martes, 29 de abril de 2025

Grettel

 -¿Estás herido, terroncito?

Sosteniendo una linterna de las antiguas de aceite y envuelta en un chal de color rosa, la mujer que se había asomado al hueco fangoso donde los grandes lo habían tirado después de acorralarlo hasta el bosque en las bicicletas y golpearlo le extendía una mano con sortijas relumbrantes en cada dedo, que el niño tomó desesperado, hipando las últimas trazas de un llanto humillado y asustado.

Lo que pintaba para ser el Halloween más horrible de su corta vida parecía haber llegado a su fin con esas tres palabras. Desde que se mudaron ahí, los grandes -tres buscapleitos de los grados superiores en la escuela- la habían tomado contra él, por venir de fuera, por su acento, por su ropa… por no tener mamá. Y para colmo papá murió una semana atrás, dejándolo con una madrastra con la que no se terminaba de llevar – no era mala con él, pero aún estaba demasiado deprimida para prestarle atención; de otro modo los grandes no se le hubieran acercado, ni robado su mochila con sus cosas y los pocos dulces que acababa de juntar. Temblaba de frío, y tanto su disfraz de fantasma como la ropa de debajo habían acabado hechos una desgracia de lodo y cosas pegadas. Sabía que era el bosque circundante a la ciudad, pero las únicas luces venían de la luna llena entre las ramas y de la linterna de la mujer, que ahora lo cubría con su chal -podía jurar que el suave tejido olía a caramelo- y se lo llevaba de ahí cuanto antes, con palabras tiernas para calmarlo.

No tardaron mucho en llegar a una cabaña pequeña, iluminada por la luna de tal forma que parecía galleta espolvoreada de azúcar, con las ventanas irradiando una cálida luz ámbar. Desde afuera parecía que había muchas luces encendidas, pero una vez dentro pudo ver que sólo había una chimenea encendida al fondo de una única habitación, sobre la cual hervía una olla muy grande y tapada que despedía un olor desagradable.

-Ignora eso, terroncito, es solo un guiso quemado – la mujer lo sentó en la cama y le sirvió una taza de humeante chocolate y bizcochos de calabaza, para correr de vuelta a la olla y removerla un rato. – ¿Pero qué hacías tú solo en el bosque? ¿Y tus amigos?

La última pregunta se sintió como un pinchazo en el corazón, y el niño trató de ahogarlo con un trago al chocolate, pero el líquido pareció terminar de derretir las palabras congeladas en la garganta que los adultos a su alrededor estaban muy ocupados para oír, y sin poder detenerse le contó todo desde esa noche hacia atrás. La mujer lo escuchaba sin dejar de hacer cosas a su alrededor, como volver a llenarle la taza, sacar una pijama seca de un cajón y quitarle los zapatos y el disfraz de fantasma hecho jirones para dejarlo secar en el respaldo de una silla junto al fuego. En otras circunstancias hubiera protestado y dicho que ya no era un bebé, pero por dios que se sentía tan bien importarle a alguien después de tanto…

Sólo lo interrumpió un golpeteo metálico bajo sus pies, al que la mujer contestó con furiosos zapateos.

-Se metieron unas ratas al sótano -le explicó sonriendo, mientras al fin tomaba asiento a su lado y lo acomodaba en la cama. -Hacen ruido en la alacena, pero ya les llegará la hora. Y dime, ¿porqué estabas en ese hoyo?

El niño no respondió enseguida, apretaba en sus manos la suave sábana de franela para darse valor:

-Los grandes... dicen que hay una bruja en el bosque… -la respiración se le aceleraba de sólo pensarlo, sintiéndose acorralado una vez más por el solo recuerdo- dijeron que querían verla y me echaron como carnada. Para que me coma.

- ¿Aún dicen esas cosas? - la carcajada de la mujer llenó la habitación y la nostalgia llenó sus ojos. -Recuerdo que decían lo mismo cuando yo era niña …

- ¿Y sí? -la mujer acarició su cabeza con cariño, arañando levemente el cuero cabelludo con las uñas.

-Ya no. Un par de ladrones la quemaron hace muchos años, con todo y su casa, y se llevaron sus tesoros. – La mirada de su anfitriona se perdió mirando por la ventana hacia la pálida luna de octubre. – Sabes, uno nunca debe meterse con las brujas. Si les robas te cae una maldición, y si matas a una estarás condenado a tomar su lugar en las legiones de las sombras…

El niño tragó en seco, sintiendo el estómago repentinamente hueco pese a haber acabado con los bizcochos de calabaza. No sabía si era por el relato o por la forma en que la sonrisa de la mujer se disolvió en una respiración pesada y los ojos, abiertos de par en par, le brillaron con una chispa de inconfundible odio…

-Pero también hay brujas buenas, ¿verdad? Eso dice mi madrastra…

-Lo intentan. Te juro que lo intentan -cuando le volvió a sonreír, la expresión nuevamente suave de pronto le pareció una máscara. Le acomodó la almohada y lo arropó con el chal rosa sobre la colcha. El aroma a caramelo lo reconfortó tanto que los párpados le pesaron enseguida – Descansa, terroncito. Alguien vendrá por ti en la mañana.

 

Pero en la mañana lo despertó el rocío.

No estaba en el hueco, pero tampoco en la cabaña. Despertó hecho un ovillo entre las raíces de un árbol, con el disfraz de fantasma aún puesto y a sus pies, su mochila y la bolsa con dulces. El sol apenas comenzaba a salir, abriéndose paso en la bruma.

¿Cómo llegó ahí? ¿Lo había soñado todo? Quizás huyendo de los grandes se había tropezado y golpeado la cabeza. O se había cansado y desmayado ahí…

El timbre aterrorizado en la voz de su madrastra hizo eco en todo el bosque; sólo entonces fue consciente de las voces a lo lejos, clamando su nombre y los de los grandes. Muy pronto la pudo ver, linterna en mano, con la misma ropa del día anterior, el pelo revuelto, las botas sucias de fango y la desesperación en la mirada ojerosa e hinchada, que se esfumó en cuanto hicieron contacto visual.

- ¡Hansel! -su madrastra se arrodilló a su lado, hecha un mar de llanto y abrazándolo con tanta fuerza que creyó que le rompería un hueso. -perdóname… debí venir contigo, perdóname…

Se dejó abrazar, y se permitió abrazarla, sintiendo el alivio relajar sus músculos y sus dedos cardar su cabello. El niño cerró los ojos, y dejó las lágrimas correr también, sintiéndose a salvo al fin.

Pero la paz que habían empezado a sentir se disolvió en el grito agudo que llenó el bosque, y que convocó a la horda de vecinos y policías que habían acudido a buscarlo. Ambos se quedaron quietos por un rato, hasta que sin soltar el abrazo su madrastra se echó las bolsas al hombro y lo cargó para acercarse con cautela a la fuente de los gritos, a un desnivel algo alejado de donde estaban. Ahí, renegrido de ceniza y semi destruido, había un casco de chimenea, y un hueco con suelo de madera que tal vez fue un sótano en mejores tiempos.

- ¡Aléjense! - gritaban los oficiales, uno de ellos, rodeando el lugar con cinta amarilla. Los perros aullaban a la par de las vecinas horrorizadas. El niño trató de ver, pero su madrastra le tapó los ojos, haciendo que volteara hacia atrás.

Ahí, con su dulce sonrisa, sus dedos y el chal rosa batidos de rojo, estaba la mujer de la cabaña.

No dijo nada. Sólo le guiñó un ojo y con un dedo sobre sus labios pidió silencio, antes de darle la espalda y recoger del césped las tres cabezas cercenadas de los grandes. 

La siguió con la mirada hasta que se perdió en la niebla, dejando un rastro rojo como el jarabe de cereza tras de sí. 

miércoles, 15 de enero de 2025

¡Noticias!

¿Debí escribir esta entrada mucho antes? Probablemente sí.

2024 resultó ser un año de extremos para mí. Canté victoria muy pronto y a mediados de año me rompieron el corazón -y ésta vez me lo gané. Entré a un trabajo en el que a veces tengo tiempo para escribir y a veces no sé ni cómo me llamo. Estuve deprimida por meses. Fui a un concierto en diciembre por primera vez en seis años. 

Y en medio de todos estos eventos, finalmente conseguí la publicación de mi libro.


La euforia y la ansiedad se me combinan en el cerebro. Me abruma pensar en todas las nuevas responsabilidades que llegan con este tan anhelado sueño, y me entristece que la persona con la que más quería compartirlo ya no esté conmigo. Pero también me emociona pensar en que después de tanto sufrimiento -computadoras virulentas, lectores beta hijos de puta, bloqueos de escritor, una pandemia y la imposibilidad de conseguir editor EN MI PROPIO PAÍS- un sello editorial me tendió la mano para cumplir el sueño de mi vida. Lo que implica tener un perfil oficial en su página, en el que escriba de vez en cuando.  Lo voy a intentar, pero no se me ocurre nada que pegue con la seriedad que se espera de un escritor profesional. 

Cuando llego aquí, a mi blog, a mi casita, las palabras fluyen como siempre, así que este blogsito viejito (que en febrero cumple 10 años -¿¿pero en qué momento??) seguirá en pie. Si lo pudieron notar, ahora hay dos autores en el perfil: mi yo de siempre (Damisela) y la nueva yo profesional que escribe estas líneas. En este segundo perfil pueden escribirme sin problemas.

Mi libro se llama Jack, justo como el cuento que está publicado aquí. Ese cuento se convirtió en una semilla que creció y ramificó en una historia mucho más extensa, regada con música punk y podada con muuucha paciencia e insistencia. He hecho incluso la portada, que no es por nada pero me ha quedado brutal. Mi único coraje es que mi ídolo Carlos Ruiz Zafón partiera de este mundo a la semana de ponerle el punto final, así que mi sueño de conocerlo y echar tertulia de nuestras respectivas obras será para otra vida, pero si ustedes quieren leerlo y platicar, estaré más que complacida. 

Por último, y sé que esto no es algo muy común, dejo aquí los enlaces para que lo consigan, y mis perfiles de Instagram y GoodReads para que platiquemos más a gusto. Seguiré publicando por aquí de vez en cuando. Gracias a ustedes por el apoyo y el cariño :)

Instagram
GoodReads
Librerías Gandhi
Librerías Gonvill
Editorial ExLibric

jueves, 24 de octubre de 2024

A.

Te hice daño.

Te prometí valor y en su lugar te di excusa tras excusa.

Te prometí estar y no lo hice.

Te prometí responder y te dejé esperando.

Era tan feliz a tu lado pero sin dar a cambio lo correcto.

Mi soledad ya no pesaba tanto porque comencé a apoyarla sobre tus hombros.

Fui egoísta y tomé todo de ti.

Ahora mi corazón vaga por las calles gélidas.

Asomándose a tu puerta pero con miedo de tocar.

Suplicándote perdón desde el silencio más cobarde y patético.

Soy un fantasma medio vivo.

Un vivo medio muerto.

Con hambre.

Con sueño.

Con hambre de besos.

Cazando el sueño porque sólo ahí tus brazos aún se abren para mí.

Mirando de lejos como un flaco pajarillo,

Esperando la migaja de amor que se caiga,

Para volver a probar el dulce de tu cariño.

lunes, 19 de agosto de 2024

Dark Romance


-... lo siento... lo siento... lo siento...

El susurro se repetía una y otra vez, junto con un extraño sonido terroso. Al principio pensó que soñaba, pero conforme los ruidos se acercaban a él fue consciente de dos cosas: la primera, que él no había soñado ni estando vivo, y la segunda, que el susurro venía de afuera. Y de arriba. 

-... lo siento... lo siento...

Una voz de mujer, quebrada de llanto y desesperada, pero fuera de ese único y lastimero mantra y del cada vez más claro sonido de una pala moviendo tierra, no parecía que hubiera alguien más. Aparte de él, por supuesto, y a saber cuánto tiempo llevaba ahí. 

Un golpe metálico hizo vibrar la tapa de su cajón, seguido de piedritas cayendo sobre la madera podrída y la voz alejándose, indicando que ella había salido del hueco cavado; con eso decidió que era el momento perfecto para salir, saludar y tal vez hasta cenar. La tapa era tan vieja que se partió en pedazos en cuanto la empujó para salir, dándole más o menos una idea de cuánto tiempo llevaba metido ahí. Nada mal para un sueño reparador, además de que probablemente quienes lo habían metido ahí en primer lugar ya estaban muertos y no volverían a molestarlo. Se estiró, se puso de pie y se sacudió la ropa, que por desgracia no resistió tan bien como él las condiciones bajo tierra. 

Eso lo molestó bastante, primero muerto que presentarse ante una dama con esas fa... bueno ya qué.

El cielo nocturno le sonrió en constelaciones, y el ulular del viento le dio la bienvenida al decadente cementerio familiar, en una alta colina. Desde ahí vio a lo lejos el paisaje de la ciudad, por supuesto muy diferente y mucho más brillante de lo que recordaba, pero seguía ahí, fiel como Caronte al Estigia. Salió de la tumba impulsándose de un tirón y siguió inspeccionando con la mirada el lugar, iluminado sólo por la gentileza de la luna, pero antes de encontrar lo que buscaba, un grito de horror y el tumulto de una caída lo hicieron voltear con tal violencia que su cuello dio un crujido para finalmente encontrarla. ¡Vaya si los tiempos eran otros! Llevaba pantalones de una tela gruesa que jamás había visto, y unos zapatos de interesante estructura que supuso originalmente blancos, pero que ahora estaban cubiertos de tierra como ella. Era flaca como un dedo, había caído de sentón sobre el pasto, el largo pelo le cubría parcialmente la cara y aparte del tremor que la recorría visiblemente, no parecía que se fuera a mover de su lugar. La pala, que ella buscaba con la mirada, estaba a los pies de él. 

-Buenas noches- saludó con cortesía y una inclinación, aunque sintiendo la garganta pastosa por falta de uso.-Un poco tarde para hacer jardinería, ¿no lo cree?

Ella no contestó, y él no esperaba respuesta. En todo caso, no sabría como sostener la conversación sin que se volviera incómodo, pero igual le dedicó una sonrisa leve, si la asustaba más la sangre se amargaría, y la de ella tenía un aroma demasiado dulce y apetitoso para echarlo a perder de esa forma.

Al menos hasta que le llegó el otro olor a sangre, y la sonrisa se le borró por completo. Un olor fermentado y asqueroso, medio diluido en alcohol pero no lo suficiente para pasar desapercibido, que venía de un bulto envuelto en una sábana detrás de ella. Los detalles de la escena se le revelaron como las estrellas al disiparse las nubes: el camino de pasto aplastado por el que lo arrastró, el ojo morado que el cabello no cubría, el labio hinchado y partido,  las mejillas sucias de llanto sin limpiar, la sangre en su ropa. Si ella ya estaba aterrada, era el turno de él de palidecer de horror. 

-...perdón, señorita-dijo por fin.-Debí darme cuenta que necesita ayuda.

En cuanto él dio un paso hacia ella, su primer instinto fue hacerse un ovillo y cubrirse con los brazos de un golpe que jamás llegó. Por el contrario, escuchó la hierba crujir bajo sus pasos y los ruidos sordos de una carga siendo levantada. Se asomó para verlo echarse el bulto al hombro como si fuera un saco de harina y llevarlo al hueco de la tumba recién cavada para tirarlo ahí sin ceremonia alguna. Ella se arrastró hacia la pala, y usándola para impulsarse se puso de pie.

-Lástima, era un lecho muy cómodo- suspiró con más drama que pena, quitándose el chaleco manchado de sesos escurridos y limpiándose el resto de la ropa antes de tirarlo dentro también. -Espero que haya estado disculpándose conmigo y no con esa... rata en formol, que claramente se merecía lo que le pasó.

-... t-tú... ¿m-me... me es... c-cuchaste?

Si era posible, la voz de ella sonó aún más baja, tanto que por poco no la oyó. Sostenía la pala con tanta fuerza que sus dedos quemados de cigarrillo se le habían puesto blancos, pese a que seguía temblando parecía lista para asestarle un golpe en cuanto se le acercara. 

-Fue lo que me despertó, a partir de cierta edad uno se hace más sensible a todo -explicó estirando una mano hacia ella, quien retrocedió por reflejo con un chillido y en lugar de golpearlo adoptó una postura defensiva- ¿me permite la pala, señorita?

Sus ojos se posaron en aquella mano pálida, con uñas tan largas y afiladas como las garras de un halcón. No se movió de su lugar, pero relajó de a poco su agarre sobre la pala hasta que él la tomó con suavidad y se alejó para empezar a rellenar la tumba. El frío de la madrugada le traspasó el suéter, se abrazó en busca de calor y se sentó sobre la lápida más cercana, vigilándolo atentamente. Era flaco y escuálido, lo que no se correspondía con su fuerza, su ropa estaba hecha jirones y su pelo largo, sucio y enmarañado junto con sus afiladas uñas le daban un aspecto bestial, junto con sus ojos hundidos y refulgentes. Olía a tierra mojada y madera mohosa, pero ¿quién era ella para juzgar?

-...¿p-porqué me ayudas?-de a poco su voz recobraba volumen, aunque sin perder la nota de miedo y precaución.-¿n-no-no vas... a matar...me?

-Lo haría, me muero de hambre- se detuvo un momento para mirarla a los ojos y dedicarle una sonrisa franca y tan amable como se lo permitieron los colmillos- pero no soy un salvaje. Jamás lastimaría a una dama que necesitara mi ayuda tanto como usted esta noche. Y temo que en este punto su sangre ya está muy amarga para mi gusto.

Al terminar, se guardó algunos puñados de tierra en cada bolsillo que le quedaba entero. Sacudiéndose las manos volvíó a buscar con la mirada en la lejanía, pero al dar al fin con lo que buscaba, el corazón se le hundió tanto como los ojos. Siguiendo su mirada repentinamente apagada, ella vio por fin el casco de ruinas de lo que alguna vez fue una gran mansión. La hiedra, el tiempo y tal vez los saqueos la habían reducido a unas cuantas paredes sin techo. De alguna manera, ver el desamparo en su rostro le permitió por fin sentir algo más que aprensión:

-...debió ser... una casa hermosa- susurró suavemente.

-Sabía que pasaría, solo... no sabía que fuera a doler tanto -suspiró hondo para contener la tristeza y dedicarle otra sonrisa. - Esperaba invitarla a pasar, pero verá que ya no es posible. Si me disculpa, temo que aquí es donde nos separamos.

Se despidió con una reverencia y se dio media vuelta, pero antes de dar un paso sintió un leve, casi imperceptible tirón en la manga. El olor amargo de su sangre poco a poco se disipaba.

-...sabes... mi pareja no llegará a casa hoy... pero tal vez sus amigos... se mueran por conocerte y... 

El volteó a verla, enarcando una ceja entre la diversión y la sorpresa.

-Señorita... ¿acaso acaba usted de invitarme a cenar?

-Es-es posible... -farfulló, un furioso sonrojo cubriendo su rostro- ...los tiempos cambian, ¿sabes? 

Él soltó una carcajada que resonó en la oscuridad, antes de ofrecerle su brazo y marcharse del panteón tranquilamente. 

Y hay quien dice que la caballerosidad ha muerto.


viernes, 17 de mayo de 2024

Daño colateral

 Meridienne tiene un padre. Y Dios sabe cuánto quisiera que no fuera así

La idea detrás de mi pequeña sirena, y de muchos de los textos en este blog, surgió de la misma razón por la que no he podido terminar la bilogía desde hace cuatro años. Ustedes saben que soy una romántica insufrible que caza finales felices, y siempre lo seré, pero a veces en la persecución del romance insistimos tanto en correr con una venda en los ojos que cuando al fin nos la arrancan  vemos que apenas nos queda carne en los huesos, y quien corría a nuestro lado resultó ser el depredador mordisqueando todo de nosotros.

No digo que el amor no exista, por dios, esa es la mentira más terrible y debilitante que uno pueda creer. Y menos ahora que por fin estoy en una relación estable y maravillosa, desde hace dos años y medio. Pero es ahora que he probado lo que es un amor bueno que descubro y puedo poner en palabras todo el abuso que sufrí por ocho años.

Al "padre" de mi niña marina lo conocí en la carrera. Primero fue mi amigo, en ese entonces yo salía con otra persona (Límites) y él también, así que no hubo sentimientos hasta un año después de conocernos. 

Míos, por supuesto. Si los suyos eran reales ya no importa.

Me confesé un 11 de octubre, después de que comenzamos a hablar y conocernos. Los meses de conversaciones previas a ese día fueron algo que para bien o para mal recuerdo casi al detalle, porque fue la primera vez en mucho tiempo que alguien me hacía sentir escuchada e importante fuera de mi círculo íntimo. Concretamente alguien del sexo opuesto, pues para entonces mi pareja ya no sentía la necesidad de fingir interés en algo que no fuera su siguiente dosis (lo terminé antes dé). Sin entrar en detalles me dijo algo peor que un no: un sí, pero.

Sí, yo también te quiero, pero me voy del país en unos meses y solo podría darte algo casual.

Y yo acepté.

Aclaremos una cosa; que tú aceptes un tipo de relación (formal, casual, poliamorosa, etc) NO IMPLICA NUNCA ACEPTAR MALTRATO. De ninguna forma. Ni golpes, ni gritos, ni groserías, ni manipulación ni plantones, ni siquiera encuentros sexuales de aceptación dudosa (si no dices que no, no por eso estás diciendo que sí) Y otra cosa: los "amigos con derechos" NO EXISTEN. O son o no son, punto.

Yo acepté un mientras nos dure, porque de verdad estaba profundamente enamorada de la persona que conocí en la carrera. Del hombre alto, guapo y sonriente que me escuchaba, me apoyaba en momentos difíciles y dibujaba cadáveres exquisitos conmigo (y sí, la verdad sí me duele haber perdido ese dibujo). Porque pensé que tarde o temprano me ganaría su corazón sin condición. Porque estaba dispuesta a ir con él a la otra punta del universo. Porque creía firmemente en la cábala de los 9 años que llevó a mi padre y a mi abuelo a conocer a los amores de sus vidas. La Skjadmö por fin tenía un amor por el cual pelear a muerte y vencer.

Nunca se me ocurrió que peleaba en nombre de mi peor enemigo.

Para él, ese mientras nos dure significó que podía hacer conmigo lo que quisiera. Y en ese entonces no se sabía tanto como ahora de los diferentes tipos de violencia que existen, así que dábamos por hecho muchas cosas. Por ejemplo, sólo creíamos que la violencia son insultos y golpes. Así que yo no sabía que lo que él hacía era violencia. 

A partir de esa confesión, toda la "relación" fue por mensaje, aunque no se fue del país hasta seis años después en los que no dejó de recordarme que lo haría. El poco contacto que tuvimos era sexual, o vernos en puntos neutros por minutos porque él necesitaba un favor, o dinero. Y los encuentros sexuales eran donde, cuando y cuanto él quisiera (que igual podían ser minutos), y si no podía ir, yo debía compensarlo a él con fantasías escritas y otras cosas. Primero lo pedía, luego lo empezó a exigir. 

Y yo tenía tanto miedo de perder al hombre del que yo me enamoré, y estaba tan segura que volvería, que accedí.

Mientras tanto, el volvía y cortaba con su ex. Y salía formalmente con otras. Y como todos los fotógrafos, se revolcaba con muchas otras. Y me lo restregaba en la cara, porque éramos algo casual.

Yo lo amaba, pero la sola mención de mis sentimientos era pisar una mina, porque eso le confería una responsabilidad como ser humano que no estaba dispuesto a tomar. Así que de a poco dejé de decírselo y empecé a escribirlo aquí, y armar listas con canciones que le enviaba o que hubiera querido que él me dedicara. Creativamente dio frutos interesantes y recompensas. La Epístola llegó lejos, incluso ganó un premio a nivel local. La leyó todo el mundo, excepto él. Pronto ese amor se convirtió en una sirena blanca que amo como a una hija de carne y hueso, pero a cuya historia no puedo dar un cierre por más que lo intento. 

Mientras, mis amigos y familiares (a quienes nunca quiso conocer o con los que se llevaba fatal) trataban de hacerme entrar en razón, pero yo solo me alejaba más. Mi mente se hundía en la ansiedad y el pánico por otras razones, pero el no poder contar con él lo hacía aún peor. No porque no se lo dijera, sino porque al hacerlo el siempre tenía un problema "peor" para comparar y entonces por mal que estuviera sentía que era yo quien debía estar para él. Comenzó a provocar peleas de la nada y dejarme hecha un mar de llanto por meses. MESES. Y era como si oliera que ya estaba por hartarme y dejarlo, porque siempre volvía en el momento justo, y nunca con una disculpa, sino con un "¿ya acabaste tu berrinche?". 

Y de nuevo comenzaba ese ciclo enfermo de mensajes tiernos, luego subidos de tono, luego exigentes y en el momento menos esperado, crueles. En algún punto escribí en un lugar que me había enamorado del diablo y le había vendido mi alma por su amor, pero como dijo Bram Stoker, Dios no compra almas y el diablo es un negociante tramposo. Recibía balas por él sólo para que me apuñalara en cuanto volteaba para saber si estaba bien. 

Fueron años de dar todo y vivir de migajas. Literalmente. No importaba cuan desgraciado hubiera sido, si en algún punto me decía algo lindo o nos veíamos lo suficiente para que me diera una muestra de cariño mínima y no relacionada con coger, eso me bastaba para sentir el corazón lleno por semanas, o hasta que decidiera estar enojado por nada y volverme a tirar en el suelo. 

Las peleas y exigencias por mensaje derivaron en pesadillas. Me mandaba al diablo por mensaje, me contestaba otra mujer, me llamaban para decirme que le había pasado algo por mi culpa. A raíz de eso, tengo muchas dificultades para contestar mensajes. Le tenía tanto miedo a lo impredecible que era que ya no quería que me viera conectada, así que no le contestaba a nadie hasta no estar segura de que él estaría ocupado y no me respondería de inmediato -o me presionaría para contestar.

Tuve que suplicarle que se despidiera de mí cuando por fin se largó. Fue la última vez que me abrazó, y el único beso que no tuve que robarle. En retrospectiva, fue la única vez que me sentí genuinamente amada por él. Esa y una navidad a inicios de este circo. De nuevo, poco más de unos minutos. 

Y eso fue el principio del fin. Con la diferencia de horarios ya no me encontraba, así que lo que tuviera que decir lo podía contestar cuando yo quisiera. Volvieron las conversaciones tiernas, pero también estas dejaron de ofrecer el alimento que mi alma tanto necesitaba, y deje de depender de ellas. Un día le conté que soñé que nos visitábamos el uno al otro, pero nos cruzábamos en el camino, porque me pareció un sueño tierno y aún ahorraba para ir con él. 

¿Su respuesta? Yo no pienso volver a menos que sea importante.

Y nunca más le contesté otra palabra. Eso fue un año antes de cumplir los 9 años. 

Volví a arreglarme, a salir. Conocí a un hombre que en el corto mes que nos vimos me trató con todo el cariño y respeto que no tuve en ocho años. Y nos soltamos pronto y con tranquilidad, porque ambos sabíamos que éramos un bonito momento en la vida del otro.

Y luego entré a un trabajo que odiaba, donde un hombre alto, guapo y sonriente que no es asiduo a la lectura se compró un libro sólo porque yo lo estaba leyendo para que tuviéramos de qué conversar, y con el que con mucho esfuerzo y cariño cumpliremos tres años en septiembre. 

Esto surgió de conversar con una amiga, por preguntarle a ella como estuvo su día. Sólo ahora pude poner en palabras todo lo que al parecer aún arrastraba. O arrastro. Sanar heridas de abuso es un trabajo constante, tanto que algunos arrastran ese dolor varias vidas después. Sí discuto con mi familia, pero ya no me siento en combate como antes. No sé si estoy bien, pero sí sé que estoy mejor.

Y eso está bien.

sábado, 24 de junio de 2023

Maleficio de un corazón abandonado

Sólo una espinita en mi costado que se negaba a salir.


Que mis lágrimas amargas salen todo lo que comas.

Que mi ausencia te persiga con lo que pudo ser.

Que todos los labios que beses te sepan a veneno.

Que todas las miradas sean frías

Y todas las palabras vacías

Cuando sean para tí.

Que la música te haga ensordecer

Y ni una estrella en la noche negra te vuelva a guiar.

Que los que sí ames te miren por encima del hombro

Y los que te odien te encuentren desarmado.

Que las manos que te toquen dejen llagas tan profundas como las que dejaste tú.

Que tropieces con tu espada y se te clave en el corazón.

Que la soledad sea tu único amigo

Y la miseria tu único amor.

Que el consuelo te abandone como lo hiciste conmigo

Y nunca lo puedas volver a encontrar.

Que los demonios que derroté en tu nombre te cacen como a una presa

Y tus ángeles vuelen sin mirar atrás.

viernes, 5 de mayo de 2023

Mar y Tierra

La siguiente entrada se publicó originalmente el 1° de mayo de 2019. Por cuestiones de reedición, sólo se mantendrán en el blog este y el primer capítulo de Meridienne.



Hay motivos muy poderosos por los que la conclusión y reedición de esta novela corta se tomó más de tres años, motivos que honestamente no quiero explicar pero que se resumen en la súbita y devastadora -pero necesaria- pérdida de mi fuente de inspiración original.


Recomendación musical:
*Mumford & Sons - Hopeless Wanderer
*Rag 'n' Bone Man - Skin


PRÓLOGO


Lo llamaban Amazimu*, y él abrazó el nombre porque era mejor que llamarse "blanco". Los demás esclavos no cruzaban palabra con él, pero siempre terminaban acudiendo a su choza para recibir atención a sus heridas, casi siempre berrinche de los amos. Y Amazimu los ayudaba sin pensarlo dos veces, con una sonrisa y sólo pidiendo a cambio algún favor pequeño o un manojo de hierbas curativas para reponer lo utilizado. Los que le temían menos le traían comida. Pero más no se acercaban, una cosa era estar en buenos términos y otra ser amigo de un "espectro" que sólo salía al atardecer para pescar y que al sol de mediodía se caía a pedazos.

Los amos fingían que no existía. Dada su condición albina, no podían venderlo para trabajo de campo, pero venderlo para ser criado de casa tampoco había resultado, porque su aspecto incomodaba. De hecho, sólo entraba a la casa cuando querían mostrarlo a los invitados a modo de entretenimiento, hablando de él como el "exótico vampiro africano" que había nacido en la finca, llevándose al nacer y sin querer la vida de su madre. Su conocimiento de curación lo debía a la partera que lo cuidó desde entonces y hasta su muerte, pero de esto sólo sabían los demás esclavos, a quienes a final de cuentas les convenía que se quedara; lo habrían escondido en sus chozas con tal de no quedarse sin su único curandero.

Al menos hasta que hubo que revelar el secreto.

Una madrugada de abril, uno de los niños que trabajaba en la cocina de la finca llegó corriendo a la choza de Amazimu, suplicándole que lo acompañara. Una de las hijas de los patrones, a la que no se le había visto en meses, se moría por un embarazo mal atendido que estaba por terminar esa misma noche, dos meses antes de lo debido. Y con la partera de la finca fallecida y sin un médico cerca, al joven esclavo no le quedó más que delatar al curandero. A Amazimu esto le tenía sin cuidado, de inmediato cargó un morralito con lo necesario y siguió al niño de vuelta en la noche iluminada por el plenilunio.

Ni siquiera preguntó nada ni esperó órdenes, nada más llegar, el curandero subió directamente a la habitación de la señora, la única en la familia que trataba con respeto a los trabajadores, incluyéndole. Se había fugado con un hombre de condición inferior, que aunque no pudiera ofrecerle lujo le ofreció su corazón como no lo hizo ninguno de sus pretendientes ricos. Desgraciadamente, el hombre había muerto meses antes, y aunque los patrones admitieron de vuelta a su hija, la vergüenza que les provocaba su difunto esposo les pudo más, y la encerraron en sus habitaciones de la finca sin más atención que la de una única doncella demasiado joven para saber tratar a una embarazada.

Ahora, la joven se moría entre dolores de parto, bajo la mal disimilada mirada curiosa de los criados inútiles y la expresión de arrepentimiento tardío de sus familiares, sacando de sus casillas al apacible Amazimu, quien ordenó a todos salir de la casa inmediatamente, dejando entrar sólo a la doncella que ya la había acompañado durante aquellos meses de dolor y cuya angustia era la única fidedigna entre los habitantes de la casa.

Supo al ver a la señora que no viviría, y su corazón dolió como si fuera su propia hija. Le dio un preparado de hierbas para mitigar el dolor, mientras le cantaba un arrullo de los esclavos y la doncella le tomaba las manos para tranquilizarla. La joven sabía también que moriría, pero por primera vez en meses, se sintió en paz, y sabía que en manos del curandero su hijo nacería a salvo.

Al filo del amanecer, con el último suspiro sacrificial de la señora, el llanto del primer varón de la familia en muchos años rasgó el aire.


Hermann Eschke,Torre de Martello en la costa de Leith en Edimburgo (1896)



*Amazimu: Espíritu africano de la mitología bantú. Según su leyenda, sería una especie de demonio albino, antropófago y dotado de magia oscura.

Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...