miércoles, 4 de marzo de 2020

Carcasa (pt 2)

Lee la parte 1

#NiUnaMenos

Pasado un mes, el mundo se había detenido. Se escuchaba el murmullo de las radios y las televisiones desde las casas, los tecleos en las computadoras, los pájaros cantaban y los perros ladraban como de costumbre, pero el ruido de las multitudes se había apagado casi por completo; rara vez en el día se escuchaba el crujir de la grava bajo las ruedas de un coche o el compás de unos pasos apresurados.

Lo único que se oía era el paso arrastrado de las carcasas, y a veces el grito final de alguno de sus asesinos. Esto último resonaba en todas partes, y era imposible no escucharlo. 

¿Qué fuerza, qué extraño dios de la venganza las había traído de vuelta? ¿Era obra del diablo o acaso el plan de un ángel exterminador? Eran las preguntas que flotaban en el aire. La prensa se había encargado de inundar de ataques grabados cada noticiero, provocando alarma y desconcierto aún en aquellos que se sabían a salvo. Los templos se convirtieron en refugios de hombres y mujeres que veían en ellas al temido verdugo de sus pecados, porque ellas también atacaban a otras mujeres. Regentas, delincuentes, perras sin alma que habían participado de su primera muerte o que habían ayudado a enterrarlas en la mierda. Las autoridades vieron sus números disminuir y dejaron de cazarlas para empezar a poner guardias y alarmas en las casas de potenciales blancos.

Pasado más tiempo, los ataques se normalizaron. Así como antes se volvió normal en el pasado oír de sus muertes o desapariciones.

Los más jóvenes comenzaron a seguirlas para grabar los ataques y subirlos a las redes. La gente al ver carcasas caídas ya sólo les prendía fuego para no tener que lidiar con el engorro de volver a enterrarlas o llamar a las morgues, que ahora estaban repletas. La policía centraba sus esfuerzos en proteger a pedófilos, asesinos y violadores, nada que no hubieran hecho antes, pero ahora con un compromiso que se hubiera esperado en una guardia presidencial. En algunas ocasiones abrían fuego nada más verlas llegar, esperando derribarlas o detenerlas o lo que demonios fuese a pasar. Nada de esto servía. Tarde o temprano, las carcasas daban con ellos, y esperaban sin moverse la oportunidad de entrar para tomar lo que les pertenecía. Había rebaños enteros rodeando casas, cárceles, escuelas, iglesias; firmes como ejércitos, pacientes y silenciosas. Y entonces una puerta se abría, o una ventana, y las que podían entraban para hacer justicia y que el resto pudiera al fin volver a morir. 

En el punto más bajo de falta de escrúpulos, apareció un programa de televisión en que se corrían apuestas de quién sería el siguiente en ser alcanzado por sus víctimas. Había uno al que le llamaban "el asesino de los ojos", al que no habían capturado pero se sabía de él por los rebaños de carcasas con las cuencas de los ojos vacías que lo buscaban sin descanso, en varias partes del mundo, y los productores contrataban camarógrafos de a pie u ofrecían recompensas por videos siguiéndolas, el ganador sería aquel que lograra capturar y transmitir en vivo el momento en que "el asesino de los ojos" encontrase su espeluznante final. 

Y así fue, cuando el mismo productor en jefe fue destripado durante una transmisión -por la pasante a la que había roto el cuello y tirado a un canal tras violarla y sacarle los ojos- y el programa finalmente fue cancelado. 

Ellos aprendieron lo que era el miedo, y se encerraron en sus casas. Algunos de los culpables eligieron volarse la tapa de los sesos para no ser alcanzados por ellas. Otros huyeron hasta donde les daba el dinero o los pies, pero el mundo es redondo y uno siempre vuelve al punto de partida, y en ese punto ellas los estaban esperando. 

Se perdió la noción del tiempo que llevaba la marcha de las muertas, mientras en algunos lugares su número disminuía, en otros no hacía sino aumentar, hasta que se convirtieron en una visión normal. Se volvió cosa común ver grupos enteros derrumbarse para siempre en la calle. La prensa pronto se aburrió de ellas y las autoridades dejaron de proteger a los blancos, dejándoles una o dos advertencias y en algunos casos, dejando también la puerta abierta para ellas. De a poco, también perdieron el mote de "carcasa" y recuperaron sus nombres; las que consiguieron su sangrienta justicia volvieron a la tierra negra, esta vez con pena y hasta respeto de los que cavaron sus fosas o encendieron sus piras. 

Un día, la última de ellas finalmente volvió a morir. Ese día las vivas salieron de casa. Con sus hijos, con sus parejas, solas o con amigos o familiares, en falda o pantalón. Salieron y el aire ya no olía a muerte, la vida murmuraba en las calles y la humanidad volvía a su ritmo, que era el mismo y a la vez era un compás de cambio. Y la vida regresó a las calles, cantando su canción y evitando a toda costa la pregunta que flotaba en la mente del colectivo:

¿Y si regresan? 

Resultado de imagen de feminicidio

martes, 3 de marzo de 2020

Carcasa (pt. 1)

Hay cosas que se tienen que hablar, no sólo en este mes, sino todos los días, y si el terror es el medio, pues que así sea. Este es un cuento en dos partes en que pregunto: ¿y si todas las que nos faltan, regresaran

¿Pero y si no vuelven vivas?

#niunamenos



Aparecieron un día.

Como surgidas del aire, o de la niebla. Aparecieron caminando en las calles, con paso lento y casi mecánico pero indetenible. De todas las edades, de todas las clases y razas. Aparecieron en todo el mundo en el transcurso de un día y una noche. En un principio sólo causaron curiosidad. No saludaban, no hablaban con nadie, sólo caminaban con su paso lento. Algunas llevaban cosas en la mano; juguetes, bolsos, o las cosas más aleatorias. A veces se cruzaban, en raras ocasiones se detenían para entenderse sin decir una palabra y así juntarse en grupos autómatas y silentes. La prensa tardó más en notarlas, pero los avistamientos inundaron las redes de comunicación como si de un desafío* o un tag absurdo se tratase.

Fueron los pequeños detalles, vistos muy de cerca, los que dieron la alarma de que aquello no tenía nada de absurdo.

Primero, alguien se dio cuenta que la mayoría tenía la ropa hecha pedazos. Mangas rasgadas, botones arrancados, incluso tijeretazos o roturas hechas con objetos punzocortantes, con la absoluta intención de que esa prenda ya no sirviera para cubrir. Algunas incluso iban en ropa interior, o desnudas. 

Luego otros notaron que iban sucias. De tierra o de basura, como si se hubieran arrastrado hasta llegar a la superficie. Todas olían muy mal, un hedor espantoso que no pertenecía al mundo cotidiano, y que anunciaba su llegada, siendo lo único que contrarrestaba la curiosidad.

Finalmente alguien notó la sangre. Y ese alguien, con gran dolor y un espanto que casi le arrancó la cordura, descubrió quiénes eran.

Costras de sangre seca, en la ropa, en la piel, entre los muslos. Hilos rojos petrificados que corrían desde brutales golpes en la cabeza, desde puñaladas en la espalda y el pecho, desde las cuencas de los ojos en un grupo completo que se había estado juntando desde el día uno. 

El que se dio cuenta fue un padre de familia. Había gastado cada segundo de los últimos cinco años buscando a una hija que se fue al trabajo un día y nunca más regresó, y que ni siquiera llegó a la oficina. La policía proscribió el caso sin siquiera buscarla y sus conocidos se habían rendido uno tras otro, pero él siguió buscando, preguntando, peregrinando en cada hospital, en cada organización, en cada comisaría y morgue. 

Ese día, su hija chocó con él y lo pasó de largo. Llevaba puesto lo que en esa funesta mañana había sido una blusa blanca y una falda de corte recto, pero que ahora eran jirones sobre un cuerpo batido de sangre y tierra, arrastraba un pie descalzo y en el otro llevaba un zapato de tacón con los adornos de corcho podridos. El resto de su piel estaba gris,tenía basura en el pelo enmarañado, nubes en los ojos y gusanos entraban y salían por una serie de puñaladas en su pecho.

La gente en la calle vio al padre seguir a la hija desesperado, gritando su nombre, intentando detener a toda costa su paso, solo para verse arrastrado por la marcha de las muertas, llorando histérico. Había vuelto, y a la vez no volvería jamás. Tanto buscar a una hija para acabar encontrando un cascarón vacío.

Poco a poco todas fueron reconocidas. Las hijas perdidas, las amigas desaparecidas, las vecinas que una noche no volvieron a salir de sus casas, o que salieron para nunca más volver. Todas habían regresado, pero a la vez ya no estaban ahí. En un principio esto generó pánico inmediato, inspirado obviamente en ciertas películas de terror, hasta que se dieron cuenta que ellas en realidad no lastimaban a nadie. Si se cruzaban con alguien vivo, lo pasaban de largo y seguían andando sin parar, sin importar si ese vivo las había conocido o no.

La prensa no tardó en darles un nombre: carcasas. No es como que fueran otra cosa antes para los medios, pero ahora podían darles una marca, un nombre que vendiera periódicos y elevara los ratings. Cuando se comprobó que las carcasas en efecto no eran peligrosas, la policía finalmente salió de su cubil y empezó a actuar. Y con actuar se referían a simplemente juntarlas en rebaños, subirlas a camiones y camionetas y llevarlas a cualquier edificio -hospital, cárcel, las mismas cajas de los vehículos- donde mantenerlas bajo llave hasta saber qué hacer. Ellas se dejaron pastorear sin reacción alguna. Para muchos esto fue un alivio y dieron por zanjado el asunto, para otros no era tan sencillo, y se dieron a la tarea de reconocerlas, inspeccionarlas y llamar a las familias. 

Un día, un grupo de carcasas reaccionó. Y entonces se confirmó que no eran peligrosas para todos. 

En un separo de una comisaría, en medio de las carcasas, apareció el cuerpo desmembrado de un policía. Durante la noche lo habían despedazado, y restos del hombre habían quedado por toda la celda, embarrados en el suelo, los muros, incluso en algunas de ellas. Pero no habían sido todas, no: las responsables habían caído alrededor de lo que quedó de él, y ya no se volvieron a mover. Se habían vuelto a morir, no había otro modo de decirlo. El resto sólo las rodeaba, silentes e impasibles como siempre. Hubo más carcasas caídas en un hospital esa misma noche, sin que éstas atacaran a nadie. 

Sólo entonces se supo que ese policía, abusando de su placa, había violado y matado a todas esas mujeres que esa noche volvieron a morir.

Y se supo también que él sólo sería el primero.


83,000 firmas contra el feminicidio de Karla
Autor desconocido

domingo, 2 de junio de 2019

Nunca Jamás

Su vuelo es ligero, tan suave que el viento ni siquiera hace crujir su ropa. Su tamaño es pequeño, su apariencia eterna, pero su edad siguió contando y corriendo. En algún momento, aquella que se presentó ante él como su hada madrina y lo llevó a su fantástico país, le soltó la mano mucho antes que estuviera listo para el mundo fuera de él, y había desaparecido. Algunos decían que lo había abandonado, otros que había sido eliminada. 

Pero lo único en lo que siempre hubo un acuerdo común era que por las noches, al aparecer la segunda estrella, puertas y ventanas deben estar cerradas, porque dependiendo de su humor pueden volverse peligrosas. En ocasiones se contenta con escuchar cuentos y nanas desde las ventanas, finalmente nunca dejará de ser un niño. En cuanto terminan y escucha la respiración pesada de los durmientes, toma lo que necesita y se va sin causar más daño, o al menos eso parece. Cuando se siente solo, es cuando se vuelve peligroso. 

Lo que no te cuentan es que esos niños nunca se pierden, pero nadie le cree a los que lo ven. Ni siquiera cuando por la mañana aparecen los cuerpos de los padres o las niñeras, secos y con la misma inconfundible expresión de horror. Quienes han visto su ataque dicen que primero envía a su Sombra -porque esta puede escapar, eso sí es cierto- a que se coma toda la luz en la casa, y para cuando la devuelve, ya es muy tarde, y las camas y las cunas amanecen vacías. Hay quien años después jura haber encontrado a alguno de esos niños, vagando de noche por las calles y los tejados, hay quienes juran verlos volando bajo la luna. Pero quien habla de esos encuentros lo hace con horror, asegurando que por más años que pasen, esos niños no envejecen ni un solo día, y se mantienen tan jóvenes como la noche en que desaparecieron. Si te invitan a jugar, huye.

Resultado de imagen para dark peter panUno creería que le va mejor a los niños que escuchan cuentos, los que por la mañana amanecen sólo un poco mareados, pálidos y cansados, a veces con una o dos gotas de sangre en la almohada. Pero cuando él los visita al apagarse las luces, no sólo toma de ellos lo que necesita, sino que les cuenta una historia más: la suya. La historia del fantástico país en el que creció hasta que dejó de crecer; donde hay criaturas fantásticas, aventuras y cuevas abandonadas con tesoros incalculables. La historia de Ella, de su dulzura y de su voz de campanitas de cobre, de los vuelos tomado de su mano bajo los cielos estrellados del mundo. Cuando los niños despiertan, han visto todo en sueños y sólo desean ir a ese fantástico país al que sólo se llega volando. Harán todo lo posible por llegar allí, saltando de las ventanas en su desespero cuando nadie los ve, encontrando en cambio una muerte repentina.


Cada tanto, sin embargo, su detenido corazón sufre espasmos similares a un latido. En sus violentos allanamientos suele llevarse varones, pero cuando esto pasa, es porque ha decidido llevarse a una niña, y el método cambia, aunque nadie sabe en qué consiste. La Sombra permanece a su lado, las luces se quedan igual, y la tranquilidad reina como cualquier otra noche en la casa de las familias, hasta que la elegida sale volando de su mano, con tanta confianza que asusta, y nunca más se la vuelve a ver. Si se las lleva o no al país fantástico, o si este siquiera existe, tampoco se sabe aún. Pero las familias de esas hijas no vuelven a ser las mismas, y los hijos que se quedan atrás se vuelven sobreprotegidos, y son encerrados de los peligros del mundo, lo que sólo los vuelve más tentadores y en cuanto pueden salir del encierro se dejan arrastrar por ellos. 

El padre de una de las elegidas era capitán de un navío. Sus hijos menores escaparon con vida de él, pero de su hija mayor, su tesoro y favorita, nunca volvió a saber, y desde entonces y hasta el misterioso final de su vida le persiguió por mar y tierra, buscando su país. La mayoría piensa que el marinero fue vencido por él, otros juran haber visto el barco surcar las olas o los cielos, en descorazonada venganza. Los hermanos menores eligieron fingir que ella había muerto joven, o se había fugado con un amor, dependiendo de a cual de los dos se le preguntara, aunque ninguno estuviera tan lejos de la posible verdad. 

Y así, las noches se vuelven ciclos lunares, los ciclos se vuelven años, los años siguen corriendo. Y su vuelo suave de fantasma sigue surcando los cielos, aguzando el oído en pos de las historias. Aguzando el olfato y la sed en pos de la sangre joven, buscando ventanas abiertas para proyectar su siniestra e infantil Sombra. Un vuelo que parece libre, pero que es símbolo de eterna condena, y que no podrá parar Nunca Jamás.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Mar y Tierra (1)

Recomendación: Placebo - Passive Agressive


I




Seis meses después, tripulación y capitán se habían acostumbrado el uno a los otros. Altair era obedecido sin rechistar, y los hombres obtenían un trato justo y respetuoso que no esperaban, y sabían que no lo merecían, pero lo aceptaban y retribuían.

Además, nadie se hubiera arriesgado a romper los términos de la paz, porque contra todo pronóstico Las Otras aún custodiaban el barco.


De día sólo se les veía como piezas de obsidiana brillando bajo el agua y el sol sin molestar a nadie, pero pese a lo prometido a Meridienne, por la noche saltaban sobre las olas, riendo y cantando sus hechizos. Los marineros dormían con tapones de cera en los oídos, pero aunque bastaba para que los cantos fueran apenas audibles, de vez en cuando alguno era sorprendido perdido en la nada. Pero el día en que uno de ellos finalmente sucumbió al deseo de oírlas y se arrojó a la muerte, Altair mató a una de un disparo, y sólo entonces Las Otras se ajustaron también a los términos de la tregua.

Para entonces, Altair de Lusignan había entendido que el único modo de sobrevivir a sus "protectoras" era dejar de verlas como veía a la pequeña sirena blanca, y empezar a mirarlas como las criaturas irracionales y faltas de piedad de las que había leído toda la vida. Ellas no eran ella, y mientras lo tuviera presente, él y la tripulación volverían a salvo a tierra.

Sin embargo, él sabía que nadie ahí era su amigo, y aunque se trataban con respeto, aún estaba por verse de qué lado estarían al llegar a puerto. En el camarote habían quedado notas y una especie de manifiesto de lo que prometía ser una lucha encarnizada, una guerra civil trazada con meticulosidad, pero cuya meta final -más allá de lo que continuamente se nombraba como El Nuevo Lusignan- en realidad no parecía del todo clara, como si su verdadero propósito fuese únicamente servir al caos. No podía evitar sentir temor de lo que encontraría, y había comenzado a tener pesadillas donde veía el palacio en llamas y la horrible cara de Mouette burlándose de él y de sus intentos desesperados por volver. El hombre al que estos hombres habrían seguido al fin del mundo, y nada le aseguraba que no seguían dispuestos a ello. Si tan sólo alguno de sus hermanos estuviese en esa nave con él... 

Lo que lo llevaba a la otra tortura que lo carcomía: el que nadie de su familia hubiera respondido sus mensajes. Enviaba cada semana un ave, en espera de recibir respuesta de lo que estaba pasando, pero el único en responder era el silencio. Ni siquiera sabía en qué había acabado lo de su fallido compromiso con la princesa de Costa d' Marinho, si bien eso había quedado en el fondo de su lista de prioridades -si es que aún conservaba un lugar en ella.

¿Seguiría Hérmes viviendo en el palacio o su madre lo habría enviado ya a otro país para protegerlo? ¿estaría su madre bien? ¿Y Ricárd? ¿porqué precisamente él no daba señales de vida?

¿Y Meridienne?

Esta última pregunta hacía el mayor eco de todos. Nunca había sentido tanta incertidumbre como cuando pensaba en ella, en lo que estaría haciendo o si estaría bien. A veces lograba tranquilizarse recordando todo el tiempo que ella llevaba arreglándoselas sola, pero ahora ya no lo estaba, y lo que sea que quisieran Las Otras de ella... prefería no pensarlo, o sería capaz de arrojarse del barco a buscarla, si es que el cardumen se lo permitía. Probablemente eso era lo que estaban esperando, un descuido, o un acto desesperado alimentado por la soledad y el amor dolido, para romper su promesa y devorarlo como habían hecho ya con el último incauto. Y no pensaba darles el gusto.

No obstante, había descubierto que uno de los hombres a bordo parecía más propenso a una conversación civilizada. Era un hombre de unos cuarenta años, de procedencia difícil de definir dado que pese a su piel negra conservaba marcados rasgos de medio oriente; era tranquilo, los otros lo respetaban y parecía conocer más que los demás sobre Las Otras. Recordaba haberlo visto una o dos veces durante su secuestro, pero nunca cruzaron palabra, al menos hasta esa mañana brumosa.

-¿Qué nos espera entonces, Alteza?-le preguntó el hombre, con voz ronca y grave. Altair dio un respingo y tardó un poco en entender a qué se refería.
-Yo mismo quisiera saber. O si algo aún nos espera.
-La Guardia Imperial seguramente lo hará. Y un par de flotas de otros países.

Altair soltó una risilla sardónica:

-Sí, imaginé que habían usado este barco para hacer enojar a unos cuantos. Pero yo quiero saber qué nos espera si llegamos a puerto.
-Tiene a la mano los documentos del capitán Mouette.
-Un montón de papeles que aún no me dice lo que quiero saber.
-¿Y eso sería...?
-¿Por qué? ¿Y a cambio de qué?

El interpelado se quedó en silencio, inexpresivo. Examinándolo, Altair encontró en su mano una marca que le parecía vagamente familiar. Aquella montaña humana en algún momento había sido un esclavo.

-¿Cuál es tu nombre?
-Moro.
-Eso no es un nombre.
-Donde nací no teníamos-replicó, cubriendo la marca con la otra mano. -Algunos adoptaron nombres, otros como Arratoi se lo ganaron.
-¿Arratoi Mouette era un esclavo?

Esa sí era información nueva. Nadie sabía de donde había salido el hombre, sólo los crímenes y fechorías que había cometido en cuanto se dio a conocer. Pero en ese caso, se convertía en algo mucho peor que un simple criminal.

-Lo llamaban Rata cuando yo lo conocí. Era un niño cuando nos compró el verdadero capitán Mouette. Se empezó a llamar Arratoi a partir de que el capitán lo liberó.
-¿Y tú?
-Sigo siendo un esclavo. De la clase más baja, si es que eso es posible -su expresión se ensombreció con muda indignación-Uno pensaría que siendo uno de los míos, me habría liberado también. En lugar de eso, fui testigo de cómo cazó y hundió el barco de nuestros antiguos amos, con ellos a bordo.

Altair se quedó en silencio un momento, analizando lo que el hombre le había contado. Y las posibilidades que brindaba. Tal vez para la Guardia Imperial sólo se volviera una página más en un historial repleto de sangre y corrupción, pero un hombre como Arratoi Mouette dependía de sus secretos para mantenerse donde estaba; inalcanzable y protegido por una mayoría fascinada por su "misterio", que lo obedecería hasta las últimas consecuencias, ante la promesa de libertad absoluta que les ofrecía.

¿Qué pensarían de un libertador así, capaz de comprar y vender a los suyos?

-¿Y los otros?
-Nadie más conoce esa historia, si es a lo que se refiere -respondió el "moro". -Ellos le siguen ciegamente desde hace años, pero no son tontos. Saben que al menos ahora, les conviene estar de lado de usted.
-¿Y porqué contarme a mí? ¿qué esperas obtener?
-Igual que yo, Rata nunca dejará de ser un esclavo. Primero de los hombres, luego de las riquezas. Pero desde que su padre falleció, y la Emperatriz le cerró los caminos en Lusignan, el nuevo amo de Arratoi Mouette es la ira -miró al horizonte perdido entre la bruma.- Tal vez yo nunca sea libre, pero prefiero vivir mi cautiverio en un mundo donde un hombre como él no gane. 

Altair estaba por responder a esto último, cuando un grito desde el nido en el palo mayor les dio un vuelco al corazón:

-¡Barcos a la vista!


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domingo, 3 de marzo de 2019

El peor enemigo

A falta de inspiración, el final de Meridienne se quedará pausado unos días más (lo sé, frustra y sobre todo a mí) pero en compensación y esperando que nadie me asesine, comparto esta reflexión.


El término feminazi sí existe, nos guste o no admitirlo. Y tiene una definición clara, pero no es la que te ha hecho creer: son aquellas mujeres que atacan a otras mujeres. Ya sea por mantener vigente el concepto frienemy -que ya hay como 50 millones de medios tratando el tema-  o aún peor, por no compartir sus ideales al pie de la letra.

A los 14 años conocí a las que se volvieron mis mejores amigas, de las cuales ya sólo me quedan dos. Nuestra amistad se forjó en un grupo cristiano (aunque, cosa curiosa, ninguna lo es) que se juntaba los sábados; ninguna iba en mi escuela, simplemente mis compañeras me odiaban y yo a ellas -frienemies entre ellas, yo para qué iba a querer algo así.

De mis amigas, una era dos años menor que yo y probablemente la persona más liberal que he conocido: sabía manejarse con las personas con una naturalidad que a la fecha envidio, era abierta, siempre dispuesta a una aventura sin importar las consecuencias. Pese a que ambas veníamos de hogares estables y bastante estrictos, ella no le tenía a los hombres ni a las convenciones sociales el temor que yo les tuve por años.

De hecho, el final de los doce años de amistad entre ella y yo, se debió a algo relacionado a ello.
Mi madre me demostró que sin importar a lo que decidiera dedicarme, podía tener una carrera prolífica y una familia. Por ende, mis sueños siempre se enfilaron al romance y tener por lo menos un descendiente, sin importar lo que yo decidiera hacer para vivir. Y un día, platicando con mi amiga, le mostré mientras hablaba de mi gran sueño una fotografía de un bebé que me pareció adorable, con pijama de borreguito y una sonrisota de esas que derriten al corazón menos maternal... o eso creí.

Lo que nunca me esperé fue que mi gran amiga desde los 14 me hiciera menos por ese mismo deseo a los 26. A sus ojos, yo me volví -y cito textualmente- una inconsciente que iba a contribuir con la sobrepoblación mundial, y que ella no quería hijos ni matrimonios que arruinaran su vida como yo seguramente lo haría. Que sería una más del montón.

Aquello me hirió lo suficiente para disminuir la comunicación. SÓLO disminuirla. Después de todo, nuestra longeva amistad podía soportar un comentario hiriente mientras fuera el único, ¿no?
Pues no, pero el siguiente comentario hiriente no sólo fue el último, sino que fue tan absurdo y avanzó de una manera tan ridícula que ni siquiera merece mención. Aunque iba por las mismas líneas, y bastó para borrarla de mis redes y mi porvenir. Aún se habla con las amigas que me quedan y lo respeto, pero por mi parte la amistad existió y terminó.

Recordarlo hoy, a una semana del 8 de marzo, me hace preguntarme: ¿en qué momento nuestra lucha nos pone la una contra la otra? ¿desde cuándo una mujer es menos que otra por no compartir las mismas aspiraciones?

¿No era exactamente eso lo que tanto odiábamos de nuestras predecesoras?

"¿Te crees mejor que yo?"


Pasamos de rebelarnos a esas madres y abuelas que criaron hombres egoístas y mujeres asustadas del mundo, y hasta de sus propios cuerpos (el sexo es malo, todos te van a señalar, la menstruación es el castigo de Eva... ) a recibir insultos y opiniones crueles de parte de otras que se supone luchan a nuestro lado.

Pasamos de envidiar a la otra a sentirnos más o mejores que ella, de avergonzarla por no seguir un canon viejo (así de gorda nunca conseguirás un hombre, te vas a casar y no sabes ni freír un huevo) a avergonzarla por no seguir un canon nuevo (no sé para qué quieres un hombre, pareces esposita sumisa de las viejas)

De repente anhelar romance o una familia es arruinar tu vida -aunque tengas ya una carrera y la ejerzas, o una pareja que te apoye para seguir tus sueños.

De repente eres una hija fiel del patriarcado porque cuidas tu estética por puro gusto (recordando la ira desatada por la Mujer Maravilla depilada) o porque te sientes incómoda de amamantar en público.

En el peor de los casos, de repente las mujeres de tu entorno dudan de tu palabra y te culpan a ti y a "tus conductas/ropa/hábitos/descuidos" por lo que te pueda pasar, en este campo de batalla que llamamos mundo.


De pronto un día, te das cuenta que el peor enemigo de una mujer es otra, y que por alguna razón eso sigue sin cambiar. Lo único que cambia son las razones para atacarnos entre nosotras, en lugar de respetarnos y seguir adelante por nuestros derechos y los de nuestras hermanas de lucha. ¿Pero porqué? ¿Qué ganamos haciéndonos esto, saboteándonos las unas a las otras?

¿Dónde comienza realmente este círculo vicioso, y en dónde acabará?

¿Podremos cerrarlo antes de que acabe con nosotras?

miércoles, 13 de febrero de 2019

No tan Valen-Grinch (2)

ALERTA DE SPOILERS

Pues pasó que según yo esta parte 2 iba a salir el año pasado y pues... no pasó 😂 Pero lo bueno es que este año sí me acordé, y no sólo eso, también conseguí unas cuantas frases y eventos románticos para más. Espero que esto les guste y les inspire para conquistar el amor este año :)

Encuentra la parte 1 AQUI


Serenata con bobina de Tesla
-El aprendiz de brujo (Disney, 2010)

Lo sé, lo sé, no es una película tan famosa, y lo cierto es que está un poquito pa'l traste (la crítica la destrozó, y también es cierto que Nicolas Cage no es un abanico interpretativo precisamente) pero si hay algo rescatable y realmente maravilloso -al menos para mí- es esta escena. David, un estudiante de física que por azares del destino resulta ser la reencarnación de Merlín, invita a la chica de sus sueños a su mundo dedicándole una de las serenatas más originales, usando la gigantesca bobina de Tesla que construyó.

Tal vez no sea buena idea replicarla en el mundo real (por ahí en los comentarios de Youtube hay un sobreviviente del intento) pero si hay una excelente forma de conquistar un corazón es dejándolo entrar al tuyo, si se puede, combinando cosas que les gustan a ambos.




Spock & Uhura. I adore these two. Their relationship, Spock and his new bad-boyness, Uhura and her girl-powerness. AH-mazin'"Confundes mi decisión de no sentir como un reflejo de mi desinterés, y te aseguro que lo cierto es precisamente lo opuesto."
-Star Trek, 2009

La verdad, lo mío es Star Wars, pero no le podía decir que no a Chris Pine. Sé sólo lo básico sobre los vulcanos, así que entiendo que sobreponen siempre la lógica al corazón, aunque no tengo idea de si la relación Spock-Uhura es canon en el material original. Pero esta cita de la primer película me parece ideal para esta serie, por lo aplicable que resulta en el mundo real.
La historia del mundo nos ha entregado hombres duros, algunos un poco más sensibles, pero la gran mayoría aprendió que "los hombres no lloran". También encontramos mujeres que tuvieron que volverse duras para soportar los embates de la vida. Así, encontramos personas enamoradas que a pesar de ello no logran externarlo, y que por ende, parecieran no sentir. Enamorarse de alguien así puede resultar difícil, pero si el sentimiento es mutuo, esa persona inevitablemente se abrirá con nosotros, y entonces nos dará todo aquello a lo que nadie más tiene derecho. Si esto pasa, serás la persona más afortunada, pero tendrás también la mayor responsabilidad, porque si una persona así ama y es lastimada, difícilmente podrá confiar una vez más, así que cuídalo/a mucho.





-El amor en tiempos del cólera (Márquez, G. G. / Penguin Random House, 1986, Colombia)

Detesto con el alma a García Márquez. No soporto su narrativa, ni su necesidad de usar tres páginas para describir una ida al baño, y menos aún su descaro de viejo verde, pero igual terminé esta novela.
La historia de amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza comienza formalmente a partir de aquí, luego de una arrebatada pedida de mano al más puro estilo Shakespeariano, con balcón y todo. El consejo viene de una tía de Fermina que logra evitarle la vida sin amor que ella misma sufrió, y resume el único consejo real que puede darse en estos menesteres. Amar y que te rompan el corazón podrá ser triste, pero es aún más terrible una vida llena de hubieras porque nunca se hizo un intento, por miedo, por vanidad, por cualquier estúpida razón. Así que si te gusta, dile que sí.


Imagen relacionada"Contigo se rompió el molde"
-Animales Fantásticos y dónde encontrarlos (Warner, 2016)

AMO a esta pareja, y en serio deseo que las siguientes películas de la saga les pinten mejor. La bruja Queenie Goldstein y el panadero no-mag Jacob Kowalski se conocen gracias al explorador Newt Scamander, y las chispas vuelan enseguida, aunque en Estados Unidos, los matrimonios mixtos son ilegales (vaya sorpresa ¬_¬) La frase, en un principio dicha por Jacob, alude a los defectos que ve en si mismo -como que está pachoncito y no es mago- y a que la despampanante rubia podría conseguir a alguien mejor. Pero cuando Queenie se lo dice, es para decirle que no hay nadie como él, que para ella Jacob es especial y nadie llenará su lugar. Quién bien te quiere, te quiere con todo o sin nada. O con todo y sin nada ;)



"Conseguí esta foto tuya en el periódico, pero es interesante porque tus ojos en la imagen... mira, en realidad tienen este efecto en ellos, Tina. es como el fuego en el agua, en el agua oscura. Sólo he visto eso en..."
"¿Salamandras?"

-Animales Fantásticos: los Crímenes de Grindelwald (Warner, 2018)

Newt Scamander es un apasionado magizoologo, lo que lo vuelve mejor en el trato con los animales que con los humanos. Sin embargo, encuentra en Tina Goldstein un entendimiento que muchas parejas de años envidiarían, el suficiente para que ella descifre y aprecie un halago que cualquier otra persona hubiera encontrado un tanto... feo: que tiene ojos de salamandra.
Un detalle que tiene el amor del bueno (y que al envidioso le dan cosa) es la forma casi imperceptible en que las personas forman sus propios códigos, indescifrables para el resto del mundo, pero que para dos forman un idioma propio. Bromas que surgen de experiencias especiales, piropos inspirados en gustos compartidos, sonrojos que evocan picardías y confidencias. Todo eso construye el idioma del buen amor.


"A lo mejor soy demasiado impulsivo al pensar que pueda estar tan seguro, pero tengo la convicción de que contigo sería feliz"
-La Selección (Harper Collins, 2012, E.U.)

Treinta y cinco chicas de diversas castas sociales son elegidas para conquistar el corazón del Príncipe Maxon, heredero al trono de Iléa, lo que llevará a la afortunada a una vida de lujos más grandes de lo que imagino... o a escapar de una vida que nadie nunca deseó. Sin embargo, una de las elegidas es la pelirroja America Singer, una músico que prácticamente fue coaccionada para participar.

Estas palabras corresponden al primer libro de la saga de La Selección, una distópica versión de La Cenicienta donde el mundo aún se lame las heridas de la Cuarta Guerra Mundial, y el amor correspondido puede costar desde la casta hasta la vida. Pero el mundo no necesita ponerse así de feo (y en serio, NO lo necesita) para encontrar un amor intenso y por el que lo daríamos todo.
Grandes historias de amor han nacido de las circunstancias más inimaginables, pero esos romances que lo pueden todo y que llegan a vencer a la muerte misma han visto la luz, siempre, a partir de la convicción de la felicidad. De decir "te quiero a tí".

Tauriel y Kili en el calabozo 
-El Hobbit: La desolación de Smaug (MGM, 2013)

Yo sé que John Ronald Reuel Tolkien nos regaló en su épica saga historias de amor mucho más grandes y hermosas (Beren y Luthien, Aragorn y Arwen...) pero este pequeño giro que Peter Jackson le dio a la vida de Kili -Tauriel en el libro sólo es un cameo- tiene un significado muy personal para mí, y es de esas pocas diferencias libro-película que en serio llegas a amar.
Un enano y una elfa terminan conociéndose en la celda de una prisión, dejando de lado la historia de guerra y altercados que ha vuelto a ambas razas acérrimas rivales. Es una escena hermosa, en la que vemos más allá de las diferencias. Sin defensas, sin prejuicios, sólo dos corazones acercándose con naturalidad y confianza, encontrando semejanzas que con los muros levantados, habrían seguido escondidas. Así es como se inicia una historia de dos.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Calcetines rojos

Por hoy sólo publicaré algo del cajón... literalmente.


Recomendación musical: 

*Baby it's cold outside - Esther Williams & Ricardo Montalban 
*Ev'ry time we say goodbye - Ray Charles
* Júrame - María Grever

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...cuando Pinterest te falla...
Todos los inviernos, antes de dormir y sin falta, ella se ponía esos calcetines rojos de lana. Le parecían espantosos, tenían franjas cafés y anaranjadas y una fea flor de color azul en el costado, un desbarajuste de colores imposible de mirar fijamente. Pero si había algo que odiaba más que usarlos era despertarlo con el contacto de sus pies fríos.

Aquellos atroces calcetines habían sido un infortunado regalo de su primera navidad casados, embalados en la caja de un perfume carísimo que ella había mirado casi con lujuria, por meses, en la luna de una tienda de artículos finos. A él le había parecido una excelente broma, pero a ella no le hubiera importado arrojárselos a la cara -con todo y caja- de no estar frente a sus suegros.

Los calcetines se quedaron en el fondo de un cajón. Ni siquiera los desenrrolló para verlos, sólo no quería verlos o sentía que pelearía con él de nuevo por culpa de ellos. Pero las peleas llegaron con o sin ese par de horrores de lana.

Él tenía la manía de dejar todo en el suelo, desde ropa hasta trastes sucios. Ella tenía la manía de caminar descalza hasta en casa ajena -si tenía la oportunidad. Y un día, ella pisó con el pie descalzo un tenedor que él dejó tirado. Tuvieron que correr al hospital. Bueno, él con ella en brazos. Veinte puntadas y muletas por dos semanas, tuvo suerte de no infectarse ni de lastimar nervios. Pero cuando él llegó al hospital al día siguiente de la emergencia, con la muda de ropa, todo se fue al carajo: en lugar de zapatos, le había traído aquellos horribles calcetines.

Fue como encender la mecha de una bomba rezagada. Le gritó como si no hubiera un mañana, le echó la culpa de todo lo que se le ocurrió -y hasta de lo que aún no pasaba- para finalmente echarlo de la habitación. Y de la casa. Desgraciadamente para ambos, el orgullo era una de esas cosas que tenían en común, y así él empacó una maleta y se plantó en el sillón de un amigo.

Pasaron meses. Los amigos en común que iban a ayudarla con las tareas del hogar, procuraban no hablar de él dado que ella enseguida ensombrecía el semblante y se iba -para que nadie viera cómo se le descomponía la expresión en la más solitaria de las tristezas. O hablar de ella frente a él, para no tener que ver cómo fingía a voz en cuello que ya no le importaba, mientras se ponía pálido y la sonrisa le temblaba y preguntaba con los ojos cómo estaba ella. Siguieron sin hablarse, mientras la casa se enfriaba alrededor de ella y el sillón -y la estadía- cada vez se volvía más incómodo para él.

El verano y el otoño se pasaron a cuentagotas, y finalmente llegó el invierno. Un invierno que trajo consigo la descompostura de la calefacción y la lavadora, seguido, la mañana antes de Navidad, de un tormentón que terminó por derribar un poste de luz. Ni loca iba a lavar a mano con el frío y la nieve; pero cuando se asomó al cajón sólo encontró los calcetines rojos.

Sintió rabia contra él y contra sí misma. Contra él, por haberse ido, por dejarla con las descomposturas y por no hablarle. Y consigo por... bueno, por todo. Por haberlo echado en primer lugar. Sintió una punzada al tomar aquellos calcetines feos y desenrrollarlos por primera vez en casi un año. Pero entonces, escuchó algo caer. Algo pequeño y metálico.

Persiguió el sonido hasta que se extinguió bajo la cama; tuvo que tantear un rato hasta que por fin dio con un pequeño objeto de forma inconfundible, y cuando al fin lo vio, el mundo se le vino encima.

Era la sortija. Esa que él le había mostrado en el escaparate de una joyería cuando le propuso matrimonio, sólo mostrado porque mientras fueron novios no tenían ni donde caerse muertos. Ésa del gran diamante ovalado, escoltado por dos pequeñas y relucientes aguamarinas, que se convirtió en el símbolo de aquella felicidad que se habían prometido construir, desde los votos en el altar, en una ceremonia tan pequeña que sólo habían podido invitar a sus respectivos padres y hermanos. Esa que, finalmente, él había podido comprarle, pero sólo ahora que él ya no estaba, lo había descubierto...

Se resistió a llorar, se puso los malditos calcetines, botas y el primer abrigo que encontró -que en realidad era una chamarra de él- y dejando el anillo sobre la mesita de noche salió corriendo a por el coche, azotando la puerta al salir. Había sido una estúpida, y no iba a perderlo por haber sido una estúpida. Tenía que bajarse de su orgullo, necesitaba verlo, abrazarlo, pedirle perdón. El auto dio batalla para encender, pero finalmente -patadas y palabrotas después- logró que respondiera y una vez en el camino pisó el acelerador a fondo... para quedar atrapada en el hielo y patinar hasta atascarse en un cerro de nieve sucia. Y luego ya no quiso arrancar.

Se tiró al llanto sobre el volante, furiosa, aterrada, destrozada. No sólo perdería al amor de su vida por un pleito absurdo, ahora encima se iba a morir congelada, atrapada en un auto que no servía,  en medio de la oscuridad y la nieve. Lloró hasta quedarse dormida, mientras la nieve seguía cayendo...

Unos golpecitos en la ventana la despertaron a tiempo. Le dolían los ojos de tanto llorar, y tuvo que limpiar el vidrio para poder ver quién había tocado.

Y ahí estaba él. Abrigado hasta las orejas, con la angustia grabada a fuego en la cara. Harto de su propio orgullo, había ido a buscarla para pedirle perdón, para pedirle que lo dejara volver a su casa y a su vida, encontrando la casa vacía y a pocos metros, el coche enterrado en nieve. Los peores escenarios le habían oprimido el corazón en segundos, hasta que vio que ella despertaba. Ambos sintieron que el corazón se les saldría, cuando ella quitó el seguro del auto. Pero no pudo abrir la puerta, había estado al menos tres horas bajo la nevada y la nieve estancaba la puerta. Mientras ella empujaba, él quitó la nieve desesperado, ansiando verla, abrazarla de nuevo. Finalmente, la puerta pudo abrir un resquicio, lo suficiente para que él metiera la mano y tirara con fuerza, mientras ella se le arrojaba al cuello, en un abrazo que los tiró a ambos sobre el resbaloso hielo, entre disculpas, lágrimas y besos.

En cuanto lograron levantarse sin perder el equilibrio, volvieron a la casa a pie (el coche no se movería, eso seguro) se quitaron los zapatos y encendieron la chimenea. Se trajeron las cobijas de la cama y se recostaron junto al fuego, sin decir nada, sólo disfrutando el primer silencio juntos desde aquella nefasta pelea a gritos. Ni siquiera él dijo nada cuando notó los calcetines rojos. Sólo sonrió y la abrazó con más ganas, aspirando profundamente el olor de su cabello. Y el tema no se tocó hasta el día siguiente, la mañana de Navidad. 

Sería iluso pensar que después de ese invierno no volvieron a pelear. Hubo muchos pleitos en muchos años, pero ninguno como aquel. Y cuando comenzaban de nuevo a discutir, recordaban aquel año tan frío y solo, y sabiendo que no estaban dispuestos a separarse así de nuevo, hallaban el modo de volver a hablar, o de estar en silencio y paz.

Los tiempos de bonanza fueron y vinieron. Llegaron los hijos, uno de ellos perdió la legendaria sortija de matrimonio y la volvieron a encontrar mucho tiempo después. Pero los calcetines se quedaron, remendados una y mil veces, y los niños amaban oír, una y otra vez, su curiosa historia. 

Y ella sin falta, y a pesar de que aún los encontraba horribles, los usaba cada invierno. 

Hacer reír a Dios

Uno sí se prepara para la vida adulta... sólo que nada te prepara para la adultez que te toca vivir. Desde los once me preparé para ser escr...