viernes, 27 de marzo de 2015

La Canción Secreta

Imagen: Liz Climo
Creo que puedes hacerte a la idea de cuánto me gusta la música, si bien a ella no le gusto yo (no canto, no bailo ni mucho menos toco, pero mis orejas de conejo la pueden apreciar). Mucho de lo que llevo escrito tiene que ver con ella, y hoy no es la excepción.

No en vano, la música es el lenguaje universal. Puede hacer aflorar las emociones o expresarlas por nosotros. Es el acompañamiento ideal para casi todas las actividades humanas. Uno no imagina una fiesta sin música, es más, hasta en los velorios se puede uno consolar con la oración cantada.

Claro que también hay música que nos puede meter en un problema. Ésa que podemos llamar "La Canción Secreta".

Un ejemplo está en la salsa. La mayoría la baila, yo la escucho; y es impresionante la cantidad de letras que hablan de romances prohibidos y sufridos (17 años, Una aventura, y mi gusto culposo, Un montón de estrellas). La cumbia habla de engaños (cofcof Capullo y Sorullo cofcof Amor de mis amores cofcof) y los géneros propios del Norte mejor nos los saltamos. A menos que a un ser querido le guste muuuuucho cierta canción, lo mejor sería no dedicar algo como eso en el radio.


Eso sí, no falta quien se pueda identificar -en secreto- con alguna de las letras. O a quien identifiquemos, pero por amistad y cariño mejor no lo decimos.

Por otro lado, están esas canciones que no nos atrevemos a dedicar. Las que hablan de todo lo que sentimos por cierta persona, y no solo en plan romántico, sino también en plan de odio asesino. Una nos puede llevar a la vergüenza -o al siguiente paso, según el caso- y otra a una golpiza -no importa el caso.

Podemos dedicar a voz en cuello, por teléfono y en redes, toda una vida de canciones, pero ésa que guardamos con celo en nuestra mente, ésa que suena en el iMind (osea, el ipod mental) cada vez que pensamos o vemos a ÉSA persona, ésa es la que describe en un par de estrofas toda la historia, con todo y los finales alternativos que teje la fantasía. Por lo mismo, a veces es mejor que el otro no la escuche.


Por último, está esa Canción Secreta que no podemos oír. A veces porque duele, a veces simplemente porque la odiamos, y a veces porque nos mueve fibras que es mejor no expresar ni explicar, por que es de esa información que no debe caer en manos enemigas. 

Es algo que puede afectar a nivel inconsciente, ya que la relacionamos sin querer con algún suceso que puede ir de lo bochornoso a lo lamentable; aunque no sepamos lo que diga, si nos ponemos a pensar en la sola melodía nos causa algo desagradable. Aún si olvidamos el suceso en sí, el cerebro guardará ese pequeño dato incómodo para hacernos rabiar, llorar o apagar el aparato al escucharla.

La Canción Secreta es algo muy personal, tanto que lo mejor es que no pase la barrera de los audífonos. Excepto en el caso romántico, es casi como tener una pistola con una sola bala: dispararla -dedicarla- es algo que es mejor no hacer, o hacerlo sólo en el momento correcto, ya que sólo hay un tiro seguro.  



Finalizo disparando en la oscuridad dos de mis tiros.




martes, 17 de marzo de 2015

Soldado

Muy en el fondo y hasta la fecha me visualizo a mí misma como un soldado. Espada en mano (las armas de fuego son de cobardes) firme, rápida y ágil. Dispuesta a destruir a quien se interponga entre mis deseos y los de mis seres amados.

A veces la fantasía del soldado es la única forma que tengo de lidiar con mi propio fastidio, con mi propio miedo, y hasta mi odio. No recuerdo cómo inició, pero toda la vida ha sido la contraparte de la "Damisela". Por lo común es verme a mí misma rescatando de un peligro atroz a la persona que amo, dichos peligros cada uno más descabellado que el anterior. De esas fantasías saco el coraje a veces para sobrevivir en el mundo real.

En la vida práctica soy un conejo cobarde, qué más puedo decir. Me da miedo hasta pedir permiso, y más de una vez tengo que repetir las cosas porque no hablo fuerte. La mayoría de las veces me desespero y grito, y entonces ya valió porque ahora ya no soy tímida, soy una maleducada histérica -debido a que nadie me escuchó las primeras 64 veces.

La "Soldado" sólo actúa. Dice lo que tiene que decir, a quien se lo tiene que decir. Camina al compás de Life Burns y se lanza a la batalla para que nadie la trate como... como me tratan a mí. No es tibia. No permite que hablen pársel a sus espaldas ni que le ordenen.

Aclaro que no es una irrespetuosa. Después de todo, un soldado debe tener un código de honor. Pero tampoco se deja faltar al respeto.

Muchas veces pienso que si de verdad tuviera la espada en la mano me sentiría con más valor. Posiblemente sea una representación de la mente, pero no soy quién para evaluarlo.



martes, 10 de marzo de 2015

Fight back!

Sólo hay una cosa peor que ser maltratado, y es dejarse maltratar. En el peor de los casos ni siquiera te das cuenta de que te estás dejando golpear hasta que ya estás sangrando en el suelo.

A veces hacemos burla de la gente que no entiende las cosas rápido, pero hay cosas que nosotros mismos no entendemos a tiempo. Sobretodo en cuestión de relaciones humanas. Esa amiga que ahorita te habla bonito, al rato dirá la cosa más hiriente o se aprovechará de ti. La pareja a la que miras con devoción podría hacerte sentir como basura y tú ni en cuenta.

En el caso de las amistades, hay un término en inglés: frienemy. Cuando te topas con alguien así, lo mejor es salir corriendo, pero la mayoría de las veces te das cuenta por las malas de que tienes un/a frienemy.

Frases tan horribles como "A nadie le importas más que a mí", son su arma más potente. Esa frase me caló hasta los huesos en una ocasión. Esa misma persona vino a mí llorando meses después suplicando consuelo por lo que ella misma había provocado. Dejé pasar su espantoso comentario (y muchos otros incidentes igual de nefastos) y estuve ahí para ella, pensando que tal vez no era tan mala persona y que las cosas tenían arreglo.

No pude haberme equivocado más. En lo sucesivo, me apuñaló una y otra y otra vez. No reaccioné hasta que ya era tarde y yo ya no podía defenderme. Hasta que me quitó a quien yo más quiero.

Alguien a quien yo amé solía tratarme como tonta. Conocía cosas distintas a mi mundo (por eso lo quería) pero como yo ignoraba mucho de lo que él sabía, casi todo el tiempo se le subía "el saber" a la cabeza. Tenía secretos e ideas que nos hicieron mucho daño. Los dejé pasar. Me dejó plantada muchas veces, me convenció de volvernos un romance trágico. 

Intenté salvarlo de sus demonios. Solo los vi salir a flote.

La separación fue algo lleno de excusas, de rabia. Fue una suerte que ninguno de los dos llegara nunca a los golpes. Pero ahora, cada vez que miro atrás e intento ver las cosas buenas, las malas se plantan frente a mis ojos para recordarme que no puedo volver a vivir algo así.

Hay historias de dos seres muy queridos que a la fecha se han dejado hacer pedazos por miembros de su propia estirpe, por motivos que sólo esas dos personas entienden. No importa lo que hagamos los demás a su alrededor para rescatarles, esas dos personas vuelven a la carga una y otra y otra vez. A veces me pregunto si algún día reaccionarán y dejarán de hacerse daño.

La paciencia tiene un límite. Pero ese límite no debería ser el llanto. No siempre se puede recurrir al ataque físico, pero tampoco podemos dejar que nos hundan. Hasta el perro más fiel morderá si es golpeado. Ni siquiera los conejos mueren sin pelear. Está en la naturaleza que nadie nos falte al respeto a ese nivel. 

Levántate y pelea, y si es necesario, busca refuerzos, antes de que sea tarde.

viernes, 6 de marzo de 2015

El Palacio de la Locura

Por ahí de septiembre del año anterior escribí esta historia, inspirada en los horrores del manicomio de La Castañeda. Para los que no lo sepan, éste hospital psiquiátrico fue inaugurado en 1910 durante el Porfiriato y fue demolido hasta la última piedra en 1968, bajo las órdenes de Gustavo Díaz Ordaz (nacer y morir en los años más locos del s. XX, ¿coincidencia?)

Sin embargo, La Castañeda se distinguió por dos razones: ser -para algunos- la cuna de la psicología moderna en México, y sus tratos monstruosos e inhumanos hacia sus internos. También recibían ahí presos que no tuvieran cabida en la Cárcel de Lecumberri.

De algún modo, siento una rara fascinación por las enfermedades mentales - mientras las vea de lejos, claro. La historia de este pesadillesco lugar podría traumar a cualquiera, así como las fotografías. 

Así que aquí está este "testimonio" de uno de sus internos, interno que yo inventé, pero cuyos sufrimientos fueron muy reales.


"Es un palacio…

Un palacio de piedra que se alza en medio de un jardín verde y tan antiguo como el mismo, en el corazón de Mixcoac. Lo miro con asombro, mientras la policía me encamina a la escalinata donde cuatro hombres calvos están sentados con la mirada perdida en la nada. Envueltos en batas blancas. Los oficiales me arrastran hacia la puerta sin decir nada, y entramos hasta la oficina principal.

No es un palacio. Es una cárcel.

Me están encerrando aquí por "faltas a la moral" y porque en Lecumberri simplemente no hay espacio. Lo que me extraña es que aquí nadie parece policía. Ni tampoco tienen pinta de prisioneros. Para ser una prisión, hay demasiada gente corriendo por ahí. Me sueltan al llegar a una cama en un dormitorio general.

No es una cárcel. Es un manicomio.

Ninguna de las personas con las que he hablado pueden hilar una oración que tenga sentido. Hay una porción entera del edificio que huele a la podredumbre de la sífilis. Ahí encierran a las  prostitutas, aunque no estén enfermas. La gran mayoría que no habla se estampa en las paredes continuamente, o permanecen en una enajenación absoluta.

No es un manicomio. Es el infierno.

Los baños son con agua helada. Los enfermos de sífilis huelen mejor que la comida. Todas las noches hay gritos y pesadillas, ataques violentos y sucesos que ni siquiera me atrevo a describir. Hasta los que entran cuerdos como yo poco a poco sucumben a los malos tratos y a la persistente epidemia; porque la locura sí se contagia.

No lo resisto más. He tratado de escapar desde que llegué. Las dos o tres veces que lo he hecho acabo con manos y pies atados a una mesa y con polos de electrochoques en las sienes. La corriente se siente como si un fuego me entrara por la piel y me quemara el cerebro.

Ya intenté suicidarme varias veces, si no puedo escapar en físico por lo menos que mi alma torturada pueda marcharse sin que nadie lo pueda impedir. Pero todo me lo impide. Hasta intenté provocar a los enfermeros para que me mataran a punta de electrochoques. No solo no lo conseguí, sino que me aislaron de todos los demás.

Finalmente se hartan de mí. De mi cordura peleando por mantenerse con vida, de mis gritos y peleas, de mí y mi necesidad de no morir aquí. Se hartan de que mis ojos no miren a la nada, de estar "atendiendo" a un loco que no lo está. Así que me volverán loco de una buena vez.

Sin anestesia. Solo me acuestan y amarran. Sin anestesia, el doctor comienza la lobotomía. No puedo gritar, tengo la boca rellena de algodón y estoy noqueado con medicinas que no me duermen y un porrazo que me dio un guardia en la cabeza. Mi último pensamiento coherente, antes de perderme para siempre en la misma nada en que se perdieron todos los demás, está dirigido a los seres que yo amaba, y que nunca jamás me visitaron mientras enloquecía en ese lugar de pesadilla.


no es el Infierno. Es el manicomio de La Castañeda".



Hilo Rojo

  A la gente le fascina hablar de almas gemelas que viven amores eternos, de hilos rojos conectados a una pareja ideal. No se puede ser más ...