviano.

Al menos hasta que intentaba recordar algo de sí misma. Entonces le pesaba la gravedad de todo lo que ignoraba, e incluso nadar se le dificultaba. Y si le añadía el hecho de su soledad, entonces ya no podía moverse, hasta que el sentimiento pasara por sí solo. O hasta divisar el siguiente barco, para poder distraerse en otra cosa.

Fue una noche, sin embargo, en que todo cambiaría. Una noche en que vio pasar un barco con un emblema extraño: una bandera negra con un cráneo y huesos...


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