Le regalaron una calaverita de azúcar antes de irse del Halloween de la oficina, entre abucheos por irse temprano y despedidas amables de las secretarias. Medio cagado porque Tezca es el único diabético de la división (diabético a los 29, neta qué mamadas se avienta el Universo de vez en cuando) pero es demasiado amable para recordárselos. Además, por una vez se habían tomado la molestia de escribir su nombre correctamente sobre la etiqueta en la frente del alfeñique, entre florituras de dulce color fucsia. Con qué poquito se contenta uno, piensa bajándose del metro segundos antes de ser arrollado por una marabunta apresurada.
Sube las escaleras hacia la calle. Anochece, el irregular horizonte de la ciudad se dibuja sobre una franja de luz anaranjada y grupos y más grupos de niños disfrazados corren por las banquetas, con calabazas de plástico y bolsas cascabeleando con su dulce botín, entre puestos ambulantes. Tezca no puede evitar ir más lento, no tanto por la aglomeración como por la nostalgia que le provoca. Extraña ser niño y que el mundo parezca un lugar más sencillo, en el que la única preocupación era sacar puro diez para que mamá le compre el disfraz caro de policía, el que sí se parece al uniforme de papá, con su placa plateada y su kepis y sus pistolas de agua que papá pintó de negro para que parezcan de verdad, y poder salir de puerta en puerta a pedir calaverita. Si cierra los ojos y se concentra, aún puede saborear el chocolate derritiéndose en su lengua.
Ahora se le sube la glucosa sólo con oler el tarro de azúcar en la cocina de la base, y la pistolera con armas de verdad pesa en su cuerpo debajo de la chamarra de pana medio raída mientras comienza a trotar hacia la parada del camión. Cuando el disfraz del niño dio paso al uniforme de adulto, de pronto el mundo sencillo se volvió de un burocrático color gris, y pareciera que la diabetes se le extendió hacia la vida. En los diez años que llevaba portando la placa, hubo más encontronazos con la peor cara de la gente que triunfos. Algunos superiores lo pendejean por ser tan "correcto y de manual", y más de una vez se vio aceptando un cambio de turno desfavorecedor, pero no le piensa dar el gusto a los cabrones de escucharlo quejarse. Él hace su trabajo, que a pesar de todo le sigue gustando.
Apenas unos pasos antes de la parada, un tirón en el borde de la chamarra lo hace detenerse, voltear hacia atrás, y luego hacia abajo, donde una niña con los ojos cafés más grandes que ha visto en su vida lo mira fijamente. Debe tener unos cinco o seis años, su esponjoso disfraz de princesa brilla con las luces de la calle y la coronita de plástico se enreda levemente entre sus cabellos. Parece un enorme malvavisco fucsia.
-Señor policía, ¿me lleva a mi casa?
La pregunta tan directa lo descoloca en un principio porque va de civil, pero luego recuerda que su placa cuelga del cinturón. Titubea, si se va ahorita va a perder el último camión de la tarde y el taxi le cobra un ojo de la cara. Pero un niño perdido en una fecha como ésta es una pesadilla a punto de ocurrir, por lo que al final el deber gana. Con un suspiro pesado, toma la mano de la nena y regresa por donde vino.
-¿Cómo te llamas?
-Mara ¿y tú?
-Tezcatlipoca- la niña intenta pronunciarlo sin éxito. -Tú dime Tezca, todos me dicen así.
Mara lleva su teléfono y dirección escritos en el brazo con marcador, pero cuando Tezca llama al número sólo contesta la grabadora de fuera de servicio, y la niña le explica que no sabe leer todavía y que sin querer se soltó de su mamá en un callejón. Cambia el tema abruptamente, como un chapulincillo rosa que huye del silencio incómodo. Ya habla de su extravío, ya habla de su hermanito que acaba de nacer, de sus perritos o de lo que va a pedir a los Reyes. A Tezca le cae mal la gente que se brinca las fechas, pero Mara le cae bien. No sabe porqué, y por más que intenta no logra acordarse, pero sabe que ya ha visto antes a la niña con ese mismo disfraz de princesa.
Para cuando llegan a la casa, sus esperanzas de alcanzar el último camión de la tarde se han esfumado junto con los últimos rayos de luz del día, y resignado a calcular cúanto le va a cobrar el taxi toca el timbre. La mujer que le abre, sin embargo, no parece haberse enterado de que su hija le soltó la mano en una calle concurrida. Su expresión confusa se debe más a su mera presencia, pero palidece al ver la placa en su cinturón.
-Buenas noches -saluda Tezca, con una leve inclinación de la cabeza. -¿Usted es la mamá de Ma...?
Pero la niña ya no está cuando voltea, su único rastro es un poco de diamantina rosa en la manga de la chamarra. Tezca la busca con la mirada y la encuentra detrás de la mujer.
Al fondo, en la foto del altar. Junto a la coronita de plástico que cerca una urna diminuta.
Los pies arrancan antes que el tren del pensamiento, siguiendo como bicho lampareado las luces de las veladoras. Ahí está Mara. Entre el pan y el cempasúchil.
Sobre la ofrenda, su propia foto le espanta por un momento. No es parte del altar, es una foto de él arrastrando un hombre, en una nota del Alarma enmarcada en la pared, que grita en letras grandes y gruesas: Cae asesino pedófilo Agustín N. Su primer gran arresto, hace casi seis años. Muy a lo lejos, la televisión de la casa menciona al último camión de la tarde, que se descarriló en un puente y cayó matando a pasajeros y peatones.
-¿Gusta un café?-le pregunta la mujer.
Tezca asiente en silencio. Saca del bolsillo la calaverita de azúcar y la coloca en la ofrenda, entre la foto y la coronita.