A la gente le fascina hablar de almas gemelas que viven amores eternos, de hilos rojos conectados a una pareja ideal.
Odio esa estúpida leyenda; tú y yo somos el ejemplo vivo y resucitado una y otra vez de que su único propósito es suavizar el golpe de las uniones arregladas.
Por mi parte, tengo sueños maravillosos donde te asesino. Sueños que hablan de vidas pasadas y tortuosos ciclos sin fin, hasta que por fin te encuentro en la vigilia y yo misma corto esos ciclos… o tu cuello, es igual. De todas maneras, en la siguiente vida todo vuelve a empezar.
En todos nuestros encuentros eres malo en algo. Malo cocinando, malo en la cama, mala persona… digo, tampoco es que yo sea una santa, pero por algo terminamos despedazándonos uno al otro ¿no? Tan sólo en nuestro tercer o cuarto matrimonio te dejaste convencer de ir a una expedición a la tundra, y además me obligaste a ir. Lo que no se pudrió lo dejaste incomible, y tienes que reconocer que fui piadosa contigo en esa ocasión, porque si yo no te hubiera acuchillado y abierto las tripas mientras dormías por ser lo único comestible que nos quedaba, el resto de la expedición te habría linchado.
Míralo por el lado amable, cariño, al menos esa vez serviste de algo hasta que los demás fuimos rescatados.
A veces tú has ganado. De hecho, si mal no recuerdo, tú empezaste esta idiotez y nos amarraste para siempre, cuando te volviste inquisidor y me arrojaste al fuego porque no quise ser tu amante. Porque yo ya estaba enamorada, y ahora por tu culpa jamás volveré a verle.
Aunque tal vez tuvo algo que ver la maldición que te arrojé, gritando y agonizando mientras el aroma de mi carne quemada se cernía sobre el pueblo, mientras mi cebo y sangre se derretían de mis huesos…
Pero lo peor vino en las siguientes reencarnaciones.
Nuestras familias eran creyentes al principio. De lo que fuera, pero creyentes de golpe de pecho. Y siempre llegaban a la -estúpida, puta, mil veces maldita- conclusión de que si nuestro karma (o como lo llamaran cada vez) era tan fuerte, seguramente era porque estábamos destinados a estar juntos. Y con bombo y platillo y fanfárricas bodas me volvían a encadenar a tu mil veces maldita esencia una y otra vez. Y una y otra vez terminan preguntando cómo demonios te rompiste el cuello por subirte a un banco, o qué hacías nadando de noche en pleno invierno, o porqué comiste nueces si eras alérgico.
Si hay algo que me gusta de este forzado nosotros, es lo mucho que estimulas mi creatividad. Algún día me encantaría arrojarte al espacio sin traje para ver cómo te congelas y resquebrajas, pero haberte encerrado en un congelador en el año en que se inventaron los eléctricos también fue muy divertido, sobre todo porque estaba apagado y el nocebo hizo todo el trabajo por mí. Debiste ver tu cara.
Al menos yo sí tengo imaginación, no como tú que sólo sabes prenderle fuego a todo (¡maldito pirómano ya supéralo!)
Ni siquiera ahora que los matrimonios son más libres me libro de ti. Nunca falta la amiga pendeja o la tía entrometida que está convencida de que “haríamos una linda pareja”. Si no es de tu lado es del mío, y siempre convencen a todos de esa maldita conspiración cósmica que me impide ser libre y no volverte a ver.
Siempre tomo venganza. Invitarlos a la cena de Año Nuevo y servirte en salsas de la región es un clásico, pero cuando tengo tiempo y fuerzas enterrarte en su jardín es todo un espectáculo, me volví muy buena sembrando evidencias. Eso lo aprendí de nuestro sexto matrimonio, aún no puedo creer que hasta el policía con el que te engañaba te creyera lo del cigarro en la cama -y yo ni fumaba.
Empiezo a pensar que eres masoquista. O fetichista. Digo, yo nazco sabiendo, pero siempre llega el momento en que tú recuerdas cuántas veces hemos pasado este infierno, así que también sabes. Y aún así, por más que suplico no tenerte cerca, por más que viajo y subo y bajo para no encontrarme contigo, ahí estás. Es como si te excitara descubrir de qué manera te mataré esta vez, si usaré veneno o si pisotearé tu cara hasta triturarla con el tacón de mi zapato. Estoy segura de que yo te he matado más veces de las que tú a mí.
Supongo que pudo ser peor. Pudiste ser un raro de las patas o algo así.
Sé que algún día acabaremos bailando eternamente en el Infierno, pero no tengo prisa. Seguiré matándote en mis sueños hasta que pueda decapitarte en la vigilia una vez más. Seguiré soñando con el final mientras mis manos se cierran sobre tu cuello hasta que tu laringe cruja. Seguiré escapando de ti hasta que de verdad lo consiga, o hasta que pueda escupirte en la cara mientras los fuegos artificiales de mi sangre explotan desde mi garganta hasta tu ropa -si es que algún día sales del numerito del cerillo y el alcohol.
Destruyámonos hasta el fin. Hasta que no quede nada más, o hasta por fin reventar este puñetero hilo rojo que nos ata.
Destruyámonos una vez y otra más, cariño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario